Si elijo perder

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ELÍAS

—Vaya espectáculo te encargaste de montar —dijo mi padre, consultando su reloj.

—Ahora no, papá.

Mamá intentaba calmar a Colette, que parecía quedarse sin aire. Los meseros retiraban los platos intactos; nadie había tocado la comida después de la revelación. Brian, a lo lejos, fingía una llamada, evitando enfrentarse al desastre.

Cuando Vera salió corriendo tras Alanha, la mesa se desmoronó. Todos hablaban al tiempo señalándome como el culpable, y en parte sí lo era, fui yo quien orquestó todo el plan. Pero nunca con malas intenciones.

No podía dejar de mirar a Vera. Caminaba hacia nosotros con el sol recortando su silueta, el viento empujándole el cabello al rostro. Aun así, el disgusto en sus ojos azules era inconfundible.

Me la habían descrito como la hermana sin futuro, de la que no esperaban gran cosa. No era abogada como sus padres, tampoco doctora como la mayor. No parecía tener interés en formar una pareja ni en darle nietos a sus padres, y se había rechazado continuar con la empresa familiar.

Alanha, en cambio, era la opción correcta. Más centrada. Más carismática. Más… conveniente. Mi esposa ideal, según todos.

Pero cuando conocí a Vera en ese baile… me pareció que la comparación era injusta.

Era la mujer más hermosa del lugar, incluso detrás del antifaz. Sus labios se quedaron conmigo toda la noche. Y, más allá de eso, era brillante: elocuente, divertida, imposible de ignorar. Me mantuvo cautivo sin siquiera intentarlo.

No trató de seducirme.

No lo necesitaba.

Era una mujer exquisita en todo el sentido de la palabra. Y también era, más que una opción viable, la correcta. Aunque en ese entonces no entendía del todo por qué.

Sus padres tenían una preferida, eso era evidente. Y aunque no los justificaba, entendía de dónde venía: eran de mente rígida; querían estabilidad, éxito, seguridad para sus hijas. Y Vera había elegido otra cosa.

Vera pintaba. Vera no buscaba esposo. Vera quería ser libre.

Y por todo lo anterior, era lo que yo estaba buscando. Al menos era lo que en ese momento necesitaba. No podía negar que cuando le ofrecí nuestro trato me movía la idea de que ninguno de los dos quería enamorarse, pero lo cierto también era que la prefería a ella. Y la descarada preferencia por su hermana me resultaba repulsiva, injusta.

Así que, si tenía que elegir, la elegía a ella.

—¿Qué más te daba una hermana o la otra? —continuó papá.

—¿Cómo puedes decir algo así?

—Solo no me explico cómo…

—Es lo que es, papá —dije, manteniendo la voz firme—. Estoy con Vera.

Levantó ligeramente la barbilla.

—El tiempo que te dure este capricho hasta que decidas que ya no la quieres más…

—Eso no va a pasar —lo interrumpí, sorprendiéndome a mí mismo.

Podría pasar, por supuesto. Es más, estaba destinado a que así fuese. Vera no me quería, yo no estaba precisamente enamorado, y en algún momento se nos caería el teatrito. Pero odiaba que supusiera que, toda vez que no había decidido seguir sus órdenes, lo nuestro no duraría.

Para entonces, Vera había llegado hasta nosotros, pero se quedó a un par de metros.

—Como digas —concedió mi padre con una media sonrisa—. Pero cuando pase, porque pasará, tú tendrás que encargarte de reparar la alianza con los Wright y hacerles ver que no despreciamos a toda su familia.

Papá se despidió de Vera con un abrazo y un apretón de manos, e hizo lo mismo con el resto de su familia que todavía estaba presente. Luego se llevó a mamá con él en el auto, dejando solo a Colette y Brian discutiendo a lo lejos.

Me acerqué a Vera, planteándome las palabras correctas de decir, pero gracias a Dios ella habló primero.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó, al borde de los nervios.

—¿El qué?

—Me ocultaste lo de su compromiso porque sabías que me pondrías entre la espada y la pared.

Abrí la boca. La cerré.

—No hubieras accedido si te lo decía y necesitaba tu sí.

Vera se quedó perpleja. Estuvimos unos segundos sosteniéndonos la mirada, hasta que explotó.

—Eres un egoísta, un mentiroso, ¡ruín! —exclamó, empezando a caminar de un lado al otro—. Esto ya era incorrecto, pero ¿ponerme en contra de mi hermana? ¿Quién te crees?

—Tienes razón, debí decírtelo. Lo siento mucho —respondí con calma—, pero no iba a casarme con Alanha.

—Da igual. Es que tienes que estar loco. Es mi hermana, mi hermana, ¡maldita sea! ¿Cómo se te ocurre?

—Ya te dije que lo siento —susurré, intentando alcanzarla, pero se apartó.

—Oh no, ni se te ocurra tocarme —Se detuvo en seco y soltó una risa sin humor—. Ahora sí que todo esto me parece una locura.

Sentí el corazón acelerado de repente.

—¿Qué dices?




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