Si el Mundo Termina Contigo

Capítulo 8: Negociación con el infierno

El cielo rugió a lo lejos.

Esta vez no era metáfora.

Un estruendo profundo sacudió la ciudad. El impacto principal quizás estaba ocurriendo en otro punto del planeta… pero la onda expansiva se sentía como un recordatorio de que el reloj seguía corriendo.

Penny y Alison avanzaban por calles llenas de autos abandonados.

El humo dibujaba sombras largas entre edificios.

Alison caminaba firme, aunque todavía un poco aturdida.

—Estoy bien —repitió por tercera vez.

—Te dispararon en la cabeza —respondió Penny.

—Me rozaron.

—Te rozaron con intención de matarte. No es lo mismo que tropezarte en Hawái.

Alison sonrió levemente.

—Sigo aquí.

Penny la miró.

Siguía ahí.

Respirando.

Real.

Y cada vez que lo procesaba, sentía una mezcla de gratitud y rabia.

Caminaron hasta cubrirse detrás de un camión volcado.

Penny apoyó la espalda en el metal caliente y respiró hondo.

—Ya sé qué vamos a hacer.

Alison la miró.

—Eso suena peligroso.

—Obvio.

Penny sostuvo la mochila.

—Vamos a la base militar.

Silencio.

Alison procesó la frase.

—¿La misma base donde tu adorable hermanastra dijo que no valías nada?

—La misma.

—¿La misma donde su esposo tiene poder?

—Exactamente esa.

Alison levantó una ceja.

—Explícame el plan antes de que mi ansiedad se convierta en otra bala.

Penny sonrió, oscura.

—Tu grabación es oro. Si lo que cayó en Hawái fue primero, si hay más fragmentos, si el asteroide no fue natural… ellos necesitan saberlo. O ya lo saben y quieren controlarlo.

—¿Y crees que nos dejarán entrar solo porque llevamos una tarjeta microSD?

—No.

—Ah.

—Pero sí nos dejarán entrar si saben que podemos exponer algo que no quieren que salga.

Alison la observó en silencio.

—Eso no suena como negociación. Suena como chantaje.

Penny encogió los hombros.

—Prefiero llamarlo arte estratégico.

Alison soltó una pequeña risa.

—Tu hermanastra te negó la entrada.

Penny miró el horizonte.

Recordó la boda.
El vestido blanco.
“Vuelve con los dinosaurios”.

Su mandíbula se tensó.

—Sí. Y le agradezco.

Alison la miró sorprendida.

—¿Qué?

Penny la observó con una suavidad inesperada.

—Si me hubiera llevado… estaría en un búnker frío rodeada de gente que me desprecia. No te hubiera conocido a ti.

Alison bajó la mirada un segundo, conmovida.

—Eso fue cursi.

—Cállate.

—Pero lindo.

—No te acostumbres.

Alison dio un pequeño paso más cerca.

—Entonces vamos a la base. Hablamos con el esposo del coroner.

—Sí.

—¿Y qué pasa si intenta quitarnos la tarjeta y dispararnos después?

Penny sonrió.

—Entonces no le damos la tarjeta completa.

Alison la miró confundida.

Penny sacó la microSD.

La levantó.

—Hiciste copia de seguridad, ¿verdad?

Alison sostuvo su mirada.

Sonrió.

—Soy youtuber. Claro que hice copia.

Penny soltó una risa genuina.

—Perfecto. Me enamoré de una paranoica funcional.

—Y yo de una artista con complejo de villana.

El sonido de un grupo de infectados cruzando la avenida las hizo agacharse.

Esperaron.

Cuando pasó el peligro inmediato, Alison habló más bajo.

—¿Y si tu hermanastra está ahí?

—Estará.

—¿Y si intenta humillarte otra vez?

Penny miró hacia la dirección donde sabía que estaba la base.

—Esta vez no soy la invitada de la boda.

Silencio.

Alison la tomó de la mano.

—No vas sola.

Penny apretó su mano de vuelta.

Y por primera vez desde que todo empezó…

No se sentía como el patito feo.

Se sentía como alguien con propósito.

—Vamos a tocarle la puerta al poder —dijo Penny.

Alison respiró hondo.

—Y si no abren…

Penny sonrió, peligrosa.

—La derribamos.

A lo lejos, se veían helicópteros dirigiéndose hacia el perímetro militar.

La ciudad ardía.

El cielo vibraba.

Y dos mujeres, una artista subestimada y una viajera con evidencia del inicio, caminaban hacia el lugar que decidiría si vivían… o si se convertían en otra pieza del experimento.

Porque si la base sabía algo…

Ellas estaban a punto de descubrir cuánto.

Esto se pone político… y personal.
Seguimos con tensión, sarcasmo y esa rabia elegante que Penny sabe usar tan bien.

La base militar parecía otro planeta.

Muros altos. Torres de vigilancia. Reflectores encendidos incluso con el cielo ardiendo. Filas de personas gritando para entrar. Algunos llorando. Otros suplicando nombres.

“¡Mi hermano trabaja aquí!”
“¡Mi esposa está adentro!”
“¡Tengo autorización!”

Nadie parecía estar entrando.

Penny y Alison avanzaron entre la multitud hasta el primer control armado.

—Identificación —ordenó un soldado.

Penny dio el apellido de su hermanastra.

El cambio fue inmediato.

Las miradas se endurecieron.

Un radio sonó.

Las hicieron esperar bajo un foco blanco que parecía interrogatorio más que bienvenida.

Alison apretó la mano de Penny.

—Respira.

—Estoy respirando.

—No. Estás preparando un discurso homicida.

Penny sonrió apenas.

Finalmente apareció él.

El esposo.

Traje táctico impecable. Guantes negros. Mirada clínica.

El coroner.

Los observó como si fueran expedientes.

—Entiendo que quieres venir —dijo mirando a Penny, voz fría pero no agresiva—. Pero los búnkers están llenos. Ya no cabe más gente.

Silencio.

Penny sintió esa vieja sensación en el pecho. La de la boda. La de no ser suficiente.

Pero esta vez no era la misma persona.

—¿Llenos? —repitió con suavidad peligrosa—. Qué eficiente el fin del mundo. Con lista cerrada.

El coroner no sonrió.




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