Si fue real

Dos maneras de mirar

El horario de mi servicio duró muy. Durante toda la jornada estuve pensando en cómo regresaría a casa; no podía tomar un taxi así nada más, soy demasiado desconfiada en ese aspecto.
Justo cuando empezaba a preocuparme, vi pasar a Lidia y, sin dudarlo, me llamó.
—¡Angi! ¿Ya te vas? —dijo mientras se acercaba y se asomaba por la ventana del vehículo.
—Sí, pero ahora nadie vendrá por mí.
—Oye, ¿para qué somos hermanas? Súbete. De paso vamos a comprarnos ropa.
Subí al Mercedes de la familia de Lidia. Estaba completamente impregnado de su perfume: una mezcla intensa de vainilla, frutas y dulces. Se notaba que ni el chofer lo soportaba; llevaba puesto un cubrebocas.
—¿Y tu chofer, el guapetón? ¿No quiso venir? —preguntó mientras sacaba un pan dulce de su bolsa—. No me digas que ya lo corriste.
—Ay, lidia. Recuerda que siempre se va con mis papás cuando viajan. Además, no es el único lindo.
Ambas soltamos una risita, tratando de disimular Para que el chofer no nos escuchara.
—Pero antes… ¿por qué vamos a comprar ropa?
—Mmm —saboreó—. Toma, pruébalo, lo hice hoy. Y sobre la ropa… Yael me embarró de pintura cuando iba a lavarse las manos. Mira el brochazo que le dio a mi filipina, y para colmo, blanca.
—Yo creo que le gustas, por eso te molesta.
Lidia abrió los ojos de par en par y volteó lentamente a verme, con pan guardado en la mejilla. El chofer la miró de reojo por el retrovisor, sabiendo lo que estaba por decir.
—Eso sería… posiblemente estúpido —tragó con dificultad—. Pero debo admitir que no está tan mal. Es guapo, alto, con ojos almendrados color café claro, esbelto, con nariz celestial. No sé… yo creo que sí le daría una oportunidad, si no fuera un idiota.

Lidia es del tipo de persona que no se enamora fácilmente; se fija más en el físico y en la manera en que la tratan. En una ocasión, su segundo novio le duró apenas una hora. Era su mejor amigo, así que ya se conocían bien, pero él le dio algo con nuez. Eso bastó para que ella se molestara profundamente, ya que ese detalle podía debatirse entre la vida y la muerte para ella. Dijo que si no era capaz de recordar algo tan importante, jamás podría recordar algo que realmente le importará a ella.
Pasamos toda la tarde recorriendo varios lugares en busca de filipinas que le gustaran. A mí me había encantado una azul, su color favorito, pero a ella no le agradó: era muy ancha y el tono se parecía demasiado a las demás. Ella quería destacar, así que terminó eligiendo una de color salmón.
—¿Qué opinas? ¿Crees que a Yael le guste?
—¿Qué? —me quedé atónita—. ¿Hablas en serio?
Mientras ella pagaba, me dirigí al estacionamiento para esperarla. Iba pensando en cómo llegaría al hotel al día siguiente cuando vi a su chofer recargado sobre el volante. Abrí la camioneta y entré.
—Hola, soy Ángela —busqué una forma de iniciar conversación—. ¿Usted cómo se llama?
—Disculpe, señorita, no la vi entrar. Soy Alex —intentó girarse para estrecharme la mano.
—Oye, no te había visto bien… ¿cuántos años tienes?
—Diecinueve, señorita. Los cumplí hace poco.
Jamás había puesto atención al chofer de Lidia. Era realmente lindo, casi como Yael, solo que con uniforme.
—No me digas señorita, dime Angy. Vaya, eres un año mayor que yo. ¿Estudias?
—No, seño… Angy. Dedico la mayor parte del día a trabajar para pagar la renta y mantenerme.
No podía creer que alguien de casi mi edad tuviera tantas responsabilidades.
En el camino de regreso, Lidia y yo nos quedamos dormidas. Para cuando llegamos a mi casa, propusimos que se quedara a dormir; como sus padres no estarían y los míos tampoco, preferimos hacernos compañía. Le presumió a Toñita su nueva filipina.
—Toma, Toñita, está es para ti. Una cocinera de verdad usa las mejores filipinas, para que no solo destaque su gran sazón.
Rieron juntas y modelaron en la sala los distintos colores que le regaló. Parecían madre e hija. Prepararon galletas y no dejaron que me involucrara; yo sería la jueza.

Subimos a mi habitación para dormir, así que le presté una de mis pijamas con estampado de conejos.
—Qué linda… —dijo mientras se la ponía—. Es muy suave. Casi todas tus pijamas me gustan, menos la de satín; me resbalé de la cama la última vez.
—Sí, lo recuerdo —respondí, bostezando igual que ella.
Se acomodó entre las sábanas, girándose de lado.
—Oye… ¿te gusta Alex?
—No. ¿Cómo crees? —respondí demasiado rápido, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba sin permiso.
—Bueno —dijo con calma—, de lejos vi cómo se miraban… y cómo le sonreíste. Esa sonrisa ya la he visto antes, en ocasiones “especiales”

Hizo una pausa breve.
—Si te gusta, adelante. Solo que a ninguna de las dos nos combine.
—Lo sé —respondí, bajando la voz—, pero no me gusta. Solo fui amable. Sabes cómo soy. Además… —dudé un segundo— nosotros, los “ricos”, no escogemos con quién nos vamos a casar.
Me giré hacia el techo, fingiendo tranquilidad.
En mi caso no aplica, pensé. Al no ser la hija biológica de mis padres.
Lidia no dijo nada más. Su respiración se volvió lenta y constante en cuestión de minutos.



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En el texto hay: traumas, muerte y romanse, amor dolor

Editado: 25.01.2026

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