Si elijo perder

IX

Al día siguiente de la fiesta de máscaras, mis padres invitaron a la familia Lawyer a un desayuno al aire libre.

Alanha había estado desbordante de alegría desde la noche anterior, pero poco me había dicho sobre el motivo; apenas mencionó una conversación importante que había tenido, sin prestar demasiada atención ni a mí ni al amigo al que dejó plantado el resto de la velada.

No había fuerza humana capaz de borrar la sonrisa de su rostro ni de arrancarle información sobre los misteriosos planes que traía entre manos. Aun así, yo procuraba no indagar demasiado en sus asuntos; no quería sentirme culpable por no contarle los míos.

El sujeto que me había abordado en el baile, cuyo nombre era Elías, me había hecho la propuesta más insólita que había escuchado en mucho tiempo. Tras una breve conversación en la que descubrimos que nuestras familias nos presionaban para conseguir pareja —y que ninguno de los dos tenía intención de formalizar con nadie en ese momento—, llegó a la conclusión de que lo más conveniente para ambos era fingir que salíamos. Así, nuestros padres dejarían de insistir.

Aunque la idea era, cuando menos, cuestionable, salir con alguien y simular hacerlo implicaba para mí la misma carga emocional. De hecho, mi intención era exactamente la contraria: no involucrarme con nadie bajo ningún concepto.

Elías era apuesto, hablaba con una elocuencia natural que delataba inteligencia y, además, provenía de una familia de apellido reconocido. El único inconveniente era que era… hombre. Y si algo había aprendido, era a no confiar en ninguno.

Su propuesta era sencilla: un par de citas a la semana, recogerme en casa para que mis padres nos vieran, acompañarlo a ciertos eventos de su empresa y, de vez en cuando, cenar en la casa de sus padres para que su madre no se sintiera desplazada.

Mantendríamos la farsa el tiempo necesario hasta que las presiones cesaran o alguno de los dos decidiera intentar algo real con alguien. Entonces, terminaríamos nuestra relación ficticia sin mayores complicaciones.

En teoría, sonaba perfecto. El problema era que yo no quería nada de eso.

No quería el reconocimiento que implicaba asistir a sus eventos, ni relacionarme con una suegra pendiente de cada gesto hacia su hijo. Tampoco deseaba que mis padres se encariñaran con él y empezaran a imaginar fines de semana familiares, asados en el jardín o compras compartidas con mi madre mientras él cargaba las bolsas. Y, sobre todo, no quería confundir su amabilidad con algo más, porque había dejado claras sus reglas desde el principio.

Seríamos como amigos en privado y enamorados en público, pero sin el desgaste que una relación real podía suponer.

Nada de celos.

Nada de escenas.

Nada de contacto físico que pudiera confundir las cosas.

Y lo más importante: ninguno se enamoraría. Especialmente porque él no lo haría. Y, por lo tanto, yo tampoco debía hacerlo.

Fue eso, precisamente, lo que me hizo dudar. La seguridad con la que afirmaba que yo podría enamorarme de él… y la certeza, casi arrogante, con la que garantizaba que él jamás haría lo mismo por mí.

Ni siquiera me conocía.

Él hacía ver el amor como una decisión racional, como algo que puedes poner y quitar. Le era tan fácil decirlo. Así que cuando acepté me puse una nota mental. Ninguno estaba exento de enamorarse, pero si por alguna razón yo empezaba a sentir algo por él primero, jamás se lo diría.

Empezando por esa misma mañana.

Mi padre estaba particularmente nervioso. Ni siquiera con los casos más difíciles de su carrera lo había visto así de tenso, prestándole atención a los pequeños detalles que generalmente dejaba a consideración de mamá. Iba de un lado a otro, se limpiaba el sudor de las manos en los pantalones, y, sobre todo, estaba de poquísimas palabras esa mañana.

Papá era el hombre más hablador en el mundo. Lo cual solo podía significar que, fuese lo que fuese lo que estaba por pasar, sería trascendental.

Me le acerqué por detrás cuando los meseros terminaron de poner nuestra mesa y decorarla con flores veraniegas. Él se giró hacia mí y relajó su expresión.

—Están por llegar —avisó, y se acercó para besar mi frente.

—Estás nervioso, ¿cierto?

—No lo estoy.

—Papá…

—Bueno, pero solo un poco. No es nada grave, se me pasará cuando lleguen.

Sopló disimuladamente un «espero».

Nos quedamos allí parados unos instantes mirando cómo se desenvolvía la organización del evento. A lo lejos estaban mamá y Alanha, los rayos de sol hacían que su piel se viera ligeramente bronceada y su cabello dorado, el cual mamá arreglaba sobre sus hombros con extrema precisión. En un momento ambas pegaron pequeños saltitos y se abrazaron con emoción.

Sentí envidia de su conexión, como era habitual, pero había algo nuevo. El no sentirme parte. Eso nunca pasaba, si había alguien excluido en nuestra familia podría ser papá, a quien no podría importarle menos que no se le invitara a sesiones de spa, clases de pilates o brunch entre amigas.

Sin embargo, en esta ocasión, incluso papá era parte. Algo sabían todos que yo no, y ese hecho empezaba a molestarme. Pero podría ser mi karma, pues yo también les estaba ocultando algo. Así que me recordé que no tenía derecho para enojarme.




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