Si el destino nos encuentra

34. CONSUELO

Mis pensamientos no discuten entre lo que debo hacer y lo que siento… simplemente se alinean. Por una vez, están de acuerdo. Tengo que ir con ella.

No importa el orgullo, ni el dolor, ni siquiera el rechazo que sé que vendrá después. Ella me necesita, y yo… yo la necesito más que nunca. La idea de que, en uno de los peores momentos de su vida, sea otro quien la abrace —aunque ese otro sea mi hermano— me retuerce el alma.

Apenas di un paso hacia la puerta, vi a mi padre tomar el teléfono con urgencia. Su rostro, normalmente impasible, se tensó mientras intentaba comunicarse con el papá de Andrea. Fruncía el ceño. No había respuesta.

Apuré el paso, dispuesto a salir, cuando una mano firme me sujetó del brazo.

—¿A dónde vas, Lucas?

Era mamá. Me detuvo con una fuerza inesperada, como si supiera que no podría convencerme con palabras.

—¿No es obvio? —solté, quitándome su agarre con un tirón seco.

Se adelantó y se colocó frente a la puerta, como una barrera humana entre mi necesidad y mi destino. Su rostro estaba sereno, pero en sus ojos había una mezcla de angustia, cansancio y… ¿miedo?

—No vas a ir a ningún lado. Sé que esto es difícil, pero es un asunto familiar de ella. Tú debes guardar energías para el viaje de mañana. Será un día largo y agotador.

—Por favor, mamá… —le rogué, dando un paso más cerca—. No quiero faltarte el respeto. Pero no me obligues a hacer algo que me duela más que quedarme

—¿Qué estás diciendo? —preguntó confundida, como si no reconociera a su propio hijo.

—Lo que oíste —repetí, con voz temblorosa—. Dame permiso. Necesito estar con ella. Ella necesita que yo esté ahí.

—No, Lucas. Entiende que no hay nada bueno que salga de eso. Tú y ella… No pueden estar juntos.

—¿Pero sí está bien que lo esté con Fabián? —grité de repente, quebrándome.

Sentí el ardor en mi pecho estallar. La rabia, la impotencia, la injusticia.

—¡Él sí puede llevársela! ¡Él sí pudo verla cuando estuvo hospitalizada! ¡Él siempre está a su lado! Pero yo… yo no. —Tragué saliva, con dificultad, sintiendo cómo mi garganta se hacía trizas—. Él sí es digno de su compañía… y yo no.

Las palabras se me escapaban entre lágrimas que ya no podía controlar. Me dolía el alma. Cada frase era un cuchillo girando dentro del pecho. Cada pensamiento me golpeaba con una verdad que no quería aceptar.

Mamá no dijo nada. Se quedó quieta. En su rostro había conmoción, quizá culpa. Sus labios temblaban, pero no emitían palabras.

Aproveché ese silencio como un permiso implícito.

Abrí la puerta, con decisión, aunque las piernas me temblaban. Justo cuando cruzaba el umbral, escuché su voz, suave, rendida:

—Mañana igual nos iremos…

Pero ya no la escuchaba del todo.
Mi corazón iba con dirección opuesta.
Hacia ella.

La discusión con mi mamá, me habrá tomado unos minutos que me impedían alcanzarla, tomé mi motocicleta que, gracias a Dios, no le pasó nada, aunque se me dificultaba aun moverme con mucha libertad, tenia que conducir con precaución porque aún tenía secuelas.

Cuando llegué, ya todos estaban ahí: sus padres, su hermano, ella… Fabián… y mi abuelo.

Apenas lo vi, algo dentro de mí se deshizo un poco más.

Su rostro estaba contraído, duro como piedra, pero no por enojo… sino por dolor. El dolor mudo y devastador de quien presiente que va a perder lo que más ama.
Y pensar que solo imaginar que algo le suceda a Andrea me destroza… no puedo ni concebir las ideas que cruzan por la mente del pobre viejo. Su alma debe estar hecha cenizas.

Me acerqué sin hacer ruido, sin interrumpir el espacio sagrado del sufrimiento. Con lentitud, posé mi mano sobre su hombro. Al voltear y verme, no dijo nada. Simplemente me abrazó.

Un abrazo apretado, tembloroso… como el de un niño que ha perdido el rumbo.
Y yo… yo solo podía sostenerlo. Apoyarlo sin caer yo también.
Reprimí mis emociones, como quien intenta contener una represa a punto de estallar, mientras, de reojo, mis ojos la buscaban a ella.

Andrea.

Estaba de pie, entera… pero solo por fuera.
No lloraba. No gritaba.
Quien no la conozca pensaría que es fría, indiferente…
Pero yo la conozco. Y sabía que por dentro era un castillo temblando sobre sus propios cimientos.

Tenía miedo. Mucho miedo.
Pero se obligaba a ser fuerte. Por todos. Por ella misma. Por su abuela.

Yo quería correr a su lado. Abrazarla. Sostenerla.
Decirle que todo iba a estar bien, aunque no lo supiera.
Pero también tenía que estar con mi viejo. Era su dolor también.
Y, además, Fabián ya estaba junto a ella.

Él había decidido ocupar ese espacio.
Sostenía sus hombros con suavidad, como si la protegiera del derrumbe. De vez en cuando, sus dedos acariciaban su cabello, como si quisiera calmarle los pensamientos.
Mis celos se instalaron sin permiso. Se sentaron sobre mi pecho como una piedra.
Pero los tragué.
No tenía derecho a reclamar nada. No ahora. No en ese momento.

Pasaron las horas como si el tiempo se burlara de nosotros.
Oscilaban ya las doce de la noche. El silencio del pasillo era tan espeso que se podían escuchar las respiraciones temblorosas, los sollozos escondidos, los suspiros cansados.




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