—Mamá, tienes que dejar de entrometerte en mi matrimonio —supliqué.
Ajusté a mis orejas los auriculares inalámbricos mientras le daba pinceladas suaves a un pequeño lienzo. Frente a mí, el lago del conjunto residencial se expandía manso y silencioso, tan solo perturbado por una ligera brisa que empujaba hojas secas sobre el agua. Al otro lado, escuché el suspiro largo de mi madre, como si la vida se le fuera en ello.
—No es que me meta en tu matrimonio —contestó con aire abatido—, pero Freya no deja de llamarme a preguntar por ustedes. Dice que Elías no le dice gran cosa y quiere saber si has hablado conmigo sobre querer divorciarte. ¡Llámame loca por preocuparme!
Fruncí el ceño.
—Ya conoces a Elías, él no es de hablar mucho. Y puedes decirle a Freya la verdad, que nunca he hablado contigo sobre querer divorciarme sencillamente porque no es así. No hay nada de qué preocuparte.
—Pero es que tú tampoco me cuentas nada.
—Porque no hay nada que contarte, mamá. Todo está bien.
Del otro lado se oyó el tintinear de una taza contra un plato, como si estuviera acomodando el café de la tarde.
—Te conozco y no te siento entusiasmada —dijo al fin, con una suavidad que me hizo apretar el pincel entre los dedos—. Dime, hija, ¿Elías te trata bien?
Apoyé la paleta contra la banqueta y me limpié las manos en un paño manchado.
—Sí, mamá. Elías es un caballero, se preocupa por mí, me trata… como una reina. Me trata más que bien.
—¿Segura? Ya sabes que estaba empezando a crecer esa reputación de canalla. Tu padre estaba más que contento de unir nuestra familia con la de uno de sus grandes colegas, pero yo no estaba muy segura de que Elías fuera bueno para una de mis niñas.
—Mamá, tú estabas más que dispuesta a que Elías se casara con Alanha.
—¡Porque ella lo quería! —exclamó, y pude imaginarla alzando una mano en el aire, dramatizando como siempre—. Y ya sabes cómo es. Si eso quería, pues que se casara.
—Má, no discutiré esto ahora. La próxima vez que hables con Freya solo debes decirle «son una feliz pareja de casados» y ya.
—Está bien, muñeca. Lo siento, ¿sí?
—¿Por qué te disculpas, mamá?
Hubo un breve silencio.
—Por amar en exceso a mis hijas —soltó de repente. Inhalé todo el aire que cupo en mis pulmones y lo solté con una sonrisa, pues enojarme no tenía sentido.
—Eres un caso perdido, Colette.
Tomé nuevamente mi paleta y jugué con los colores hasta crear el tono de los nenúfares. Miré con el rabillo del ojo para confirmar que la llamada continuase activa y así era. Mamá de seguro estaba tomando su café, ocupándose de sus propios pensamientos e inquietudes, pero se quedaba ahí conmigo. En general, el silencio con ella era muy cómodo, incluso más que las conversaciones.
Eso era algo que disfrutábamos compartir. El absoluto silencio.
—¿Papá ganó el caso?
—Por supuesto que lo ganó —dijo.
Esbocé una sonrisa, y casi pude oír la suya al otro lado de la línea.
—Bien.
Unos minutos después, el sonido de un auto pasando a mis espaldas me hizo cosquillas en la cabeza, pero me negué a voltear. Si era Elías, había comida en la alacena, podía servirse con completa libertad.
Sin embargo, pese a que la pintura no estaba terminada, fui empacando mis materiales y puse el lienzo a sol directo para que secara más rápido.
Una notificación saltó sobre la llamada.
«ELÍAS: Estoy en casa».
Cerré los ojos, y contuve una sonrisa. No iba al caso.
—¿Sigues ahí, mamá? —pregunté, y escuché el sonido que hizo con la garganta en señal de afirmación—. Voy a casa con Elías.
—Vale, mi amor, salúdalo de mi parte.
Por más lento que me propuse caminar, al cabo de un par de minutos estaba entrando por la puerta principal. Fui hacia la cocina, encontrándome con Elías que yacía sentado en la isla con una pila de documentos frente a él. Dejé sobre la mesa mis materiales y la pintura, para enjuagar mis manos con el agua del lavabo.
Elías alzó la vista apenas terminé de secarme las manos. Sus ojos recorrieron mi ropa manchada de pintura antes de detenerse en mi rostro, como si buscara algo específico.
—¿Estabas trabajando afuera?
Asentí.
—El lago estaba tranquilo hoy. Hace un día precioso.
Él dejó el bolígrafo sobre los documentos y apoyó los antebrazos en la isla.
Abrí la nevera más por inercia que por hambre y saqué una botella de agua fría. El silencio entre nosotros se volvió tan denso, que el sonido de las burbujas al destapar mi bebida me pareció un estruendo.
—Aún tienes manchas de pintura —señaló con la barbilla hacia mi cuello.
Llevé una mano hasta la zona, pero no sentí nada. Él negó despacio.
—Déjame hacerlo.
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Editado: 23.03.2026