Si fue real

Miradas

Durante una semana completa, el Hotel de los Sueños se volvió un caos absoluto. Entre Lidia y Yael se libraba una batalla campal diaria; nadie era capaz de mantenerlos tranquilos.
—Siéntate, bestia —le gritó Lidia, amenazándolo con un sartén.
—A ver, tú siéntate en esta —respondió él sin quedarse atrás.
El supervisor siempre volteaba a verme cuando presenciaba una de sus escenas, como si quisiera decirme que ya no le agradaba la idea de recibir más pasantes. El señor Fernando, en más de una ocasión, les había pedido que se comportaran, no tanto porque le molestara el escándalo, sino porque la semana pasada, en el tercer día de servicio, durante un evento donde se presentarían platillos extravagantes de distintas regiones, Yael soltó a los canes de los invitados y arruinó por completo el espectáculo.

—Lidia, eres mi mejor amiga y no me gustaría que te sacaran de este lugar… ¡¿puedes, por favor, dejar de intentar matar al becado?!
—Yo no tengo la culpa de que su caldo tuviera un pequeño chile habanero combinado con chile mora.
—¡Lidia!
—Bueno… —bufó—, pero él empezó con su comentario machista.

Si tan solo ninguno de los dos se tomara los comentarios tan personales, estaríamos en paz. Pero Lidia es así: difícil de lidiar. Tiene una creatividad inmensa y una habilidad excepcional para la cocina. Casi siempre se muestra sonriente y cariñosa, aunque con muy poca paciencia para los demás; la reserva solo para amigos y familia.

Mis padres decidieron viajar por negocios y dejarme a cargo de mi servicio social. No me molesta; al contrario, me gusta que se tomen tiempo juntos. Sin embargo, se llevaron a Cristian, el chofer de toda la familia. No me atrevo a manejar sola, me aterra siquiera pensarlo. Tampoco me atrevo a pedírselo a Lidia: se quedaría dormida o lo olvidaría por completo. Así que el transporte público no sonaba tan descabellado.
Me levanté temprano para que no me ganara el tiempo. Me vestí con una falda plisada rosa, cuatro dedos arriba de la rodilla, una camisa a la medida y tacones cerrados.

—Súbase, güerita, atrás hay lugar.

Nadie me había llamado güerita antes. Era la primera vez, así que sonreí. Apenas subí, varios hombres comenzaron a chiflar; otros empezaron a alburear.

—Calmados, fieras. A esta güerita yo la conozco, además ya tiene dueño.
—¿Yael?
Se levantó de su asiento y me jaló hacia él.
—Ven, siéntate aquí, un mal frenon y ni las manos vas a meter.

Puse mi mochila sobre mis piernas, intentando taparlas. Me sentía observada, fuera de lugar. Yael se quedó de pie, mirando hacia la ventana con expresión seria. No dejó que nadie se sentara a mi lado, aunque el espacio estaba vacío; ni siquiera él lo ocupó.

—Bajamos aquí, fresita. Camina delante de mí.
—Oh… bueno.
Al bajar, todavía pude escuchar algunos chiflidos y comentarios. Incluso las mujeres llegaron a criticarme con la mirada.

—Mira, fresita —dijo Yael, parándose frente a mí con los brazos cruzados—. Si vas a usar el transporte, al menos no te vistas así.
—¿Eh? ¿Fresita? Oye, yo me visto como yo quiera ade…
—¡Eres un dulce andante para ellos! —me interrumpió, visiblemente molesto—. ¿Qué hubiera pasado si no estaba ahí?
Bajó los brazos, se dio la vuelta y se dirigió al hotel, dejándome detrás.



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En el texto hay: traumas, muerte y romanse, amor dolor

Editado: 25.01.2026

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