Si fueras ella

CAPÍTULO 14

VIOLETA

Sentía mi corazón salir de mi pecho en cualquier momento. Mis manos sudaban. Ross estaba en el baño quitándose todo el barro que nos dejó por jugar en el jardín, mientras que yo estaba en la cama queriendo darme dos cachetadas por ser tan débil con ese hombre. <<¿Por qué mi cuerpo anhela tanto su toque? ¿Por qué no me alejé cuando sus labios estaban a centímetros de los míos?>> No puedo permitir que esto continúe.

Ross sale del baño. Entro y me lavo la cara; trato de calmar un poco mis hormonas, ruego que la señorita Serena se haya ido. Su presencia me incomoda, me hace sentir que con solo una mirada sabe lo que mi cuerpo siente al estar cerca de Alexander. Me incomoda la manera cómo nos miraba cuando Alexander se me acercaba, ¿cómo puede ver tal escena y no decir nada? ¿No eran pareja?

Me sentía confundida y extraña al respecto. Cuando bajamos a la sala, me alivié, pero solo un poco, porque estaba Alexander con su madre. Ross va corriendo hacia ella y se sienta en sus piernas, yo me quedo en una esquina con el celular en la mano. Me llega un mensaje de Talía preguntándome a qué hora regreso, que está aburrida, me río; al ver la hora, eran las tres de la tarde, faltaba poco.

Voy a la cocina y me quedo un rato conversando con las chicas, me río por sus ocurrencias. Una de ellas nos cuenta cómo casi incendia la cocina de su novio por querer prepararle una cena por estar de aniversario; me reí, eso sí era una locura. Ross llega hasta donde estoy.

—Violeta, vamos al cine. Apúrate —Me saca de la cocina.

Me lleva hasta donde están todos. La Señora declinó la oferta, se queda por un dolor de cabeza que tiene, así que decidió no ir. Salimos de la casa. El Señor Alexander llama el chofer que nos llevará, nos abre la puerta y subimos. Ross buscaba en el teléfono qué película ver, es raro ir al cine cuando tienen una sala de cine en su casa. ¡Los ricos y sus cosas que los pobres no entendemos! Le envío un mensaje a Marcos implorándole que vaya a hacerle compañía a Talía y así no esté sola. Me dice que él no es niñero. Le rogué tanto, más los cien mensajes que le envié, terminó aceptando y me dijo que me avisaría cuando estuviera allá. Los dos merecen una nueva oportunidad.

Llegamos al cine. Cuando le digo a Alexander para ir a comprar las entradas, se ríe. Toma la mano de Ross y ella la mía. Entramos a la sala de cine; estaba totalmente vacía, solo éramos nosotros tres y los guardaespaldas. ¡Había alquilado el cine para este día! Sorprenderme en este momento sería algo tonto de mi parte. Una chica rubia, muy bella, entra y acomoda las palomitas junto con los refrescos; le doy las gracias, que no me respondió por estar pendiente de Alexander. Nos sentarnos en los puestos del medio, quedé en medio de Ross y Alexander, creo que voy a sufrir de una bajada de azúcar.

Alexander se acerca a mí y me susurra al oído.

—¿Estás bien? Te noto tensa, Violeta —Trato de pegarme más a Ross.

—No, para nada. Mejor veamos la película, que ya está por comenzar.

Sonríe y trato de concentrarme en la película e ignorarlo lo más que pueda. ¡La película está interesante! Cuando voy a agarrar palomitas rozo mi mano con la suya, volteo y me está mirando; quito mi mano un poco nerviosa, la pongo en mi regazo, cero cotufas hasta que termina la película. Después de una hora, la película terminó. ¡Ross estaba feliz! Alexander decidió llevarnos a comer unas pizzas, yo quería irme y él que se ponía en un plan de querer pasearnos por todo la Ciudad de México. Nos subimos nuevamente en la limosina y nos llevó a una pizzería. Alexander me comentó que era la mejor de México, tanto él como su familia iban. Al llegar nos bajamos, todo era muy colorido. El dueño lo saluda y nos lleva a la mejor mesa. Pedimos una de doble queso y jamón, traen la pizza, se me cae la baba, el olor es buenísimo. No esperé más y agarré el primer pedazo. Alexander se ríe de mí y yo me encojo en la silla, pero sin dejar de degustar esta maravilla; a pesar de todo, el Señor amargado se portó amable conmigo, hablamos un poco.

—Si mi hermano te vuelve a molestar, no dudes en decírmelo. A veces suele pasarse de idiota.

—Sé defenderme, pero gracias.

—No dudo que sepas, pero no conoces a mi hermano como lo hago yo, por eso te lo comento.

—Está bien. ¿No se llevan muy bien?

—Digamos que, entre los hermanos, siempre hay problemas.

Dejamos la conversación hasta ahí.

Ya era un poco tarde, es momento de regresar. Nos despedimos del dueño, le doy las gracias por todo. Solo quería llegar, poder irme a mi apartamento y descansar. Nos subimos a la limusina, el chófer al parecer, escucho mi súplica, porque llegamos rápido; nos bajamos. Cuando voy por mis cosas, Alexander toma mi mano.

—Te llevaré a casa —Iba abrir mi boca para negarme, pero no me deja—. No quiero quejas. Apúrate.

Sin decir más nada sale de la casa. Busco mis cosas, me despido de la señora Daniela, abrazo a Ross, esa niña se ha ganado mi corazón. Al salir, estaba todavía Alexander esperando por mí, hubiera sido mejor que se cansara y se fuera, pero no, aquí está.

Entro en la limosina, me pide mi dirección. En mi mente le rogaba a Dios que las carreteras se hicieran más pequeñas y pudiéramos llegar más rápido, pero no, creo que hoy no era mi día de tener suerte. Mi mente se relajó tanto que no me percaté de que ya habíamos llegado a mi edificio; él mueve suavemente mi brazo y yo reacciono, lo miro y él me ve con esos ojos de querer hacerme suya, aquí mismo. Perdóname Señor por estos pensamientos tan pecaminosos. ¿Por qué no me lo mandaste feo? Suspiro y cuando voy a bajar, me toma del brazo.




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