La puerta terminó de ceder.
Tres hombres armados entraron como si ya supieran el mapa del lugar.
No parecían saqueadores.
Parecían equipo.
Botas militares. Radios. Miradas frías.
El del frente sonrió apenas.
—Tranquilas. Solo queremos hablar.
—Claro —murmuró Penny—. Siempre empiezan hablando.
El hombre señaló directamente a Alison.
—La del bolso.
El corazón de Alison se detuvo un segundo.
Penny dio un paso al frente.
—Está lleno de pulseras hippies y malas decisiones, relájate.
Uno de los hombres avanzó.
—Sabemos quién eres.
El aire cambió.
Alison susurró:
—Penny…
El hombre levantó su arma.
—La tarjeta. Dámela.
Silencio.
Penny sintió que todo encajaba de golpe.
No era casualidad.
La estaban buscando.
Alison dio un paso atrás.
—No sé de qué hablas.
—Última oportunidad.
Penny golpeó el brazo armado con la barra metálica.
El disparo se desvió.
Caos.
El segundo hombre se lanzó sobre Alison.
Ella gritó.
Penny golpeó a otro en el estómago.
Pero eran tres.
Y estaban entrenados.
Uno sujetó a Alison por detrás, inmovilizándola.
—¡Penny!
Ese grito.
Ese maldito grito.
Penny corrió hacia ella.
Y entonces—
El disparo fue seco.
Corto.
Directo.
La cabeza de Alison se movió bruscamente hacia atrás.
Silencio.
Un silencio antinatural.
Su cuerpo se aflojó en los brazos del hombre.
Sus ojos quedaron abiertos.
Pero ya no miraban.
Penny no entendió al principio.
Solo vio rojo.
Luego vio cómo el cuerpo de Alison caía al suelo.
El mundo dejó de hacer ruido.
No escuchó sus propios latidos.
No escuchó las voces.
Solo vio el cabello oscuro extendido en el suelo blanco de la galería.
Como tinta derramada.
Uno de los hombres se agachó para quitarle la mochila.
Penny reaccionó como animal herido.
Se lanzó con una furia que no sabía que tenía.
Golpeó.
Arañó.
Mordió si fue necesario.
Tomó la mochila antes de que pudieran apuntarle otra vez.
Un disparo rozó la pared junto a su cabeza.
Corrió.
No pensó.
No miró atrás.
Solo corrió.
Bajó por las escaleras de emergencia.
Saltó por una salida lateral.
El cielo naranja seguía ardiendo.
La ciudad gritaba.
Pero nada era más fuerte que el eco de ese disparo.
Penny no gritó.
No todavía.
Corrió hasta que las piernas dejaron de responder.
Vio un camión de carga con la puerta trasera entreabierta.
Se metió.
Cerró desde dentro.
Oscuridad.
Olor a gasolina y cartón húmedo.
Y entonces…
Se rompió.
La mochila cayó al suelo.
Penny se dejó caer junto a ella.
Y el sonido salió.
Un sollozo ahogado al principio.
Luego otro.
Luego un grito que no parecía humano.
Golpeó la pared metálica del camión.
Una vez.
Dos.
Tres.
—¡CARAJO!
Sus manos comenzaron a doler.
No le importó.
—¡NO! ¡NO! ¡NO!
Se dobló sobre sí misma.
Respiración descontrolada.
Lágrimas mezclándose con polvo.
Hace una hora hablaban de Islandia.
Hace treinta minutos se reían del WiFi.
Hace segundos…
Alison estaba viva.
Penny agarró la mochila con manos temblorosas.
La apretó contra su pecho.
—No debí confiar… no debí…
Su mente repetía la escena.
El disparo.
Los ojos abiertos.
La sonrisa falsa del hombre armado.
Un sonido afuera la hizo congelarse.
Pasos.
Voces lejanas.
Pero no la habían visto.
El camión estaba quieto.
Ella estaba sola.
Sola otra vez.
Como en la boda.
Como siempre.
Solo que esta vez…
Había alguien que sí la había mirado como si importara.
Y ya no estaba.
Penny comenzó a reír entre lágrimas.
Esa risa rota que aparece cuando el dolor es demasiado grande.
—Sobreviví al apocalipsis sin WiFi… —susurró con voz quebrada—. Gran título, Alison.
Su pecho se apretó.
Más lágrimas.
Golpeó el suelo del camión.
—¡Se suponía que íbamos a intentarlo juntas!
Silencio.
Solo su respiración rota.
Afuera, a lo lejos…
Algo explotó.
El cielo vibró.
El verdadero impacto quizá estaba más cerca.
Penny respiró hondo.
Una vez.
Otra.
Miró la mochila.
Con manos temblorosas, buscó la costura interna.
La pequeña irregularidad.
La abrió.
Sacó la microSD.
La sostuvo frente a sus ojos.
Tan pequeña.
Tan insignificante.
Y ahora…
La única cosa que quedaba de Alison.
Penny secó su rostro con la manga.
Su mirada cambió.
Ya no era tristeza pura.
Era algo más oscuro.
Más frío.
—No voy a morir todavía —susurró.
Afuera, el camión comenzó a moverse.
El motor encendió.
Penny se quedó inmóvil.
No estaba vacío.
Alguien estaba conduciendo.
Y ella estaba dentro.
Con la verdad cosida en la mano.