Si fueras ella

CAPÍTULO 117

VIOLETA

La señora Daniela se aparta de Alexander y me pide con una amabilidad que me cuesta aceptar que me siente a su lado. Lo hago sin rechistar.

—No me alcanzara la vida para pedirte perdón por todo lo que te hice pasar —Verla así de esa manera y no como la mujer fuete que siempre me hecho en cara, me hace ver qué su perdón es real— No fui justa, no me importo los sentimientos de mi hijo y no logré entender que tú eras la mujer que siempre necesito en su vida. ¡Cómo me arrepiento! Solo quiero una oportunidad de ser parte de la vida de mis nietos, sabré mantenerme siempre en los límites que quieras poner y se hará todo de la manera que tú deseas.

Fijo la mirada en el hombre que amo y que mira con ojos de amor a la mujer que le dio la vida. Se que para el es importante, pero también quiero hacerlo por mi y por mis hijos. No quiero peleas, conflicto y muchos menos alejamiento de las personas que ya son parte de ellos. Así que, con la convicción de que estoy haciendo lo correcto y con una sonrisa en el rostro, le digo las palabras que aliviarán ese corazón.

—Todo está olvidado y en el pasado. A partir de hoy, seremos la mejor versión de nosotros mismos para estas hermosas bendiciones que Dios nos mando —Ella asiente y me abraza de nuevo.

Me aparto con cuidado para no lastimarla y darle espacio a Alexander para que hable con ella.

—Madre —mira a su hijo.

—¿Qué sucedió con Diego? —susurra para ella, pero logramos escuchar. Alexander se le hace un nudo en la garganta y me mira.

Lo ánimo a qué continúe.

—Está preso —Ella baja la mirada y niega varias veces. Me apresuro a coger su mano y darle fuerzas, ahora entiendo su dolor— No es tu culpa, nada de lo que el haga lo es. Solo quiero tu autorización y apoyo para internarlo.

—Cuentas con mi apoyo, hijo.

Me alivia saber que Daniela abriera los ojos con respecto a su hijo. Diego es un peligro hasta para sí mismo.

Nos ponemos de pie y salimos de la habitación. Daniela necesitaba descansar. Bajamos las escaleras tomados de la mano.

—Tengo que ir a la policía, mi amor —Me toma de las manos y me abraza, cuánto deseo que todo esto acabe y que podamos estar en paz de una vez por todas—. Estás en tu casa.

—Estas bien —susurro en sus labios y me aparto— Por favor, ten cuidado.

Asiente y me besa suavemente. Sale de la casa y ruego a Dios que nada malo le pase. Estos nervios van a acabar conmigo.

La incomodidad me hace morderme las uñas y mover mi pierna con desespero. Aunque todo esté bien entre Daniela y yo, eso no quiere decir que voy a disponer de la que es su casa a mis anchas. Me siento en el mueble más cómodo y cierro los ojos. Acaricio mi vientre de arriba abajo y eso me alivia, me hace conciliar el sueño mucho más rápido.

****

Unas pataditas de mis bebés me hace abrir los ojos. Casi me voy con mi padre de los cielos al ver a Ross y su abuela mirarme fijamente. Se ríen al ver mi cara.

—¿Qué haces en ese mueble tan incómodo, cariño? —Me ayuda a ponerme de pie y se lo agradezco— ¿Te duele?

—Un poco, suele pasar cuando están muy activos —le digo.

—Sube a la habitación de Alexander y descansa.

Ross me acompaña y juntas subimos las escaleras. Entramos a su habitación y me acomodó en la cama y recuesto mi espalda a la cabecera mientras que mi pequeña se recuesta es mi piernas y cierra sus ojitos. Con cuidado para no despertar a Ross, abro la uno de los cajones que está al lado de la cama y saco de ella la Tablet de Alexander, espero que no le moleste que la utilice. La enciendo y una carpeta en particular me llama la atención y al abrirla, me quedo sorprendida con lo que encuentro, muchas fotos mías saliendo de mi antiguo departamento, no sé si sentirme halagada o asustada.

Había varias de nosotros dos, pero la mayoría estaba sola. Mis ojos se llenaron de lágrimas, viéndolo desde otro punto, es algo sumamente bonito, consigo otra carpeta de cuando Alexander estaba en la universidad. Fotos de Serena, Ignacio y otros amigos. Encuentro una de Alexander en bóxer, me sonrojo y no sé por qué.

Así me la paso varios minutos más hasta que el sueño me vence y termino apagando la laptop. La dejo en la mesita y busco una sabana para taparme del frío que está haciendo. Ross tiene su mano en barriga y pongo la mía arriba, cuando estoy a punto de caer rendida, la puerta se abre y entra Alexander, sus ojos están rojos y se que estuvo llorando. Se quita la chaqueta y los zapatos y se acuesta a mi lado, lo abrazo.

Lo dejo descansar, no pregunto nada y espero a que esté listo me para que se abra conmigo y me cuente lo que le aflige. Se que para el no es fácil ver en esa situación a su hermano y trato de entenderlo, porque si mi hermana estuviera en la misma circunstancias, sufriría igual. Acaricio su cabello y no dejo de observarlo. El amor tan intenso que siento por este hombre me llena y me complementa. No sé que haría sin el. Me rio por lo tonta enamorada que me siento a veces.

—Mas te vale que esa hermosa sonrisa sea por mi —susurra Alexander con los ojos aún cerrados.

Ruedo los ojos y asiento.

—Siempre ha sido por ti, mi amor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.