Si el destino nos encuentra

35. COBARDE

Al llegar a casa, mis padres recibieron al abuelo en silencio. Al parecer, los padres de Andrea se habían comunicado con ellos para avisar que él pasaría la noche con nosotros. Nadie preguntó nada. Nadie se atrevió. El abuelo solo cruzó la puerta con la mirada baja, cargando el peso invisible del dolor. Fue directo a su cuarto. Yo hice lo mismo.

Las horas se estiraban como elástica rota. La madrugada era espesa, insomne. Daba vueltas en la cama sin poder cerrar los ojos. El corazón me latía con fuerza, como si temiera lo que no había pasado aún. Pensaba en Andrea. En su rostro cuando me dijo que me fuera. Pensaba en doña Nathaly, sostenida apenas por los latidos de un corazón cansado. En el abuelo, que no decía una palabra, pero a quien le dolía todo.

Finalmente, no aguanté más. Caminé en silencio hasta su habitación. No encendí la luz, solo entreabrí la puerta. Y ahí lo vi.

El abuelo estaba de rodillas junto a la cama. Sus manos entrelazadas, sus hombros vencidos. Oraba. No con palabras suaves, sino con una intensidad desgarradora. Le pedía a Dios que salvara a su amada, que le concediera un poco más de tiempo con ella… pero terminó rindiéndose con un susurro firme: “Que se haga tu voluntad, Señor, y no la mía.”

Tragué saliva con fuerza. Verlo así me desmoronó por dentro. Porque mientras yo, en mi juventud, me aferraba al deseo egoísta de tener a Andrea a cualquier costo, él, con toda una vida a cuestas, se resignaba a dejarla ir si era necesario. Que poderoso, que fortaleza. Porque cuando me encuentro en la situación de perder a la mujer que amo, deseo que se salve a cualquier costo, pero él pedía su voluntad.

Esa clase de amor me pareció inmensa. Me pareció sagrada.

No quise interrumpir su intimidad con Dios. Me retiré en silencio y fui al balcón. Me senté con los codos sobre las rodillas, y miré hacia la nada.

—No hablo mucho contigo, Señor —murmuré con un hilo de voz—. Pero… no sé qué camino tomar. No quiero lastimar a nadie, pero tampoco quiero quedarme hecho pedazos. Si puedes oírme… guíame, por favor.

La mañana llegó con una luz opaca. Mis padres alistaban las maletas en el auto. Todo parecía tener ritmo, menos mi corazón. Aún tenía la idea de quedarme. Aún había tiempo de correr hasta ella, de decirle que me equivoqué, de que sí quiero, que siempre he querido…

Desayunamos. Fabian llegó poco después. No preguntamos nada, solo comimos. El silencio era denso como cemento. El semblante del abuelo era devastador, y mi culpa pesaba más que el equipaje.

Fuimos a dejarlo a la casa de doña Nathaly. Ella aún estaba internada, pero sus hijos habían decidido que el abuelo se quedaría allí. Lo adoraban.

Lo consideraban parte de la familia. Cuando llegamos, tuve la esperanza de encontrarme con Andrea. De que saliera corriendo. De que me dijera que aún podíamos luchar… como la noche en la colina.

Y sí la vi. Pero no como lo imaginé.

Acompañé al abuelo hasta la puerta. Me detuve un momento.

—No sé qué estoy haciendo… —le susurré, con la voz quebrada, mientras lo abrazaba fuerte.

Él apoyó su barbilla en mi hombro, y luego me sostuvo la cara con sus manos arrugadas.

—Yo tampoco, mi muchacho... Pero aún estás a tiempo. Mírame —me dijo—. Mírame bien. Imagina este rostro en el tuyo dentro de unos años, consumido por el arrepentimiento por no haber luchado un poco más. —Tal vez sea lo mejor —susurré, mirando al suelo.

Él asintió, pero no con convicción.

—Los cobardes nos refugiamos en esa frase. Yo también la usé una vez… y mira cuánto tardé en perdonármelo. —Me dio una palmada en el hombro—. Te amo, pequeño. No me dejes solo. Visítame, por favor.

Su voz quebrada me desarmó. De repente volví a ser un niño en sus brazos. Lloré.

—Volveré, viejo. Te lo prometo. Volveré a verte.

Él entró a la casa, y en ese preciso instante, Andrea salió. Nos quedamos mirándonos en silencio.

Sus ojos no brillaban. Estaban apagados. Vacíos.

—Que tengas buen viaje —dijo, sin una pizca de emoción, y cerró la puerta.

Ahí supe que había cometido la peor cobardía de mi vida.

No era solo que la estaba dejando. Era que me estaba abandonando a mí mismo. Probablemente viviré atormentado por la eterna pregunta: ¿qué hubiese pasado si...? Pero tendré que cargar con eso. Yo solo. Para siempre.

Nos dirigimos al aeropuerto. No podía pensar. No quería sentir.

—Idiota —masculló Fabian al despedirse, sin siquiera mirarme.

No respondí. No tenía con qué defenderme. Solo caminé hacia adelante.

Dejé todo atrás…

Mentira.

Me llevé todo conmigo. Y desde ese momento, me arrepentí cada segundo de esa decisión.




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