La noche en que me casé con Elias, el cielo estaba bañado de estrellas.
Los nervios me tenían paralizada mientras miraba mi reflejo en el espejo, apretando mis manos en puños para sentir un poco de calor en la punta de mis dedos. El vestido era de seda, entallado en la cintura y con cuello drapeado. No quise usar velo —me resultaba irrisorio— ni accedí a la liga, el objeto nuevo y viejo, y todas las tradiciones que todos insistían en convertir en símbolos.
Quería que el espectáculo empezara pronto para que con la misma rapidez terminara.
Mis maletas estaban hechas y mis pinturas empacadas. Adicionalmente, nuestros padres nos habían regalado dos boletos para un crucero de un mes por islas europeas, la supuesta luna de miel. Estaba todo listo para nuestra nueva vida. Y, aun así, todo me parecía cómico. Como si estuviera viviendo lo que le correspondía a otra persona.
Y quizá si era así.
Quizá le estaba quitando la oportunidad al verdadero amor de la vida de Elías de tener la gran boda, el gran evento, la historia perfecta. Pero incluso si la pensaba mucho, en realidad no me sentía culpable. Si tan destinados estaban, cuando todo esto terminara podrían encontrarse y cumplir su destino.
Hasta entonces, yo sería su esposa.
La sola idea me erizó la piel.
—¿Estás lista? —escuché su voz desde la puerta.
Me giré lentamente.
Elias estaba apoyado contra el marco, impecable. El traje oscuro le quedaba como si hubiese sido cosido directamente sobre su cuerpo; la camisa blanca resaltaba el tono profundo de su piel, y el contraste hacía que sus ojos cafés parecieran más cálidos de lo habitual. Su cabello rizado, corto y definido, estaba peinado con una naturalidad que lo hacía ver peligroso sin proponérselo. Era, sin esfuerzo, el hombre más atractivo del lugar. De cualquier lugar.
Pero, entre tanta belleza, también era evidente que su postura era distante, casi como si lo fuera a propósito. Sus ojos, aun viéndome de pies a cabeza, no parecían conocer emoción alguna. Su cuerpo; las manos en sus bolsillos, el peso inclinado hacia atrás, como si fuese un sábado cualquiera. Todo él se veía como la calma misma, y eso me hizo odiar lo nerviosa que me sentía.
—Eso creo —susurré, acercándome un paso.
Él entró en la habitación por completo y cerró la puerta tras de sí. Cuando se acercó a mí quedando frente a frente, sentí como si estuviésemos haciendo algo indebido.
—Sé que estuvo mal que viniera, se supone que no debo ver a la novia antes de la boda.
—Supongo que ahora nuestro matrimonio está destinado al fracaso, vaya sorpresa.
Una sonrisa breve apareció en sus labios, y yo hice lo propio, contagiada por él. Sin embargo, no duró en su rostro.
—Sabes que aún estás a tiempo de correr, ¿cierto? Si esto no es realmente lo que quieres, no te ataré a mí.
Me quedé mirándolo tratando de descifrar si se trataba de un chiste, pero en sus ojos vi que no lo era. Fruncí el ceño, y dije:
—Que no se te olvide que quiero esto tanto como tú.
—Solo no quiero que… nazcan en el futuro nuevas expectativas, porque no soy una buena pareja, me conozco. Y no quiero hacerte daño.
—Elías, conozco el contrato, no esperaré que seas mi esposo, y tú no pedirás que yo sea la mujer para ti. Tenemos unas reglas en todo esto. Me queda bastante claro. —Las palabras salieron con una risilla de amargura.
Él hizo una mueca.
—No te tomes a mal lo que digo, por favor. —Respiró hondo—. Este arreglo es lo que es, pero igual quiero protegerte.
—¿Protegerme de ti? —pregunté, y él solo levantó una ceja en respuesta—. ¿Has pensado aunque sea por un segundo que quien podría enamorarse eres tú?
Silencio. Silencio sepulcral. Ninguno de los dos pronunció una palabra, aunque no dejábamos de mirarnos directo a los ojos. Mientras tanto, yo solo podía pensar por qué estaba tan convencido de que sería yo quien querría algo más en el futuro, y por qué con la misma convicción aseguraba que rompería mi corazón.
—Tendrá que verse —dijo al fin, ajustando su reloj—, ninguno debería salir lastimado.
—Añádelo a las cláusulas.
Vi en su expresión que se preparaba para replicar, no obstante, cerró su boca. Y me pareció un gesto demasiado sabio.
—Todo va a salir bien —dije, porque sentía que ambos necesitábamos escucharlo—. En últimas, existe el divorcio.
Él solo se quedó analizándome.
A lo lejos, el pianista empezó su show y la melodía de su instrumento rebotó dentro de mi cabeza. El momento había llegado, en menos de una hora sería la esposa de alguien. Cuando era una niña y soñaba con el día de mi boda, ni por un segundo me imaginé uniendo mi vida a la de alguien en los términos en los que lo hacía ahora.
Él sonrió, una sonrisa torcida capaz de desarmarme. Y entonces, la incomodidad salió de mi cuerpo a grandes pasos.
—Te veo en el altar, Vera —dijo.
—Te veo en el altar, Elías.
Dio pasos hacia atrás hasta que salió de la habitación, dejando que la puerta se cerrara tras de sí. Me quedé mirando el lugar por donde había salido, hasta que un arrebato me invadió y fui hacia mi celular. Marqué el número de Alanha, mi hermana, pues los mensajes que le envié desde la mañana no habían sido contestados, pero fue lo mismo con mi llamada. Nada. No sabía nada de ella hace semanas, por mamá supe que no vendría a la boda, y, conociéndola, estaba tratando de castigarme por lo que hice.
#3162 en Novela romántica
#127 en Joven Adulto
romance erotismo millonario, matrimonio falso y deseo sexual, arreglomatrimonial
Editado: 02.03.2026