Si el Mundo Termina Contigo

Capítulo 7: La bala que no quiso entrar

El camión apenas había avanzado unas cuadras cuando Penny reaccionó.

No podía irse.

No así.

Golpeó la puerta trasera, saltó en movimiento y rodó torpemente sobre el asfalto.

Se levantó con la mochila aún colgándole del hombro y empezó a correr de regreso.

Cada paso era una pelea contra la idea de lo que había visto.

Está muerta.
No lo está.
La viste caer.
No puede terminar así.

La galería seguía abierta, destrozada.

Ya no había voces.

Ya no estaban los hombres.

Solo el eco.

Penny entró despacio.

El piso blanco estaba manchado.

El silencio era espeso.

Y allí.

En medio del salón principal.

Alison.

Inmóvil.

Penny sintió que el aire desaparecía.

Caminó hacia ella como si el mundo estuviera bajo el agua.

Se arrodilló.

—No… no… —susurró.

Tocó su rostro.

Frío, pero no helado.

Sus dedos temblaban mientras recorrían el cabello de Alison.

Y entonces se quebró otra vez.

Lloró sin dignidad.

Sin sarcasmo.

Sin escudos.

—No me dejes sola… por favor… —murmuró con la frente apoyada en su pecho.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces—

Alison inhaló bruscamente.

Penny se congeló.

Los ojos de Alison se abrieron.

Confundidos.

Vivos.

—¿Qué… pasó? —murmuró débilmente.

Penny retrocedió medio paso, asustada.

—¿Qué demonios…?

Alison parpadeó, se llevó la mano a la cabeza y tocó su sien.

Había sangre. Pero no un agujero.

La bala había rozado. Rasgado la piel. Pero no penetrado.

—Me… me rozó —susurró Alison, todavía desorientada—. Sentí el impacto… pero no entró.

Penny la miraba como si estuviera viendo un fantasma decidir volver.

—Te dispararon en la cabeza.

—Lo sé… lo escuché… luego todo se puso negro.

Penny no pudo más.

La abrazó con fuerza brutal.

Alison respondió, aún temblando.

Se abrazaron como si el mundo pudiera desintegrarse en cualquier segundo.

Y probablemente podía.

—Pensé que estabas muerta… —dijo Penny entre sollozos.

—Yo también —respondió Alison con una risa débil—. Cero recomendado.

Penny la sostuvo del rostro.

La miró.

Viva.

Real.

El cielo naranja entrando por las ventanas rotas bañándola como si fuera una pintura más.

Y entonces, sin pensar.

La besó.

No fue elegante.

No fue planeado.

Fue urgente.

Un beso que mezclaba alivio, rabia, miedo y algo que había estado creciendo demasiado rápido.

Alison se tensó al principio.

Se separó apenas.

—No… no nos conocemos casi…

Penny la miró con los ojos aún húmedos.

Vulnerable.

Sin sarcasmo esta vez.

—Estoy enamorada de ti.

El silencio entre ellas no fue incómodo.

Fue eléctrico.

Alison la observó como si estuviera procesando no solo el disparo… sino esa confesión.

—Eso es una locura —susurró.

—Sí.

—Han pasado horas.

—Lo sé.

—Estamos en medio del fin del mundo.

—Exacto.

Alison sostuvo su mirada.

Algo suave cruzó su expresión.

—Yo también estoy enamorada de ti.

No lo dijo con dramatismo.

Lo dijo como una verdad simple.

Como si lo hubiera estado sintiendo desde la cafetería.

Desde la escultura suspendida.

Desde el momento en que Penny habló del arte como si el mundo aún importara.

Alison la besó entonces.

Más profundo.

Más consciente.

No urgente.

Explorando.

Sus manos se deslizaron hasta la nuca de Penny.

Penny respondió con una mezcla de hambre emocional y alivio.

El beso no era solo deseo.

Era supervivencia.

Cuando se separaron, ambas respiraban rápido.

Alison apoyó su frente contra la de Penny.

—Si vamos a morir…

—No vamos a morir.

—Si vamos a morir —repitió Alison con media sonrisa— quiero que sea habiendo sentido algo real.

Penny rió suavemente.

—Genial. Me disparan el corazón ahora.

Alison tocó la herida en su cabeza.

—No sé por qué no entró.

Penny frunció el ceño.

—Tal vez mala puntería.

La piel alrededor tenía una leve tonalidad oscura.

Casi imperceptible.

Penny no lo notó y buscó un botiquín de primeros auxilios para curarle la herida en la cabeza de Alison.

Un ruido afuera interrumpió el momento.

Motores.

Más de uno.

Alison se tensó.

—Volvieron.

Penny ayudó a Alison a levantarse.

—Entonces esta vez no corremos en direcciones opuestas.

Alison tomó la mochila.

—Esta vez no.

Se miraron.

Y por primera vez…

No estaban huyendo por miedo.

Estaban huyendo juntas.

Pero algo había cambiado.

Se amaban más que nunca.

Mientras corrían hacia la salida trasera…

Le dolia la cabeza a Alison aún así iba rápida.




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