VIOLETA
Entré a mi departamento. Talía estaba en la cocina haciendo la cena. ¡Huele rico! Creo que con mi mejor amiga aquí, la comida chatarra quedará a un lado. La saludo, me siento en el mueble, pienso en el beso y sonrió como una estúpida.
—Esa sonrisa que tienes, creo que buscaré trabajo de niñera —Se lava las manos, se sienta en el otro mueble, frente a mí.
—Sería bueno. Es que... —No sabía cómo decirle—. Me besé con el hermano de Ross, justo horita.
—¿QUE? —Se levanta de donde estaba y viene hacia mí—. Necesito todos los detalles, si hubo o no lengua.
—¡Por Dios, Talía! ¿Por qué a veces tienes que ser así? —La regaño.
—No te hagas la santa conmigo y mejor cuéntame todo.
Sin omitir ningún detalle. Le conté todo, ella gritaba y reía a la vez. Me pidió que le enseñara una foto de él. Hace días, como cosa mía, busqué en el teléfono de Ross una foto de Alexander y la pasé a mi teléfono. Al verlo, se quedó con la boca abierta.
—Si fuera tú, no me conformaría con un simple beso.
No paraba de reírme al escuchar las palabras que salían de la boca de mi amiga. Cambié el tema, me estaba preguntando cosas de él que no sabía. Lo único que sé, es que es millonario, amargado y tiene una relación con su mejor amiga; omití ese detalle. Colocamos la mesa y nos sentamos, la comida estaba deliciosa. Talía me contó que Marcos estuvo la tarde con ella, por la sonrisita pícara en su rostro, como que las cosas ya estaban menos tensas entre ellos y me alegraba. Ya no tenía que dividir mi tiempo entre ellos dos.
Estaba cansada, la ayudo con la limpieza y voy a mi habitación para darme un baño y acostarme. Talía me lleva un vaso de agua, junto a una pastilla para el dolor de cabeza, se lo agradezco; me termino de bañar y me acuesto. Mi celular suena indicándome que me llegó un nuevo mensaje, lo abro, me quedé sin palabras.
“Me dejaste con las ganas de más, mi querida Violeta”
Coloco mi cara en la almohada, empiezo a gritar como una loca. Este hombre me hará caer a sus pies, toco mis labios y recuerdo su beso nuevamente. Mi piel siente un hormigueo al recordar la manera como sus labios se movían al compás de los míos. Jamás sentí tanto deseo por alguien como lo estoy haciendo con Alexander. Su forma de mirarme, su manera de tocarme… hace que mi cuerpo arda de puro deseo. Necesitaba calmar mis hormonas, no sabía hasta donde llegaría esta pasión por él, no le respondí, pero guardé su número. Puse el teléfono a cargar y me acomodé mejor en la cama, quería dormir y dejar de pensar un poco en ese hombre que se me está metiendo en la piel.
****
Me desperté. La alarma no había sonado, llevaba diez minutos de retraso; si me bañaba se me haría más tarde, así que solo me cepillé y lavé mi cara. Me coloco un vestido color verde y unas sandalias, recogí mi pelo y salí de la casa sin desayunar. Talía dormía todavía. Al bajar del edificio, estaba la limusina de la familia. Al acercarme, el Señor Juan me sonríe.
—Buenos Días, señorita Violeta —Abre la puerta—. El Señor me ordenó que la viniera a buscar.
Quedé sorprendida, me subo para no hacer esperar más al Señor Juan y llegar temprano. En todo el viaje no paraba de preguntarme por qué Alexander mandó al chófer a buscarme. Llegamos, me abre la puerta y le doy las gracias, entro. La señora ni Alexander están, el ama de llaves me dice que salieron desde temprano y que Ross todavía no ha despertado. Me pregunta si desayuné y yo le digo que no, me prepara algo y me siento a comer. Estoy tentada de enviarle a Alexander. Pero no, es mejor hablarlo con él personalmente.
Se hace las nueve de la mañana y nada de Ross. Me parece extraño, voy a su habitación y está acurrucada, quejándose. Me acerco y toco su frente, tiene fiebre, me mira y tiene los ojos rojos. Salgo corriendo de la habitación y voy a la cocina, le digo al ama de llaves que me suba unas pastillas para la fiebre, busco una taza de agua fría junto con unos pañuelos y subo a su habitación. Me siento en la cama y le quito las sábanas, ella se sigue quejando, le pongo los trapitos en la cabeza y parte del cuerpo, está muy caliente.
Entra una de las sirvientas con la pastilla y el vaso de agua, se la toma y se vuelve acostar; llora, me dice que se siente muy mal, le sigo poniendo los trapitos. Pasan las horas y nada que se le baja la fiebre, le digo al ama de llaves para que llame al Doctor para que venga a verla, asiente y sale de la habitación. Esperamos. Una de las sirvientas nos avisa que el Doctor acaba de llegar, lo hacen subir a la habitación. El Doctor entra y yo me aparto un poco, revisa su garganta y le toma la temperatura. Al terminar nos dice
—Es algo viral, Señorita. Le recetaré unos medicamentos y estará bien en unos días.
—Gracias Doctor.
Me entregó la orden y se retira. Llamo a la Señora Daniela para decirle de la situación de Ross, pero no me contesta, así que llamo a Alexander, le comento lo sucedido.
—En quince minutos estoy allá.
Cuelga la llamada. Me acuesto con ella y la abrazo, ella se pega más a mí, le canto una canción y siento su respiración pausada, se durmió. Abren la puerta y es Alexander, le digo en susurros que está durmiendo, la acomodo mejor y salimos de la habitación.
—¿Qué tiene? ¿Está bien? —Dice preocupado.
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Editado: 29.08.2025