Si fueras ella

CAPÍTULO 112

ALEXANDER

Al bajar del avión me vine directo a la clínica, mi abuela lloro en mis brazos al verme y no sabía cómo aliviar su dolor al ver a su hija en ese estado. Mi abuela me comunicó que el Doctor estaba con ella, así que solo debemos esperar que salga para saber de la salud de mi madre. Mi abuela, con las ojeras marcadas y cansada, había ido a la cafetería a comprar algo para tomar, estaba intentando llamar a Violeta para saber de ella y Ross, pero nada, intenté incluso llamar a Marcos y tampoco. ¿Qué pasaba en esa casa que nadie me atendía las llamadas? Me recosté en la silla y cerré los ojos, una lágrima baja por mi mejilla y solo quiero que ella esté bien, que pueda salir de aquí, no quería perderla. Me seco las lágrimas y solo deseo estar con Violeta en este momento ¡la necesitaba tanto! Escucho unos pasos y al levantar la mirada, es Ignacio.

—¿Cómo esta, Daniela? —se sienta a mi lado.

—Apenas llegué de España y no se nada —Sus ojos se abren al decirle en dónde he estado y con eso me confirma que siempre supo dónde estaba Violeta—. Por eso tu enojo hacia mi, por ella, por Violeta. Sabías dónde estaba desde un principio.

—Me sorprendió que no reconocieras a Florencia, en varias ocasiones he hablado de ella —Aunque Ignacio y yo llevamos años de amistad, no le di importancia a esa tía lejana que siempre me mencionaba con admiración—. Ella me hizo prometerle que no te diria nada. Además, pensaba que lo del compromiso con Serena era cierto, estaba molesto contigo.

—Años de amistad y no me conoces de verdad, sabes en la situación que estábamos Serena y yo, jamás nos ha pasado por la mente casarnos, es una locura —digo molesto— Tenías que hablar conmigo, deos mío, casi pierdo estar presente en la vida de mis hijos.

—¿Tu.. tus, hijos? —Casi cae de bruces al escuchar la noticias

—Seremos padres de gemelos, hermano —le dije con una sonrisa que no me cabe en el rostro.

Se pone de pie y me alza para darme un fuerte abrazo.

—Estoy muy feliz pero ti, te lo mereces, siempre fue así —se separa y me besa la mejilla, odio cuando hace eso. Me limpio y el se ríe. Idiota.

Llega mi abuela y saluda a Ignacio, nos sentamos y esperamos.

Las horas pasan y no tenemos noticias aún. Los ojos se me cierran por el sueño que tengo. Cuando estoy por cerrar los ojos unos minutos, la puerta de la habitación donde está mi madre se abre.

El Doctor con dos enfermeras se acercan a nosotros.

—¡Buenas tardes! —Cierra la carpeta que tiene en la mano y se la entrega a la señorita que está a su derecha—. La señora Daniela se encuentra mejor, estará aquí una noche más, así estaremos pendientes por si ocurre algo, pueden entrar dentro de unos minutos, le acabo de suministrar un analgésico y está durmiendo.

Mi abuela llora y la tranquilizó, diciéndole que ya el peligro paso.

—¿No has tenido noticia de Diego? —Le pregunto, ella se aparta y niega.

—Tenemos que internarlo, está drogado y es un peligro para todos.

—Teniamos que llegar hasta este punto tan desagradable para abrir los ojos.

—Esta vez mi madre no meterá las manos por Diego. Me encargaré de mi hermano, sé que puedo recuperar a mi hermano, no lo dejaré, lucharé por él, así que como se que lo hubiera hecho mi padre.

Aunque quisiera golpearlo hasta cansarme por todo lo que nos ha hecho, no podía. Es mi familia, mi hermano, no podía dejar que sus malas decisiones me lo arrebatará. Ignacio se pone de pie, arreglando su chaqueta.

—Tengo que volver a la empresa, si necesitas algo no dudes en llamarme.

—Gracias por todo.

Mi abuela tiene los ojos rojos del cansancio, me acerco.

—Vete a la casa —Le digo, mientras la ayudo a levantarse—. No quiero quejas, yo estaré pendiente de ella.

Asiente y me sonríe.

La acompaño hasta la salida. El chófer abre la puerta y entra.

La veo irse, busco el teléfono y nada de Violeta, no quiero pensar mal, pero no saber de ellas me preocupa.

Vuelvo adentro y me siento. Llamo otra vez y nada, cuando estoy a punto de guardar el teléfono, me llega un mensaje.

“Estoy bien, estaba durmiendo. Ross está comiendo, te manda muchos besos”

Creo que vuelvo a respirar con normalidad, le respondo.

Ya ha pasado varios minutos, así que me levanto para ir a ver a mi madre. Abro la puerta y me encuentro con su mirada, empieza a llorar y me duele verla de esa manera, tiene moretones en la mejilla y brazos. Me siento a su lado y la abrazo, ella se aferra a mi, intentando controlar su llanto.

—¡Perdóname, todo es mi culpa! —Su cuerpo empieza a temblar, como si hubiera recordado lo ocurrido— Diego… —Ella levanta la mirada—. El no es mi hijo, es un monstruo, Alexander.

No sabía qué decirle, solo la abrazo y espero a que se calme, nada ganaba lamentándose. Solo teníamos que ayudar a Diego a salir de este infierno en dónde estaba metido. Susurro palabras de aliento y no tarda en quedarse dormida en mis brazos. La acomodo y me siento en el mueble. El sueño termina por vencerme.




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