Desperté con una sensación de mareo y la cabeza dándome vueltas. La luz que entraba por la ventana enceguecía mis ojos, sin embargo, cuando por fin pude enfocar, lo primero que vi fue a Vera. Dormía en el mueble frente a la cama, recostada hacia un lado, desparramada, con el cabello esparcido por todas partes.
Mi mirada se detuvo por un segundo en sus pequeños labios. Los tenía entreabiertos y por ellos escapaban ligeras exhalaciones.
En contra de lo que dictaban mi cordura y mis principios, bajé un poco más la mirada. Aún llevaba puesto ese pijama de seda con el que me había torturado la noche anterior. Intenté ignorar el hecho de que, a causa del frío, sobresalían dos pequeños bultos bajo la tela sobre su pecho.
Tampoco pude evitar imaginar cómo se sentiría deslizar la mano entre la seda, acortar toda distancia que nos separara y sentir su embriagador aliento en mis labios.
Y eso me calentó.
Ya no era la fiebre.
Me sentía derretido.
Ahí estaba ella, completamente inconsciente de que, en todo momento —más aún cuando la tenía cerca—, no deseaba otra cosa que despojarla de sus prendas y tumbarnos ahí mismo, donde fuera.
Era casi divertido. Si no pensaba en que yo mismo me había privado de la posibilidad de hacerlo algún día.
No sabría decir cuánto tiempo pasó, pero cuando sus ojos se abrieron, entrecerré los míos, fingiendo que no había estado mirándola. Su rostro, recién despierto, era una belleza: las mejillas ligeramente ruborizadas y el cabello despeinado.
Se desperezó despacio, estirando los brazos sobre su cabeza y soltando un bostezo silencioso. Al bajarlos, una de las tiras de su pijama se deslizó, y mi corazón reaccionó enloquecido. Exhalé con fuerza y me removí, para que ella supiese que estaba despierto y pudiera acomodarse la ropa. No era correcto que la viera de esa manera. No era correcto que la estuviera espiando.
Pero ya me había acostumbrado a que con ella actuaba como un demente.
Casi de inmediato, Vera vino hacia mí con pasos rápidos y se sentó en la orilla de la cama. Tocó mi cuello y yo prácticamente me encogí, por lo frías que estaban sus manos y lo cerca que la tenía de repente.
—Estás helada —dije, con la voz hecha cuadritos.
—¡Estás mucho mejor! —exclamó, moviendo las piernas con emoción.
Una sonrisa se formó en mi rostro. Vera volteó a mirar hacia la puerta, como si buscara a alguien, pero no había nadie más que nosotros. Cuando volvió a mirarme, se frotó las manos y se acomodó a un lado sin dejar de observarme, con los ojos ligeramente rasgados por la felicidad.
—Actúas como si hubiera estado en mi lecho de muerte.
—Si te hubieras visto… —susurró. Luego habló un poco más fuerte—. Estábamos muy preocupadas por ti. Ninguna sabía…
Apretó los labios y enmudeció de repente.
—Creo que soy un poco más fuerte que una fiebre —dije, intentando aligerar el ambiente.
Ella sonrió; era de risa muy fácil.
Una sensación cálida me bajó por el estómago.
—Freya hizo una sopa deliciosa para ti… —dijo, señalando a la puerta a sus espaldas, pero se interrumpió—. Está pendiente nuestro desayuno, aunque a esta hora ya sería un almuerzo. Pero no quiero dejarte solo estando así.
Negué con la cabeza.
—Vayan, estaré bien.
Se lo pensó, tanteando sus labios.
—Ya veremos.
Probé las siguientes palabras en mis labios antes de dejarlas salir:
—Gracias por cuidar de mí.
Me regaló otra sonrisa dulce, y me pregunté si tendría idea de lo que provocaba en mí con cada una de ellas. Nos quedamos mirándonos unos segundos más, hasta que se aclaró la garganta y apartó la mirada.
—No tienes nada que agradecer —dijo, poniéndose de pie—. Iré a servirte tu comida, debes estar hambriento. Mientras tanto, ve bañándote.
Entonces atravesó la habitación sin dejarme replicar y con tanta velocidad que parecía huir de algo. Y, por el tiempo que llevaba de conocerla, podía asegurar que escapaba de mí; siempre lo hacía. Eso, en parte, incluso me gustaba.
Sentía como si fuera el lobo y ella mi presa inocente. Disfrutaba la sensación de perseguirla, de asediarla, de acercarme lo suficiente como para no romper nuestras reglas, pero también lo bastante para alterar sus nervios… que, a su vez, me ponían como loco.
Lo único malo era que cada vez necesitaba más. En algún punto, simplemente empecé a desear… más. Más de su calor, más de sus suspiros, más de su enrojecimiento. Más de ella.
La necesitaba tanto que dolía.
Y eso me aterraba.
Por eso insistía en que fingir estar enamorados para convencer a mi madre era algo estúpido. Cualquiera con dos dedos de frente notaría el ferviente deseo que nos tenía consumidos.
En cambio, lo único que conseguiríamos con este teatro sería llevar más tensión a la mesa, más oportunidades para sobrepasar nuestros límites. Más caos. Y conocía a Vera, sabía que si este acuerdo se iba al carajo, no volvería a saber de ella y me negaba a permitir que algo como eso pasara. Por ello, respeté mis propias reglas incluso cuando me harté de ellas, incluso cuando las odié por privarme de ella.
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Editado: 14.04.2026