Si elijo perder

I

Se suponía que estar casada con Elías debía ser fácil. Esa mañana cuando desperté, él ya se había ido, lo cual agradecí profundamente. Fui más consciente del silencio a mi alrededor que en otros días, pero me animé a levantarme de la cama y meterme a la ducha. Me negué a cerrar los ojos mientras el agua tibia caía sobre mi cuerpo; sabía que, si lo hacía, llegarían imágenes. Imágenes de él. Las mismas que habían invadido mis sueños los últimos días.

Pero los cerré.

Y ahí estaba: mojado por el agua, demasiado cerca, recorriendo mi cuerpo con sus grandes manos con la habilidad que definitivamente debía tener. Sus labios a centímetros de los míos.

Abrí los ojos de golpe.

Me pasé la mano por el entrecejo. Llevaba tiempo sin poder detener las imágenes, intentando escapar de este nuevo sentimiento que afloraba dentro de mí, pero sentía que entre más corría, más se acercaba a mí. No había escapatoria para él. Estaba enamorándome de mi esposo, lo cual estaba rotundamente prohibido en nuestro matrimonio.

Recorrí nuestra habitación cubriéndome con el albornoz. El olor a colonia masculina aún invadía el ambiente, aunque seguramente se había ido hace más de una hora. Instintivamente revisé mi celular por si tenía algún mensaje, pero no había nada. Entonces marqué el número de mi padre, y mientras el teléfono sonaba en espera de su respuesta, fui hacia el vestidor.

—Vera, mi amor. —La voz que contestó sonaba calurosa—. ¿Va todo bien?

—Todo va excelente. ¿Cómo están?

—Tu madre está preparando el desayuno, y yo alistándome para el trabajo.

Su voz sonó tan poco entusiasmada que me causó gracia.

—Los lunes trabajar se siente ilegal.

—Y que lo digas.

Papá era dueño de una firma de abogados reconocida en todo el país. Tenía la potestad de delegar hasta la más mínima de sus tareas con un equipo excelente y cautelosamente escogido, sin embargo, amaba su trabajo y hacerlo con sus propias manos siempre que tuviera oportunidad, aunque ello significara madrugar un lunes.

Puse el celular en alta voz mientras me vestía.

—Hoy tengo una audiencia importante, pretendo destruir a la competencia, así que deséame suerte.

—Eso es más que obvio, lo harás genial, no necesitas suerte.

Al fondo se oyó la voz de mamá y a papá respondiéndole.

—Quiere hablar contigo —avisó.

—Pásamela.

Papá se despidió y un instante después la voz de mamá invadió la línea.

—Me estoy volviendo loca —dijo, y pude verla en mi mente sosteniendo el celular entre su cabeza y su hombro.

—¿Qué pasa, mamá?

Me paré frente al espejo y giré levemente hacia ambos lados. Botas altas, falda de cuadros corta, suéter negro. Accesorios, necesitaba añadir accesorios.

—Ha hecho ese ritual suyo para las victorias toda la semana, más le vale que gane —susurró a modo de secreto, pero yo más que nadie sabía que ella amaba todas las rarezas de papá. Durante mi crecimiento anhelaba tener algo como lo de ellos, pero aún lo veía tan lejano—. Hablando de eso, ¿cómo está tu esposo?

Carraspeé.

—Tuvo que irse al trabajo temprano hoy, pero está bien.

«Supongo».

—Ya casi cumplen un año de casados. —Parpadeé. No lo habría recordado si ella no lo mencionaba—. ¿Sabes si tiene planes para celebrar? Si no los tienen aún, estaba pensando en que hay un restaurante muy hermoso que les puedo recomendar.

—No hemos hablado todavía de eso, pero tendré en cuenta el restaurante.

Elías seguramente no tenía nada planeado y no lo tendría, por la sencilla razón de que estaba tan interesado en este matrimonio como en las zarigüellas. Y, hasta hace poco tiempo, yo tampoco lo estaba.

—Y quizá puedan empezar a planear darme un nieto.

Mi risa fue demasiado espontánea. Demasiado fuerte.

Hubo un breve silencio.

—Perdón. Sí, ¡claro! Le diré.

Mis mejillas se sentían ardientes. Puse mis manos sobre ellas, como si eso pudiera ayudar a reducir la sensación.

—Ahora los jóvenes no quieren hijos, lo sé, pero me gustaría cuidar a mi nieto algún día.

—Mamá, basta —dije, e inmediatamente me invadió la culpa por evadirla—. Ya tendremos tiempo para discutir el tema de los nietos en otro momento… —Me mordí el labio inferior, nerviosa por lo que estaba a punto de preguntarle, pero si no lo hacía, pensaría en ello toda la mañana—. ¿Has hablado con Alanha? Aún no contesta mis mensajes.

Oí el suspiro de mi madre, al otro lado de la línea, como si hubiese sido al frente de mí.

—Ella está bien, hablará contigo cuando se sienta bien haciéndolo. Tienes que entenderla.

—Sí, yo… lo hago, mamá, créeme.

—Ya se le pasará, en cierto punto comprenderá que no es para tanto. La familia es la familia, no puede estar enojada para siempre.

—Espero que así sea —dije, arrastrando las palabras—. Tengo que dejarte, voy a mis clases. Los amo, ¿okay?




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