Salir de la ciudad fue la peor idea lógica que Penny había tenido… lo cual, honestamente, no decía mucho.
El cielo seguía naranja, pero ahora tenía vetas negras, como si alguien hubiese rayado el firmamento con carbón. Sirenas sonaban por todas partes. Carros chocados bloqueaban avenidas. Gente corriendo sin dirección, solo con la convicción universal de que “lejos” era mejor que “aquí”.
Spoiler: no lo era.
Penny caminaba rápido, con la botella rota aún en la mano. Su vestido negro ya tenía manchas que definitivamente no eran vino.
Un tipo intentó arrebatarle la cartera.
Ella le dio un rodillazo tan directo que el sujeto reconsideró su existencia.
—Hoy no, campeón.
Un autobús ardía a dos calles. Alguien gritaba que la autopista estaba colapsada. Otro gritaba que la base militar ya estaba cerrando accesos.
—Claro —murmuró Penny—. Porque el fin del mundo también tiene lista VIP.
Fue entonces cuando la vio.
Una chica parada en medio del caos como si estuviera esperando un Uber que nunca llegaría.
Cabello largo, piel dorada por el sol, una mochila tejida colgándole del hombro. Vestido suelto, pulseras de hilo. Hermosa. Ridículamente hermosa. Con cara de “acabo de salir de un vlog con filtro tropical”.
La chica giró la cabeza cuando vio a Penny.
Sus ojos eran grandes. Confundidos. Pero no histéricos.
—¿Tienes celular? —preguntó casi de inmediato— Perdí el mío… necesito comunicarme con mi mamá. Está en Japón.
Japón.
Penny la observó de arriba abajo.
—¿Te acabas de bajar de un comercial de protector solar o qué?
—Vengo de Hawái… llegué esta mañana. No entiendo nada. Pensé que era una especie de performance colectivo…
—Sí. El performance se llama “extinción”.
La chica no sonrió.
—Por favor.
Penny suspiró. Sacó su celular. Se lo entregó.
—Si me robas y corres, te persigo. Y no corro bonito.
La chica asintió, agradecida.
—Soy Alison.
—Penny.
Alison se apartó unos pasos. Marcó. El teléfono pitó.
Silencio.
Intentó otra vez.
—Vamos… vamos… —susurró.
Penny miraba a su alrededor. Dos personas peleaban por gasolina. Un hombre gritaba que había visto “cosas caer del cielo”. Otro aseguraba que los muertos estaban caminando.
Alison volvió a intentar.
—Carajo… no contesta…
Penny levantó una ceja.
—Tal vez está ocupada evitando el fin del mundo.
—No, no… ella siempre contesta.
Intentó una tercera vez.
Sin tono.
Sin conexión.
La pantalla mostró: Sin servicio.
Alison frunció el ceño.
—Eso es raro…
Penny sacó el celular de su mano.
Miró la esquina superior.
Cero barras.
Ni datos.
Ni emergencia.
Nada.
Intentó llamar.
Lo mismo.
Intentó abrir noticias.
Pantalla cargando eternamente.
El mundo moderno murió en silencio.
Las miradas de ambas se cruzaron.
Por primera vez, Alison dejó de verse “hippie zen” y empezó a verse humana.
—No hay señal…
—No —respondió Penny con calma inquietante—. No hay nada.
Un helicóptero pasó sobre ellas… y luego cayó a lo lejos como un pájaro con las alas rotas.
El impacto retumbó en el aire.
Alison dio un paso atrás.
—Esto no es solo el asteroide, ¿verdad?
Penny negó con la cabeza.
—No. Esto es cuando el sistema decide que ya no vale la pena mantener la farsa.
Un grito agudo interrumpió la conversación.
A unos metros, una mujer intentaba levantarse del suelo. Un hombre la sujetaba… pero no para ayudarla.
Le estaba mordiendo el cuello.
Alison se quedó paralizada.
—Eso… eso no es…
El hombre levantó la cabeza.
Sangre cubriéndole la boca.
Ojos opacos.
Demasiado abiertos.
Penny no dudó.
Agarró a Alison del brazo.
—Muévete.
—¿Está… está infectado?
—Está muerto con iniciativa. Corre.
Corrieron.
Alison no estaba acostumbrada a correr sin música de fondo motivacional.
—¿Qué está pasando? —preguntó entre jadeos.
—El asteroide trajo algo. O despertó algo. O liberó algo. Elige tu teoría favorita.
Doblaron una esquina.
Un coche explotó detrás de ellas.
Alison tropezó.
Penny la sostuvo antes de que cayera.
Sus rostros quedaron cerca. Demasiado cerca.
Incluso en el caos, Penny notó el detalle absurdo: Alison olía a coco.
—Gracias… —susurró Alison.
—No te acostumbres.
Un grupo de personas corría hacia ellas.
No huyendo.
Persiguiendo.
Sus movimientos eran erráticos. Violentos.
Demasiado rápidos para estar muertos.
Alison retrocedió.
—No… no… no…
Penny miró alrededor. Puertas cerradas. Ventanas rotas.
Y entonces vio un letrero:
“Galería de Arte Contemporáneo – Entrada lateral”
Sonrió con ironía.
—Mira. Al final sí me va a servir saber de arte.
Tomó a Alison de la mano.
—¿Confías en mí?
Alison dudó medio segundo.
Luego asintió.
—No tengo señal. No tengo mamá al teléfono. Y aparentemente los muertos hacen cardio… Así que sí.
Penny sonrió.
—Excelente. Bienvenida al peor road trip de tu vida.
Entraron por la puerta lateral justo cuando el primer infectado se lanzó contra el vidrio.
La puerta se cerró de golpe.
Silencio interior.
Oscuridad.
Solo la respiración agitada de ambas.
Y afuera…
Golpes.
Golpes insistentes.
Alison miró a Penny.
—Creo que mi video de Hawái va a quedar sin editar.
Penny soltó una risa seca.
—Tranquila. Si sobrevivimos, te ayudo con el guion: “Sobreviví al apocalipsis sin WiFi”.
Los golpes aumentaron.
Algo comenzó a ceder.
Penny observó la sala oscura llena de esculturas abstractas.
—Bueno… artista contra el fin del mundo.
Miró a Alison.