La galería era obscenamente hermosa.
Silenciosa. Blanca. Amplia. Con techos altos que hacían eco hasta de los pensamientos.
Afuera los golpes seguían, pero eran lejanos. Como si el caos perteneciera a otro universo.
Penny soltó la puerta metálica que había asegurado con una barra y respiró profundo.
—Mira eso… —murmuró.
Frente a ellas había una escultura enorme hecha de metal retorcido, suspendida del techo como si flotara en medio del aire.
Alison observaba todo con ojos abiertos, todavía temblando un poco.
—Es… bonito.
Penny caminó hacia la pieza.
Por primera vez desde la boda… sonrió de verdad.
—No es “bonito”. Es una crítica al colapso estructural moderno. ¿Ves cómo el peso está mal distribuido? Parece que se va a caer… pero no lo hace. Es pura tensión.
Alison la miró a ella, no a la escultura.
—Hablas diferente cuando explicas arte.
—¿Diferente cómo?
—Como si el mundo tuviera sentido.
Penny guardó silencio unos segundos.
—El arte sí lo tiene. La gente no.
Caminaron entre cuadros enormes llenos de trazos violentos, fotografías abstractas y retratos que parecían mirar de vuelta.
El cielo naranja se filtraba por los ventanales altos, bañando todo en un tono apocalíptico elegante.
—Es irónico —dijo Alison—. El mundo se está acabando… y estamos en una exposición sobre decadencia.
—Los artistas siempre supimos que esto venía —respondió Penny con una media sonrisa—. Solo que nadie compra cuadros pensando que son manuales de supervivencia.
Alison soltó una risa pequeña.
La primera risa real desde que se conocieron.
Caminaron más adentro.
Y entonces lo encontraron.
Una pequeña cafetería dentro de la galería.
Mesas minimalistas. Una máquina de espresso brillante. Vitrinas con pasteles.
Todo intacto.
Como si el apocalipsis respetara el diseño interior.
Penny levantó una ceja.
—Bueno… si vamos a morir, al menos con cafeína.
Alison se sirvió un café con manos aún ligeramente temblorosas.
Penny tomó un croissant.
—Nunca pensé que robaría en una galería de arte.
—¿Esto cuenta como robar si la civilización colapsó?
—Cuenta como optimización de recursos.
Se sentaron frente a frente.
Silencio suave.
Por primera vez no estaban corriendo.
Alison tomó un sorbo.
—Tengo 27 años —dijo de repente.
Penny la miró.
—25.
—No, digo… yo tengo 27. Y quería… hacer tantas cosas todavía.
—Como qué.
Alison bajó la mirada al café.
—Un documental propio. Vivir seis meses en Islandia. Llevar a mi mamá a conocer Perú. Enamorarme bien. No esa cosa rápida que uno hace cuando cree que tiene tiempo infinito.
Penny jugó con la servilleta.
—Yo quería hacer una exposición propia. Que alguien entrara a una sala y se sintiera como yo me siento ahora. Que algo mío importara.
Alison levantó la mirada.
—Importa.
Penny soltó una risa seca.
—Todavía no he hecho nada.
—No necesitas estar en un museo para importar.
Silencio.
Penny sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
Luego se levantó abruptamente.
—Voy a cambiarme.
—¿Ahora?
—Si voy a sobrevivir al apocalipsis, no será vestida como invitada secundaria de boda fallida.
Encontraron una mini tienda de ropa dentro de la galería. Todo minimalista, tonos neutros, prendas absurdamente caras.
Penny tomó un pantalón oscuro cómodo y una sudadera gris.
—Mírame. Lista para saquear con estilo.
Se metió en el probador improvisado.
Cuando salió…
Ya no parecía la chica incómoda de la boda.
Cabello recogido. Ropa cómoda. Mirada más firme.
Alison la observó con una sonrisa suave.
—Te ves… diferente.
—¿Mejor?
—Más tú.
Penny se encogió de hombros, pero el comentario se quedó flotando en su pecho.
Alison también se quitó el vestido ligero que llevaba y se puso jeans y una camiseta blanca que encontró.
Más práctica. Menos turista.
Se miraron.
Ya no eran “invitada amarga” y “viajera de Hawái”.
Eran dos mujeres atrapadas en el fin del mundo.
Y estaban vivas.
Alison se sentó otra vez.
—¿Crees que sobrevivamos?
Penny apoyó la espalda en la pared.
Pensó en su hermanastra. En la base militar. En el cielo naranja. En los muertos corriendo.
—No lo sé.
Luego la miró directamente.
—Pero prefiero intentarlo contigo que sola.
Alison sintió algo moverse en el pecho.
—Yo también.
Afuera, un golpe más fuerte retumbó contra la puerta principal.
Más insistente.
Más coordinado.
Penny frunció el ceño.
—Eso no suena como uno solo.
Los golpes se multiplicaron.
Algo pesado chocó contra el vidrio frontal.
Alison se levantó despacio.
—¿Crees que nos vieron entrar?
Penny caminó hacia la ventana lateral, apenas asomándose.
Lo que vio le heló la sangre.
No eran solo infectados.
Había personas normales también.
Golpeando.
Tratando de entrar.
Y algunos… parecían estar siendo empujados desde atrás.
Como si algo los estuviera guiando.
Penny retrocedió lentamente.
—Creo que el problema no son solo los muertos.
Alison tragó saliva.
—¿Entonces qué?
Un ruido metálico resonó desde el interior de la galería.
No desde la puerta.
Desde el fondo.
Desde donde no debería haber nadie.
Penny miró hacia el pasillo oscuro que llevaba a las oficinas internas.
—Creo… —susurró—
que no estamos solas aquí adentro.
Y el momento de paz se rompió.