Si elijo perder

VI

Mi madre no encontraba los tacones que había comprado específicamente para el evento de la familia Lawyer. Era la tercera vez que entraba en mi habitación preguntando lo mismo y, también por tercera vez, recibía la misma respuesta:

—No los he visto, busca donde Alanha.

Cuando se fue, me observé en el espejo por última vez. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos enmarcando el rostro. El maquillaje era sutil; el antifaz se robaba toda la atención.

El vestido, blanco y de espalda descubierta, caía hasta el suelo ocultando mis tacones. Sobre los hombros, un chaleco de plumas descendía hasta mis caderas.

Apenas salí del cuarto, escuché la voz de mi hermana llamándome con entusiasmo. Caminé hacia su habitación.

Alanha estaba frente al espejo mientras la estilista daba los últimos retoques. El baile de máscaras había sido su tema favorito durante dos semanas. Recorrimos las tiendas más exclusivas de la ciudad buscando los vestidos y antifaces perfectos. El color dorado fue su elección. Llevaba un vestido ceñido al cuerpo, cubierto de piedras brillantes que capturaban la luz, con una abertura lateral que ascendía desde el inicio del muslo.

La máscara veneciana, del mismo tono, se sostenía con una varilla delgada que le permitía retirarla cuando quisiera. Aunque el propósito del evento era ocultarse, ella no tenía intención de hacerlo. Para Alanha, aquello era un juego de seducción. Iba de cacería.

—Me encanta cómo quedaste —dijo, con un brillo orgulloso en sus ojos celestes.

La maquillista intentaba que mantuviera el rostro quieto, así que entré y me coloqué frente a ella. Alanha tomó el lápiz labial antes de que la chica pudiera aplicarlo y se lo puso ella misma, con precisión. El rojo cereza resaltó sobre su piel con una perfección casi estudiada.

—Tú también estás hermosa. Todo quedó perfecto.

—Así debía ser. Estuvimos aquí más de tres horas.

Suspiró como si hubiera cargado con todo el esfuerzo, y no pude evitar sonreír.

—¿Qué crees que pase esta noche? —preguntó.

Era nuestro ritual. Cada vez que salíamos juntas hacíamos apuestas sobre lo que la noche traería. La perdedora debía cumplir el capricho que la otra eligiera. Casi siempre ella acertaba, y yo terminaba pagando la deuda al día siguiente.

—Creo que esta noche… veremos a algún magnate con una esposa que fácilmente podría ser su hija.

—Eso pasa en todas las fiestas, Vera. Otra cosa.

—Entonces… —Pensé un instante y dije—: Terminaremos la noche en un auto de completos desconocidos.

—Bien. Apuesta realizada.

Se observó en el espejo un segundo más mientras acomodaba sus aretes de diamantes.

—Es tu turno —dije.

Entrecerró los ojos, evaluándome.

—Creo que esta noche encontrarás al amor de tu vida.

Se dio media vuelta, en un intento vago de ocultar su risa.

—Alanha…

—¿Qué?

—Es fiesta de amigos de papá. Irán los hombres más ancianos de la ciudad.

La estilista y su equipo se despidieron. Yo les agradecí; Alanha apenas inclinó la cabeza.

—Imagínalo —insistió—. Un hombre adinerado, gentil, apuesto… con unos cuantos años de más. Nada grave. Además, con las máscaras ni siquiera notarías la diferencia.

—Juega en serio.

Se giró hacia mí, con expresión solemne.

—Ya lo hice. Esa es mi predicción. Esta noche encontrarás al amor de tu vida.

—Está bien. Si quieres regalarme la victoria, que así sea.

Su sonrisa cambió apenas.

—¿Por qué estás tan segura de que no pasará? ¿Acaso estás saliendo con alguien y no me lo has dicho?

Enarqué los ojos y me crucé de brazos.

Se quedó en silencio, esperando una respuesta. Pero me parecía humillante confirmarle que, tal como suponía, no había nadie en mi vida. Como en los últimos años. Así que dejé la duda suspendida entre nosotras.

—Sabes que mamá ha intentado hasta el cansancio que vuelvas al ruedo —continuó con suavidad—. Me dice que le preocupas. Que teme que nunca consigas a alguien porque sigues afectada por lo que te pasó y…

—Basta, Alanha.

Nos sostuvimos la mirada. Y en ese instante sentí que la odiaba por traer ese tema de vuelta.

—Solo digo la verdad. A mí también me preocupas.

—Ya te he pedido que no hables de eso porque no te pertenece. ¿No lo entiendes?

La respiración comenzó a costarme. Era su forma de observarme —esa mezcla de compasión y ternura— la que me hacía sentir tan pequeña como aquella noche. Tragué saliva y di un paso atrás, intentando recomponerme. Me había costado demasiado tiempo superar aquello como para permitir que lo redujera a una anécdota incómoda.

—Lo siento, ¿sí? —añadió, volviendo la atención al espejo mientras acomodaba su cabello sobre los hombros—. Solo intento ayudarte. Eres mi hermanita. También quiero verte feliz con alguien.




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