Se suponía que la madre de Elías nos visitaría el fin de semana, pero estaba sentada en el sofá frente a mí apenas tres días después de mi última conversación con él.
Freya era la elegancia personificada. Alta, de porte impecable, con una piel oscura que parecía absorber la luz para devolverla convertida en brillo. Pero increíblemente impaciente. Consultaba su reloj de muñeca con ansias por la llegada de su hijo, aunque cada vez que sus ojos volvían a mí, me ofrecía una sonrisa cordial que hacía ver diminutos sus ojos marrones.
Me habría encantado poder molestarme con Elías, pero él tampoco se esperaba que su madre adelantaría el vuelo y que, como si no fuera suficiente, se quedaría casi una semana con nosotros.
Y allí estábamos: una frente a la otra, atravesando nuestro tercer silencio incómodo. Porque, aunque mi suegra era absolutamente amable, poco sabíamos la una de la otra.
La habitación de Elías había quedado hecha un desastre; había tenido que subir corriendo, trasladar todas mis cosas a su cuarto y cambiar las sábanas del mío para ofrecérselo a Freya, fingiendo que era la habitación disponible para invitados. Después bajé como si nada, obligándome a respirar con normalidad, aunque mi pecho subía y bajaba con rapidez.
Si notó algo, tuvo la cortesía de no hacerlo evidente. Aceptó el vaso de agua con gas que le ofrecí y caminó por la casa con una elegancia que no disimulaba su mirada atenta: ojos que parecían registrar cada detalle. Finalmente decidió sentarse en el sofá, estaba cansada del viaje, pero no lo suficiente como para irse a dormir.
Tras un buen rato de estar hablando superficialmente hasta del clima, el cual avisaba que muy pronto esa noche sería atacada por una fuerte tormenta, la vibración de mi celular rompió la monotonía. Ambas bajamos la mirada. Freya llevó el vaso a sus labios mientras yo leía el mensaje con dedos apenas firmes.
«ELÍAS: Estoy en camino».
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Freya era un toro; más fácil de enfrentar entre los dos.
—¿Es él? —preguntó, dejando el vaso vacío sobre la mesa.
—Sí —respondí, aliviada—. Viene en camino.
Su expresión se iluminó. Amaba a su hijo con una devoción imposible de ocultar.
—Perfecto… Siento que no lo veo desde hace décadas.
—Un año puede sentirse así —murmuré.
—Realmente lo es. Tú conoces a Elías…, no es precisamente un hombre fácil de hacer hablar. Rara vez me cuenta sobre su día o su trabajo. Y quiero saberlo todo. Sobre él… y sobre ti también.
Se acomodó en el respaldo, cruzando una pierna con elegancia, la mirada fija en la ventana.
—Debería visitarlos más seguido.
—Por supuesto. Siempre será bienvenida.
Intenté que mi sonrisa pareciera natural, aunque ella no estuviera mirándome.
—Tienes que reservarme una mañana para ir a desayunar juntas.
—Claro que sí. Me encantaría.
Sostén la sonrisa, sostenla.
Entonces, llegó un nuevo mensaje:
«ELÍAS: ¿Estás bien?».
Tecleé con rapidez:
«Sálvame».
De repente, pesadas gotas comenzaron a golpear las plantas junto a la ventana. En cuestión de segundos, el sereno se convirtió en un buen chaparrón. Freya se removió en la silla, miró nuevamente el reloj y me dedicó una sonrisa que intentaba parecer tranquila.
—Se va a mojar con esta lluvia.
—Le traeré una toalla —dije, poniéndome de pie casi de un salto. Cualquier excusa era buena para ganar un minuto a solas.
Freya también se levantó y anunció que llevaría el vaso a la cocina. Intenté detenerla —los invitados no deberían hacer esas cosas—, pero me lanzó esa mirada elegante y firme que decía: lo haré de todas maneras. Mientras subía las escaleras, escuché cómo llenaba la tetera con agua, moviéndose por la casa como si la conociera a la perfección.
Gracias a Dios, Elías llegó pocos minutos después. La distancia entre el estacionamiento y la entrada no era grande, pero la lluvia había hecho lo suyo: apareció con la camisa blanca completamente empapada, adherida a su pecho y marcando cada línea de su abdomen. El agua resbalaba por sus rizos oscuros y caía por su frente sin ningún apuro.
Fue su madre quien abrió la puerta. Se abalanzó sobre él con la emoción de quien carga a un niño, aunque él le sacara varios centímetros de altura.
Yo me quedé inmóvil frente a ellos, sosteniendo la toalla blanca perfectamente doblada, que de pronto pesaba como si estuviera hecha de plomo. Habíamos acordado actuar… pero nunca especificamos cómo. Y tampoco previmos que tendríamos que empezar tan pronto.
—Vas a ahogarme, mamá.
Su sonrisa ladeada era encantadora, abrazando a su madre con el mismo entusiasmo. Estaba pasmada con la imagen.
—Qué alegría verte —exclamó Freya, apretándole el rostro entre las manos—. Dios, estás helado.
Solo entonces reaccioné. Con pasos torpes me acerqué y le extendí la toalla, mirándolo fijamente, suplicando en silencio que recordara nuestro trato.
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Editado: 23.03.2026