Mi nombre es Ángela de la Luz Martínez Sánchez y soy la única hija de mis padres adoptivos. Crecí en un orfanato hasta los cuatro años; mis padres biológicos fallecieron en un accidente automovilístico y, al no tener a nadie que pudiera hacerse cargo de mí, fui enviada al orfanato de Santa Mónica.
Mis padres adoptivos habían perdido a un hijo. Desafortunadamente, falleció en el vientre de mi madre y, al no poder volver a quedar embarazada, decidieron adoptar. Fue entonces cuando me conocieron. Yo tenía apenas dos años cuando comenzaron los trámites y, aunque era muy pequeña, lo recuerdo como si hubiera sido ayer: la expresión de mi madre, una alegría difícil de describir; su mirada profunda, con un brillo especial que nunca he vuelto a ver igual.
—¡Angy, si no te apresuras llegarás tarde! —me gritó desde la cocina.
—¡Sí, mamá! —respondí desde mi cuarto.
Estoy en el último año de la universidad y pronto tendré que realizar mi servicio social relacionado con mi carrera: turismo. Aunque mamá dice que el señor Fernando, dueño de los hoteles más grandes de México, le pagará para que conste que lo hice sin necesidad de presentarme.
—Hola, princesa. ¿Cómo amaneció la niña de mis ojos?
—Oh, papá, tú siempre tan lindo. Ten, pan con mermelada… tu favorito.
Mi padre es ejecutivo de una cadena de hoteles, la segunda más importante después de la del señor Fernando. La gente siempre lo halaga por ser un esposo y un padre responsable, ya que a casi todos sus viajes nos lleva con él.
—Vámonos, princesa, se te hará tarde.
—Cariño, nos vemos al rato —dijo mamá desde la cocina.