Corrieron.
La galería ya no era un refugio elegante. Era un laberinto con depredadores nuevos.
Voces humanas gritaban desde el salón principal.
—¡Revisen atrás!
—¡No las dejen salir!
Penny tomó un camino lateral hacia las escaleras de servicio.
Alison la seguía, respirando rápido.
Subieron al segundo nivel, donde las salas estaban más oscuras.
Penny cerró una puerta metálica detrás y empujó una escultura pesada contra ella.
Silencio momentáneo.
Solo sus respiraciones.
Solo el latido en las sienes.
Alison se apoyó contra la pared.
Temblaba.
Pero no solo por miedo.
Penny la observó.
—Habla.
—¿Qué?
—No estás temblando por los zombies. Ni por el filósofo con martillo. Estás temblando desde antes.
Alison bajó la mirada.
Silencio.
Penny cruzó los brazos.
—Hawái no fue solo playa y ukulele, ¿verdad?
Alison cerró los ojos.
Y entonces lo dijo.
—Cayó algo al mar.
Penny no respondió.
Solo esperó.
—Hace tres noches. Yo estaba grabando el atardecer en la costa norte. Todo era perfecto, cliché, hermoso. Y entonces… el cielo cambió.
—¿Naranja?
—No. Verde.
Penny frunció el ceño.
—Verde no estaba en el paquete apocalíptico.
—Algo atravesó las nubes. No como un meteoro común. Se movía… lento. Como si estuviera corrigiendo trayectoria.
El silencio entre ellas se volvió más pesado.
—Impactó lejos de la costa. No hubo explosión gigante. Fue… como si el océano lo hubiera tragado.
—¿Y nadie dijo nada?
Alison soltó una risa amarga.
—Al día siguiente había militares. Drones. “Ejercicio de seguridad nacional”. Confiscaron cámaras. Borraron grabaciones.
Penny la miró fijo.
—Pero tú eres youtuber obsesiva. No me digas que no hiciste copia.
Alison levantó lentamente la mirada.
Y por primera vez… no parecía la chica hippie dulce.
Parecía alguien que tomó una decisión peligrosa.
—Hice una copia.
Silencio.
—¿Dónde?
Alison tocó la tira interior de su mochila tejida.
Había una pequeña costura irregular.
—MicroSD. Cosida aquí.
Penny la miró como si acabara de descubrir que la turista traía dinamita.
—Estás caminando con evidencia del fin del mundo en un bolso artesanal.
—No sabía que sería el fin del mundo.
—Pero sabías que era grande.
Alison asintió.
—Después del impacto… hubo peces muertos en la orilla. Aves desorientadas. Y una cosa más.
Penny se acercó un poco.
—¿Qué cosa?
Alison tragó saliva.
—Personas.
Silencio absoluto.
—¿Personas qué?
—Un pescador. Lo vi desde lejos. Estaba ayudando a recoger redes. De repente se quedó quieto. Mirando el mar.
—¿Y?
—Se metió caminando.
—Eso no es tan raro.
—No salió.
Penny sostuvo su mirada.
—¿Y?
—Horas después lo encontraron en la arena. Vivo. Pero… diferente.
Penny sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Diferente cómo?
Alison susurró:
—Sonreía igual que el hombre del martillo.
Un golpe resonó abajo.
Más cerca.
Las voces humanas estaban subiendo.
Penny procesó rápido.
—Entonces no empezó aquí.
—No.
—Y no fue un accidente.
—No.
Penny caminó en círculos pequeños, pensando.
—El asteroide es distracción.
—Eso creo.
—Y lo que cayó en Hawái fue primero.
Alison asintió.
—Creo que algo llegó antes del impacto grande. Como una sonda. O… una semilla.
Penny soltó una risa seca.
—Perfecto. Invasión alienígena con fase beta.
Alison casi sonríe.
—Hay algo más.
—Genial. Sorpréndeme.
Alison dudó.
Y esa duda era más peligrosa que todo lo anterior.
—Cuando estaba editando el video… amplié el momento antes del impacto.
Penny esperó.
—No cayó solo.
Silencio.
—¿Cuántos? —preguntó Penny.
Alison respondió apenas audible:
—Varios.
Un estruendo sacudió la puerta metálica que habían bloqueado.
La escultura se movió unos centímetros.
—¡Arriba! ¡Están arriba! —gritó una voz desde el pasillo inferior.
Penny miró a Alison.
—¿Cuánta gente más sabe lo de tu tarjeta?
—Nadie.
—Bien.
—¿Bien?
—Significa que aún no te están cazando por eso. Solo por ser viva y respirable.
Otro golpe.
La puerta comenzó a doblarse.
Alison respiró hondo.
—Si esa cosa en Hawái fue la primera… entonces esto no es una infección.
Penny terminó la frase:
—Es colonización.
La palabra se quedó flotando entre ellas.
Colonización.
Como si algo estuviera adaptando cuerpos humanos para usarlos.
El metal se rasgó.
Una mano atravesó la abertura.
Pero no era gris ni descompuesta.
Era humana.
Con un cuchillo.
—¡Salgan despacio! —gritó una voz firme—. No queremos lastimarlas… si cooperan.
Penny susurró sin dejar de mirar la puerta:
—Siempre quieren lastimarte.
Alison la miró.
Miedo.
Pero también determinación.
—Si morimos…
Penny la interrumpió:
—No.
—Escucha.
Silencio tenso.
—Si morimos —repitió Alison—, no quiero que sea sin que alguien sepa la verdad.
Penny sostuvo su mirada.
—Entonces no morimos.
El metal finalmente cedió.
La puerta se abrió violentamente.
Tres hombres entraron.
Armados.
Demasiado organizados para ser civiles improvisando.
Uno de ellos sonrió.
Y esa sonrisa…
No era humana del todo.
—Las estábamos buscando.
Penny apretó la barra metálica.
Alison tocó inconscientemente la costura de su mochila.
Y por primera vez…
El verdadero peligro no eran los muertos.
Era que alguien sabía más de lo que debía.
Y tal vez…
Sabían exactamente quién era Alison.