Si el Mundo Termina Contigo

Capítulo 1: Champaña tibia y cielo naranja

El día en que todo se fue al carajo comenzó con flores blancas, música cursi y una pantalla gigante proyectando en vivo cada movimiento de la boda como si fuera la final del mundo… lo cual, irónicamente, terminó siendo.

Penny estaba sentada en una mesa redonda cubierta con mantel beige que parecía comprado en descuento de funeral. Vestido negro, labios rojos, mirada de “quiero que me trague la tierra pero que sea rápido”. Tenía 25 años. No 22. No 23. Veinticinco. Pero para su hermanastra, la edad de Penny siempre era una cifra flexible, como su empatía.

A su alrededor todo era elegante. Demasiado elegante. Copas altas, risas falsas, niños corriendo como si eso fuera el cumpleaños de Peppa Pig y no una boda con presupuesto obsceno.

Todos grababan historias para TikTok.

—“¡La boda del año!”
—“Mi hermana se casaaaa 😭✨”
—“Si no subes esto en 4K no cuenta.”

Penny bebía champaña tibia. Porque ni eso estaba bien frío.

Un par de hombres la miraban desde la mesa del fondo. Miradas de esas que no preguntan, inspeccionan. Penny los vio. Les sostuvo la mirada. Sonrió. No porque le gustara. Sino porque sabía que incomodaba más cuando no bajaba la vista.

—Babosos —murmuró antes de beber otro sorbo.

La novia —su hermanastra— flotaba entre mesas como una reina recién coronada. Sonrisa perfecta. Postura perfecta. Vida perfecta.

Claro.

Perfecta hasta que todos los celulares vibraron al mismo tiempo.

No fue una notificación común. Fue esa vibración larga, colectiva. El sonido de mil alarmas sincronizadas.

La música se detuvo.

Las pantallas cambiaron.

El live de la boda fue reemplazado por una transmisión de emergencia.

Una periodista pálida, respirando rápido.

“Se ha detectado un asteroide de tamaño superior al evento de extinción del Cretácico. Impacto estimado en menos de doce horas…”

Silencio.

Un niño comenzó a llorar.

Un invitado soltó:
—Eso es una broma, ¿verdad?

La periodista no parecía estar bromeando.

El cielo, como si quisiera participar del dramatismo, comenzó a teñirse de naranja. No el naranja romántico de atardecer. El naranja nuclear. El que parece advertencia.

La boda murió antes que el planeta.

Gente corriendo. Tacones en el césped. Un abuelo empujando a otro. Un influencer diciendo:

—Bro, esto se va viral.

Penny se levantó con calma. Terminó su copa.

—Al menos no tendré que dar regalo.

Su hermanastra apareció frente a ella. El maquillaje seguía intacto, pero los ojos… no.

—Mi esposo y yo nos vamos a la base militar —dijo rápido—. Hay protocolos. Refugios. Búnkers. ¿Quieres venir?

Penny ladeó la cabeza.

—¿En serio no quieres que yo vaya contigo a salvarme en los búnkers esos?

La pausa fue incómoda.

—Tu papá está muerto.

—Nuestro padre.

—Como sea —respondió ella, ya perdiendo la paciencia—. No hay futuro en llevarte conmigo. Para estar allá tienes que estar bien de la cabecita. En serio, tienes 22 años.

—25.

—Me da igual. Solo dibujas. Eres “creativa”. ¿De qué vale que seas buena en arte si no sabes arreglar una puerta?

Penny la miró de arriba abajo. Vestido blanco, uñas perfectas, cerebro opcional.

—Tú no sabes hacer un carajo.

La hermanastra sonrió con esa sonrisa venenosa que solo dan los privilegios mal administrados.

—Soy Thalia la esposa del coroner. Tengo lugar asegurado. Tú… vuelve con los dinosaurios. Adiós, estúpida.

Se fue.

Y así, en vestido blanco, tacones hundiéndose en el césped y rímel caro, desapareció hacia su supuesto refugio seguro.

Penny quedó sola.

El cielo ardía en naranja.

Los autos salían como estampida. Nadie preguntó si ella necesitaba un aventón. Nadie miró atrás.

Penny observó el lugar vacío.

Mesas volcadas. Copas rotas. Un pastel de tres pisos intacto en medio del caos.

Caminó hasta él.

Metió el dedo en el frosting.

Probó.

—Está seco. Como tu matrimonio.

Se sentó en una silla caída y miró el horizonte.

Doce horas hasta el impacto.

“Bueno”, pensó. “Supongo que este es el clímax de mi vida mediocre.”

Pero entonces…

Algo cayó.

No el asteroide.

Algo pequeño.

Una especie de fragmento incandescente que impactó en el jardín, levantando humo negro.

Penny se levantó.

—Genial. Bonus track.

Del humo salió un sonido.

No era metálico.

No era animal.

Era… húmedo.

Y luego, un camarero que había huido diez minutos antes, salió tambaleándose detrás de una mesa. Su traje estaba rasgado. Sus ojos… demasiado abiertos.

Demasiado blancos.

La boca colgaba torcida.

Caminaba mal. Como si alguien hubiera olvidado cómo usar las rodillas.

Penny parpadeó.

—No… no puede ser.

El camarero se lanzó sobre un niño que no logró escapar.

Gritos.

Sangre.

El cielo naranja.

El asteroide no era el final.

Era el inicio.

Algo venía con él.

Algo que no moría con facilidad.

Penny retrocedió lentamente.

—Perfecto —susurró—. Fin del mundo con DLC de zombies.

El camarero levantó la cabeza.

Sangre en la boca.

La miró.

Y sonrió.

Penny agarró la botella de champaña vacía.

—Bueno… supongo que el arte sí sirve para algo.

Le rompió la botella en la cara.

Y así comenzó el día en que todo se fue al carajo.




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