Son casi las doce de la madrugada y no he logrado conciliar el sueño. La casa se siente demasiado callada cuando todos los que nos ayudan en el mantenimiento no están. Sobre todo Toñita, la encargada de la cocina, la persona con la que siempre platico cuando mis papás no están. Me gusta escuchar los pequeños relatos de su vida. El más triste, pero también el más bonito, es lo que le dijo su esposo antes de morir:
“Con el pelo corto o largo, siempre trenzado,
con canas de invierno o castaño dorado.
Le pediré a Dios, si otra vida me invita,
volver a encontrarte, mi niña de trencitas” .
Recuerdo cada palabra de Toñita mientras me preparo unas quesadillas. El silencio de la cocina parece más pesado que nunca. De pronto escucho que la puerta de una habitación se abre y alguien baja las escaleras.
—¡Princesa! Me asustaste.
—Hola, papi. Perdón… no tenía sueño y bajé a comer.
No me atrevía a voltearlo a mirar; las lágrimas caían sin que pudiera detenerlas y mi voz echa un hilo.
—¿Princesa, estás bien? —se acerca. Puedo oír el chasquido de sus pantuflas y sentir su mano sobre mi hombro.
Me giro y lo abrazo sorpresivamente.
—Solo recordé lo que nos contó Toñita. Vivió feliz mientras estuvo con su esposo.
—Oh, mi princesa… claro que lo fue. Pero no pienses en lo malo. Piensa en lo bueno, en cada momento que vivieron juntos.
Papá siempre ha sido de las personas que prefieren ver lo bueno antes que lo malo. No permite que nadie toque la felicidad de su familia, y mucho menos la mía.
—¿Sabes, princesa? Yo también le hice una promesa a tu mamá:
que no importa si la vida me rompe al pasar,
si me lleva al cielo… o me obliga a caer más.
Que aunque todo me falte y no quede razón,
mi alma es de ella, sin condición.
Y si existe otra vida después de este adiós,
la buscaré de nuevo,
porque amarla…
no fue una elección.
Las palabras de papá hacia mi madre eran tan sinceras que me quedé en silencio, dejando que el llanto hablara por mí. Pensé en Toñita, en mis padres, en las promesas que no mueren aunque la voz se apague.
Entonces, como un susurro que vuelve cuando la casa calla, las palabras regresaron a mi mente: con el pelo corto o largo, siempre trenzado…
Y comprendí que el amor verdadero no se va; solo aprende a quedarse de otra forma, esperando —tal vez en otra vida— volver a encontrar a su niña de trencitas.