El período de servicio dio inicio un lunes. El hotel del señor Fernando fue el que se me asignó: el Hotel de los Sueños.
A mi lado estaba Lidia, mi mejor amiga, y un chico nuevo que parecía venir de otra universidad. Lidia no dejaba de mirarlo, lo que lo ponía visiblemente nervioso.
—Hola… ¿vienen del Instituto Politécnico Nacional, verdad? —se limpió las manos en la ropa antes de extenderla—. Soy Yael, vengo de Guadalajara, de la Universidad de Guadalajara.
—Qué guapo —susurró Lidia.
Ambas nos miramos, como si fuera la primera vez que viéramos a un chico.
—Hola —le estreché la mano—. Yo soy Ángela y ella es Lidia. Sí, somos del Politécnico. ¿Cómo lo supiste?
—Por lo general… las de ahí son medio curiositas.
Soltó una risita y se colocó a un lado de nuestro asesor. Lidia me miró sorprendida y un poco molesta.
—Déjalo, ha de ser un becado —murmuró.
Lidia suele pensar que las personas de bajos recursos no merecen un trato digno. Yo no comparto esa idea. Al no conocer el origen de mi familia biológica, no me gustaría que alguien los etiquetara de una manera tan humillante.
Durante el recorrido, Yael no dejó de anotar cada detalle: las medidas de las habitaciones, los colores, los accesorios. Todo parecía importarle.
A Lidia, que estudia gastronomía, le asignaron ser ayudante del chef principal. Cuando entró a la cocina recorrió el lugar como si estuviera en un parque de diversiones. El chef explicó que su examen final consistiría en preparar un platillo principal para el gobernante de la Ciudad de México, y Lidia escuchaba con una sonrisa que no podía ocultar.
Me senté en una de las bancas altas del jardín, observando cómo preparaban una sopa de verduras con hueso de res. Me sorprendió cuando la sirvieron: las verduras no estaban batidas y los pequeños huesos le daban un sabor especial.
—Mira, hasta que veo a una mujer en la cocina —dijo Yael, asomándose por la puerta.
El asesor lo invitó a entrar con un leve movimiento de cabeza y un gesto reprobatorio.
—Joven, cuide sus modales. Eso no le gustará a su jefe.
Lidia lo siguió con la mirada hasta la banca y, aprovechando un descuido del asesor, le lanzó una cuchara que le dio directamente en la cabeza.
—Tu cabeza sonó hueca. Apuesto a que por eso dices estupideces.
El asesor soltó un suspiro y nos observó con un gesto de total impaciencia.
Finalmente, a mí me asignaron el área de recepción, ya que domino algunos idiomas, aunque también podría desempeñarme como edecán en eventos o traductora. Después, el asesor nos llevó al área de descanso. Había sombrillas y una vista directa a las piscinas.
Yael se sentó a mi lado y se dejó caer hacia atrás con exageración.
—¿Tu amiga siempre es así? —preguntó .
—No —respondí—. Tú la molestaste primero… y eso la molestó más.
—¿Yo? —dijo, sorprendido—. No me quitaba la vista de encima. Pensé que en cualquier momento iba a saltar para comerme.
Lo miré con duda.
—Es muy expresiva y nada discreta —dije—. Incluso puede llegar a ser insoportable, incluso para mi.
—Bueno… ya que lo admites, ya me voy —dijo él, levantándose mientras soltaba un bostezo.