Si elijo perder

II

Dos años atrás había conocido a Elías y, con él, la libertad.

Lo que no sabía era que esa decisión —la de casarme— significaría enfrentarme a la soledad física y emocional que una farsa de matrimonio puede conllevar. Y eso implicaba algo peor: acceso ilimitado a mis propios pensamientos. Con el tiempo entendí que no era nada divertido.

Pero volver no era una opción. No quería hacerlo.

En casa había demasiados recuerdos, demasiado dolor. En casa estaba la pared en la que me recargaba con el alma rota, con lágrimas que me nublaban los ojos hasta dejarlos casi cerrados por lo hinchados que estaban. En casa estaba mamá, acariciando mi cabello, sosteniéndome como si temiera que pudiera desmoronarme por completo. En casa estaba papá y su auto, el que arrancó aquel día a toda velocidad, sin importarle el ruido atroz de los rines, porque iba tras él. Porque, en su mente, quería matarlo.

Volver a casa no era una opción.

Así que, al final del día, simplemente decidía quedarme en nuestra guarida temporal. Porque era más fácil que afrontar mis propios desastres. Y porque él no exigía nada de mí. Yo podía irme cuando nuestro acuerdo dejara de servirme; pero, de momento, me resultaba cómodo.

No me iría pronto.

Solo que también resultaba… que ya no quería irme.

Porque empezaba a descubrir que, en aquellos momentos en los que Elías sí estaba, realmente disfrutaba su compañía.

—Mi madre quiere cenar con nosotros el próximo fin de semana —dijo una mañana, en medio del desayuno.

Mi cuchillo se detuvo a escasos centímetros de mi boca. Él sostenía su celular en una mano y la taza de café en la otra. Se veía calmado, pero sabía que la reunión con su madre no le era precisamente conveniente.

—¿Cuándo te enteraste?

—Al mismo tiempo que tú. Acaba de enviar un mensaje.

—Oh… —Fue lo único que me salió—. ¿Te gustaría que prepare algo especial?

—No será necesario. Hizo una reserva en un restaurante. Debe tener algo importante que decir.

Elías se frotó el puente de la nariz.

—¿Algo como qué?

—No tengo idea —dijo, y finalmente alzó la vista hacia mí—. ¿Tenías otros planes? Lo lamento.

—No, no te preocupes. En realidad no tenía nada especial. Puedo reunirme con tu madre. Es que no nos hemos visto desde la boda y no sé cómo deberíamos… actuar.

Me llevé mi taza a los labios para ocultar lo que estaba escrito en mi cara.

—Actúa como lo haces diariamente —dijo, como si aquello fuera suficiente.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué no lo sería?

—Porque no nos conocemos.

Y era cierto. Elías y yo no manteníamos conversaciones íntimas cuando nos encontrábamos en casa. Él solía quejarse del tráfico o de alguna reunión difícil en el trabajo, pero nunca más allá de eso. Nunca respondía un cómo estás de manera profunda, con intención real de saber o dar a conocer del otro. Sobre lo que a ambos respectaba, éramos unos completos extraños compartiendo techo.

Él se reclinó hacia un lado en la silla, con cara de incredulidad.

—Claro que te conozco —exclamó, y lo miré con acritud antes de soltar una risa burlesca—. ¿Qué es tan gracioso? Te conozco, Vera.

—Tú no me conoces, Elías. No sabes nada de mí. Y yo no sé nada de ti. ¿Cómo se supone que entable una conversación con tu madre? ¿Qué le diré cuando me pregunte sobre… sobre… cómo va tu trabajo, o…tus pasiones? Yo qué sé.

Elías me miraba fijamente y, de pronto, le entró la risa.

—¿Y ahora tú de qué te ríes?

—¿Mis pasiones?

Asentí, repitiendo la palabra, esperando que no perdiera aún más sentido al hacerlo.

—El trabajo va muy bien —dijo—. Estamos a punto de firmar para la representación legal de una empresa extranjera en la que tenía en la mira desde hace tiempo. Así que todo va de maravilla.

—¿Por qué nunca me cuentas de estas cosas? Me alegra muchísimo por ti, Elías. Felicidades.

Sus labios dibujaron una media sonrisa, contenida.

—Aún no es un hecho, pero tienes razón. Debería contarte más de estas cosas.

Una nueva notificación hizo vibrar su celular y captó su atención por un segundo. Noté cómo su expresión cambiaba casi imperceptiblemente, pero decidió ignorarlo y volver a mirarme.

Y entonces lo hizo como quien observa a un infante.

—Pero lo segundo que te inquieta, mis pasiones… —dijo pausadamente. Tragué saliva, notando que me sonrojaba—. Sobre eso no creo que te pregunte. Puedes estar tranquila.

—Sabes a qué me refiero.

—Nos conocemos, Vera, llevamos tiempo conviviendo. No somos desconocidos. Yo te conozco.

Dando por terminada la conversación, retiró su silla hacia atrás, se levantó y se marchó.

Me quedé quieta sin parpadear, preguntándome por qué aquel hombre creía con tanta convicción que me conocía. ¿Yo lo conocía, acaso?




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