El sonido del auto de Elías estacionándose interrumpió el profundo silencio de la casa. Había terminado de maquillarme y vestirme hacía unos minutos, así que solo esperaba que llegara mientras intentaba leer un libro. Doblé la página en la que había quedado y lo dejé a un lado. A lo lejos podían oírse sus pasos lentos al subir las escaleras, crispándome los nervios.
Me dirigí a su habitación y cuando entré, él posó la mirada sobre mí de arriba a abajo. De pronto me pareció que el vestido me quedaba demasiado entallado y sentí una ráfaga de aire recorrer mi espalda descubierta.
—Hola —su voz fue apenas un susurro.
—Hola.
Elías dejó su bolso sobre la cama y desató el nudo de su corbata. Me quedé observando el movimiento suave de sus manos más tiempo del debido y, entonces, me obligué a bajar la mirada.
—Estás lista, por lo que veo. Dame unos minutos, no tardo.
—Está bien —dije, moviéndome sólo unos pasos—. Te dejaré a solas para que te cambies. Iré… abajo.
—Gracias.
Elías, con rostro contraído, se dio media vuelta para quitarse la camisa. Sabía que ese era mi momento para salir de la habitación; sin embargo, me quedé unos segundos más, viendo la rigidez de sus músculos y lo contraída que estaba su espalda. En cierto punto, se giró y me encontró ahí, congelada, inquieta, y su expresión se suavizó apenas.
—¿Qué pasa? —preguntó, con amabilidad.
—Me preguntaba si está todo bien.
Hubo un breve silencio. Esperé su respuesta pensando que quizá no debía haber preguntado. Tal vez estaba intentando ir más adentro de lo que él estaba dispuesto a mostrar, y era válido que quisiera protegerse, si esa era su intención. Eso era lo normal en nosotros. Al final, en medio de lo que debieron ser solo un par de segundos, concluí que, si su respuesta sonaba a mentira, se la dejaría pasar.
—Son solo cosas del trabajo —dijo al fin—. Puede ser estresante a veces. Pero está todo bien. No quiero que esta noche se trate de eso.
Asentí despacio, preguntándome, para mis adentros, de qué iba esta noche.
—Te dejaré vestirte.
Levantó su mano, pero fue su voz la que me detuvo.
—Te ves bien, por cierto.
—Oh… —Apreté ligeramente los labios pensando mucho las palabras que iba a decir, pero solo me salió—: Te lo agradezco.
Sonreí y di media vuelta para salir de la habitación.
Al bajar las escaleras, intenté ignorar los fuertes latidos de mi corazón.
Pasé por la sala, encendí una lámpara y me serví una copa de vino sin beberla de inmediato. Me observé un segundo en el reflejo oscuro de la ventana: el vestido, la postura, la mujer que parecía saber exactamente lo que quería y cómo lo conseguiría.
No era cierto.
El restaurante tenía una iluminación rojiza, tenue, que obligaba a hablar más bajo. Elías dio su nombre en la entrada y, sin más, la camarera asintió y nos pidió que la siguiéramos.
Caminamos entre mesas ocupadas hasta llegar a una al fondo, apartada del resto, con dos copas y una botella de vino esperándonos. Ya en nuestra mesa, Elías retiró la silla para mí primero y luego para él. Una sonrisa se fue creando en mis labios mientras el mesero destapaba nuestra botella y servía el vino en las copas, cuando él lo notó, su rostro formó un signo de interrogación, pero también se dejó llevar y sonrió mostrando esos hermosos dientes blancos.
El mesero nos dejó la carta y se retiró.
Entorné los ojos.
—¿Qué es esto, Elías?
—Dijiste que no nos conocemos, así que pensé que sería lo correcto que tuviéramos este espacio para hacer lo propio, y…
Antes de que pudiera continuar, agité la mano en el aire.
—Me parece a mí que caíste en cuenta de que realmente no sabemos nada el uno del otro, así que llegaste a la conclusión de que debemos prepararnos para la llegada de tu madre.
—Oh, vamos, ¿en serio crees que no sé nada de ti?
—No lo creo. Puedo apostarlo.
Elías se llevó la copa a los labios sin apartar la mirada de mí. Y, por alguna razón, la forma en que sujetaba el cristal me hipnotizó por unos segundos.
—Pregúntame cualquier cosa sobre ti —pidió, rompiendo el hechizo.
Solté una risa ligera, pero él se mantuvo serio.
—¿Es en serio?
Asintió, y permanecí en silencio un par de segundos.
—Ni siquiera sé qué preguntarte.
Tomó una bocanada de aire y se cruzó de brazos.
—Vera Wright, veinticuatro años, tienes una hermana mayor. Vienes de una familia de abogados importantes en el país, tus padres están casados y viven en otro condado. Te gusta la pintura; no, eres una apasionada por el arte, y pintas excelente, de hecho. No sueles beber, pero disfrutas el vino. Odias el ejercicio, aunque te obligas a hacerlo…
Se detuvo. Yo lo observaba casi sin parpadear.
—Son cosas demasiado triviales, Elías.
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Editado: 02.03.2026