—¿Crees que puedas venderme ese cuadro? —pidió Freya, cuando la conversación no tenía mucho más de donde jalar.
No había necesidad de preguntar cuál.
No, pensé. No quería. Ni siquiera lo sentía completamente mío, era como si la otra mitad le perteneciera… a él. Pero no podía darle esa respuesta, primero, porque era descortés, y segundo, porque estaba completamente fuera de lugar. Así que me limité a decir:
—Ya tendremos tiempo mañana para terminar de ver todos los cuadros.
—Oh, pero yo…
—Mamá, no hostigues a Vera. Son sus pinturas.
—No la hostigo. Apoyo su arte. —Ella me miró fugazmente, cohibida y contenta al mismo tiempo—. Sé detectar el talento y ella simplemente lo tiene.
—No sabes cuánto te lo agradezco —dije.
Una sensación cálida me invadió por dentro y sonreí feliz. Era tan placentero el que alguien viera en mí aquello que yo misma a veces olvidaba que tenía. Quise saltar de mi silla y abrazarla, pero me contuve.
Un fuerte trueno iluminó el cielo acompañado por gotas de lluvia que comenzaron a golpear con más intensidad contra el vidrio del salón. Los árboles del jardín se mecían violentamente bajo las ráfagas de viento, sus ramas oscuras agitándose como sombras vivas bajo los destellos intermitentes de los relámpagos.
Por un momento, nadie habló.
La lluvia, el viento y el crepitar de la madera quemándose llenaron el silencio.
—El clima me recuerda a cuando eras un niño y le tenías miedo a las tormentas eléctricas —dijo Freya, intentando ocultar su risa sin demasiado éxito.
—No pierdes nunca la oportunidad de recordármelo —contestó.
—Tenía solo cuatro años —empezó Freya, mientras me miraba directamente a los ojos, como si la historia fuera solo para mí—. Elías venía a nuestra habitación llorando y pidiéndonos que lo salváramos de los monstruos gritones. ¡Los monstruos gritones! Como si pudiéramos hacer algo al respecto. Si los monstruos hubieran sido reales, yo también habría estado jodida.
Se echó a reír a carcajadas, apretándose la barriga y dando palmadas contra su pierna. Elías negaba con la cabeza, con una leve sonrisa. Yo también me reí.
—Además… —continuó Freya, con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá, para —la interrumpió Elías.
—Continúa, por favor —pedí, cautivada por su risa y por los recuerdos de su infancia.
Elías me miró con reproche, pero se mantuvo en silencio. Y cuando su madre se preparó para seguir con la historia, quise tener un cuaderno a mano para tomar notas.
—Cuando la luz se iba, como en este caso, era imposible encontrarlo —soltó una larga exhalación—. Pasábamos mucho rato buscándolo junto con sus hermanos mayores, hasta que de pronto salía de alguno de los lugares más recónditos y se aferraba a mi falda.
—Ni siquiera me lo hubiera imaginado.
—Era adorable. —Suspiró, encantada.
—Lo dices como si ya no lo fuera —dijo Elías y se reclinó en su silla.
—Reitero —dijo Freya, ignorándolo—, era adorable. El niño más dulce y hermoso.
—Por favor, mamá…
—Era cachetón, carismático, tenía mucha energía y siempre terminaba el día agotado de tanto intentar seguirle el ritmo a sus hermanos mayores. Axel y Gerard fueron unos niños excelentes en cuanto a su comportamiento, pero Elías… aunque muy mal portado…
—Mamá… —advirtió el aludido, cruzándose de brazos.
—Era mi niño chiquitito, mi último bebé.
Podría asegurar que los ojos de Freya se humedecieron, pero pudo ser el reflejo del fuego. Sin embargo, a mí la emoción de sus palabras me atravesó como un rayo. Por un segundo sentí como si estuviera frente a ese pequeño Elías de mejillas regordetas, sudoroso y cansado por perseguir a sus hermanos.
No obstante, cuando lo miré de soslayo, no había ni un ligero atisbo de ese pequeño tierno que mencionaba con tanta adoración su mamá. No lo había.
Ese dulce niño ya no estaba.
Elías, junto a mí, mi esposo, era un hombre en todo el sentido de la palabra. Era protector, era alto, era apuesto, era varonil, con actitud de hombre, con facciones de hombre, con cuerpo de hombre, con… un… Elías era…
De pronto sentí calor por todos lados, como si las llamas me abrazaran viva.
—¿Vera? —Su voz me sacó violentamente de mis pensamientos.
—¿Sí?
Sacudí la cabeza, como si eso pudiera borrar las imágenes que empezaba a construir mi cabeza, y volteé a verlo. Craso error. Él me analizaba con ojos curiosos, barriendo lentamente mi cuerpo de arriba a abajo, y, sin miedo a equivocarme puedo decir, deteniéndose por un breve segundo en mi pecho, que en ese momento subía y bajaba con mi respiración entrecortada.
—¿Te sientes bien? Estás algo roja.
Mis ojos se agrandaron. Me abaniqué la cara con la mano, sintiéndome más caliente aun ante su comentario.
—Déjala. La pobre está cansada —dijo Freya, restándole importancia con un ademán—. Empiezo a impacientarme con esta lluvia, parece que no parará. Me voy a la cama de una vez, así tengo energías para que me muestres la ciudad mañana, Vera.
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Editado: 14.04.2026