—¿Sabes cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? —preguntó una persona vestida completamente de blanco, mientras me sujetaba de las manos.
—Mi nombre es Ángela de la Luz Martínez Sánchez. Tengo veintidós años —respondí.
Las voces a mi alrededor se mezclaban. No podía distinguirlas con claridad; solo escuchaba ecos, gritos desesperados, órdenes que no entendía. El ruido era ensordecedor. Alguien dijo que parecía haber sido un accidente de tránsito.
Sentí miedo.
Intenté zafarme de las personas que me sostenían, convencida de que querían encerrarme. Necesitaba salir de ahí. Necesitaba encontrarlo. Busqué con la mirada entre los rostros borrosos.
Mi prometido.
—¿Dónde está? —me preguntaba mientras corría hacia mi camioneta.
La encendí y manejé sin pensar, a una velocidad que ahora no recuerdo. Solo sé que, en algún momento, todo cambió. Ahora estoy aquí, dentro de una ambulancia.
Escucho a alguien decir que es muy poco probable que sobreviva.
No sé en qué momento la ambulancia se detuvo. El ruido se apagó de golpe, como si el mundo hubiera contenido la respiración. Entonces lo vi.
Mi prometido.
Mi futuro esposo.
Estaba de pie junto a uno de los paramédicos. Lloraba. Las lágrimas caían por su rostro mientras me miraba. Quise llamarlo, decirle que estaba ahí, que no me dejara sola.
Pero entonces todo se oscureció.