Si elijo perder

PRÓLOGO

Vera, de seis años

—Alanha, Alanha —exclamé, corriendo tras mi hermana.

El papel arrugado entre sus manos manchó de pintura fresca su vestido. Cuando por fin la alcancé, el dibujo de flores que había hecho para mamá ya estaba arruinado. Alanha lo dejó caer al suelo y terminó de limpiarse las manos en la tela que ya era un desastre. No entendí por qué lo hizo; solo me había pedido verlo. Quería que yo le enseñara a pintar.

—¿Qué hiciste?

—No me gustó… pero el siguiente será mucho mejor —dijo, abrazándome—. Tal vez un pájaro volando en un cielo azul… o una pelota. ¿Te parece?

—A mí sí me gustaba el que hice.

—Ya te dije que harás uno nuevo y mejor.

Me revolvió el pelo, sonriente.

A unos metros, el sonido de unos tacones bajando las escaleras llenó el aire. Alanha llevó su dedo índice a los labios y salió corriendo, invadida por la risa. Me quedé sola frente al papel arrugado e intenté alisarlo con cuidado, pero no había nada que salvar. Las flores habían desaparecido; solo quedaba una mancha café atravesada por dos tallos torcidos.

Me acerqué al espejo. Mi vestido y mi cabello estaban salpicados de pintura roja y verde. Sentí el estómago encogerse, como si hubiera hecho algo malo sin saber qué.

Clic-clac, clic-clac. Cada vez más cerca.

—¡Dios mío, Vera! ¿Otra vez jugando con pintura? —gritó mamá, sujetándome del brazo.




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