Si el destino nos encuentra

36. DESPEDIDA

ANDREA

Al salir de la casa de Lucas del brazo de Fabián, entendí que no solo cruzaba esa puerta, sino que también salía, sin retorno, de su vida… y de su corazón. No podía hacer nada para remediarlo. Ni siquiera quería.
Nunca me ha quedado bien el papel de quien insiste donde ya ha sido rechazada. No deseo estar donde mi presencia no es requerida.

Durante el camino, traté de disipar las imágenes de Lucas que se repetían como ecos por dentro, reemplazándolas con pensamientos sobre mi abuela. ¿Qué haría yo sin esa mujer? ¿Qué estaba haciendo yo todo este tiempo? ¿En qué momento me perdí de lo que realmente importa?
Desperdicié minutos valiosos aferrada a quien no debía, mientras me desenfocaba de las personas que siempre han estado ahí… en especial de ella.

Las lágrimas empezaron a correr con una frecuencia que ya no podía controlar. Una tras otra, como si quisieran vaciarme por dentro.

La calidez de la mano de Fabián —suave, constante, silenciosa— me dio un poco de alivio. No decía nada. Solo me acompañaba.
Y en su silencio, supe que su presencia era sincera.

Al llegar, mis papás ya estaban allí. Me informaron lo sucedido:
—Estaba con el abuelo, tomando té. De pronto se llevó la mano al pecho… y bueno, el resto es que estamos aquí.
Un paro cardíaco que casi me la arrebata.

Poco después, vi llegar a Lucas. Se dirigió directamente hacia don Joaquín.
Debe estar devastado. Cuántas veces ha perdido al amor de su vida… pero esta vez, esta vez, existe la posibilidad real de perderla para siempre.
Debe ser aterrador.
Más tarde insistieron en que el abuelo descansara. No podían arriesgarse a complicaciones con él. Finalmente aceptó, y se fue con Lucas.
Pero Lucas no se marchó sin antes acercarse a mí.

Lo sentí venir. Su presencia alteró el aire. Pero no quería notarlo.
No deseaba tenerlo cerca. No después de haberme herido como lo hizo.
No si lo hacía por lástima.
Yo solo quería que estuviera a mi lado si realmente lo deseaba.
Pero ya no quedaban dudas. Yo se lo dejé claro.

Alguna vez me dijo que Fabián era mejor dando consuelo. Supongo que esta vez le daré la razón.
Tal vez, aferrarme a un amigo era lo mejor que podía hacer en ese momento.
Respecto a mi abuela, los médicos nos dieron algo de esperanza, aunque nos advirtieron que debíamos ser muy cuidadosos.
Esa noche dormí en la clínica. Mamá rotaría conmigo en la mañana.
Y así fue. Muy temprano llegó junto a papá. Yo me fui con él.

—Si quieres, anda a darte un baño y duerme un poco, por favor —me dijo papá, apenas cruzamos la puerta.

—Voy a esperar un poco… necesito ver al abuelo —dije, apenas en un susurro, sin apartar la vista de la puerta.

—¿Al abuelo? —preguntó papá, con un tono cargado de doble sentido. Sabía que no era solo por él.

No respondí. Solo me quedé ahí, esperando. Como quien se aferra al último hilo de un sueño que está por deshacerse.

Entonces llegó. Lo vi, vi la despedida y, con ella, sentí que algo dentro de mí también se desprendía. La escena era tan profundamente humana, tan frágil y verdadera, que dolía con solo mirarla. Como si estuviera presenciando el final de un capítulo que no quería terminar.

Me obligué a salir, con pasos lentos, tensos. Quería verlo por última vez. Solo eso. Pero cuando lo tuve frente a mí, todas las palabras que había ensayado en mi cabeza se enredaron con mi orgullo, y este retendría todas las palabras que tenía por decir se convirtieron en nudos de silencio, se atragantaron en mi garganta… y se ahogaron.

—Que tengas buen viaje —dije finalmente, en tono seco, desprovisto de todo lo que en verdad quería gritarle.

Nada más. Tan simple. Tan cruel.

Cerré la puerta con firmeza, pero por dentro… me rompí. Me dejé caer de espaldas contra la madera, como si al cerrarse esa puerta, el peso de todo lo vivido se viniera encima. Resbalé hacia el suelo, doble mis rodillas, y me rendí. No lloré… me deshice.

Me quedé ahí, encogida, derrotada. Sentí que el corazón me latía con fuerza, pero solo para recordarme que aún dolía. Que aún lo amaba. Que había dejado marchar al que una vez creí, sin dudar, que sería el amor de mi vida.

Mi hermano, que pocas veces se dejaba ver tan compasivo, llegó en silencio. Me recogió como quien recoge a una flor que ha sido pisoteada, sin decir nada. Me alzó con cuidado, como si mi cuerpo pudiera quebrarse en cualquier momento. Me llevó a la cama, me cubrió con una manta y me acostó como una niña enferma a la que hay que proteger del mundo.

—Tú eres más fuerte que yo, Andi —murmuró mientras me acomodaba el cabello con ternura—. Saldremos de esto… saldrás de esto.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supe si quería salir… o quedarme rota ahí, donde lo había perdido todo.




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