Si Me Dejas Amarte

Capítulo 7 - Isaías

𝑇𝑒𝑛𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑙𝑎 𝑚𝑎𝑙𝑎 𝑐𝑜𝑠𝑡𝑢𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑑𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟 𝑒𝑙 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜

𝐵𝑢𝑠𝑐𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑡𝑎𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑡𝑎𝑠 𝑓𝑎𝑙𝑠𝑎𝑠 𝑡𝑎𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑓𝑎𝑙𝑠𝑜𝑠 𝑠𝑢𝑒ñ𝑜𝑠

𝑇𝑒𝑛𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑙𝑎 𝑚𝑎𝑙𝑎 𝑐𝑜𝑠𝑡𝑢𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑑𝑒 𝑛𝑜 𝑎𝑝𝑟𝑒𝑐𝑖𝑎𝑟 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑣𝑒𝑟𝑑𝑎𝑑 𝑖𝑚𝑝𝑜𝑟𝑡𝑎

𝑌 𝑠ó𝑙𝑜 𝑒𝑛𝑡𝑜𝑛𝑐𝑒𝑠 𝑡𝑒 𝑑𝑎𝑠 𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒 𝑐𝑢á𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠 𝒉𝑎𝑦 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑎𝑛."

𝑃𝑎𝑠𝑡𝑜𝑟𝑎 𝑆𝑜𝑙𝑒𝑟.

 

Me desperté cuando el sol aún no había salido. Uno de mis momentos favoritos en el día. No había ruidos molestos, ni personas que me hablaran para quitarme la paciencia. 

Salí de la habitación en silencio caminando directamente hasta la cocina. Necesitaba mi medicina diaria para empezar a disfrutar completamente el nuevo día. Agradecí mentalmente al ver la cafetera llena y tomando una taza del fregadero, la llené con aquel líquido negro. Calenté la taza con el contenido en el microondas y una vez estuvo listo, salí al exterior. No quería perderme el amanecer.

Cerré con cuidado la puerta tras de mí y me senté en el escalón de la entrada. Desde allí tenía todo el horizonte ante mis ojos. Solo podía ver el verde del campo y los colores amarillentos del nuevo día. Era jodidamente perfecto.

Llevé la taza a mi boca y le di un sorbo. Fuerte y caliente, tal cual yo lo tomaba cada mañana. El sonido de los pájaros cantando era lo único que se sentía en el aire. Una paz que pocas veces sentía. La calma era tan ajena en mi vida que cuando la tenía, así fueran segundos, le sacaba jugo al máximo. 

Esa hermosa calma por algún motivo me hizo pensar en ella. Habían pasado seis días del encuentro en la discoteca y desde el mismo instante en que me fui de aquel lugar, me propuse a mí mismo evitarla lo máximo posible. Hasta en mis pensamientos. 

Mi reacción al ver que un tipo la jodía, no había sido normal. No en mí. Sí, soy capaz de ayudar a cualquier chica que se encuentre en una situación similar, pero no sintiendo la ira y la impotencia que me había dado verla tan indefensa. A pesar de que se le notaba un buen carácter, no dejaba de quedar pequeña en comparación al otro gorila que la acosaba. 

Y luego…luego su reacción. Desdramatizar por completo y arrastrarme a la pista de baile como si nada hubiera pasado. Los primeros segundos me costó dejar atrás el episodio ocurrido. Pero sus manos…mierda, sus ojos buscándome sin parar y su cuerpo reclamando al mío para bailar...

Negué con la cabeza resoplando molesto por encontrarme nuevamente pensando de esa manera en ella. Tenía que sacarla de mi mente como sea.

No era ella el problema, no. Todo lo contrario. Cada encuentro, cada circunstancia que nos hacía coincidir, cada conversación random con ella me dejaba en jaque. 

No estaba para relaciones amorosas. No con todas las cosas que tenía dando vueltas en mi cabeza. No con todos los problemas a lo que les buscaba solución cada día. No podía permitirme esa distracción. Y Pilar, por más atractiva, interesante y especial que fuera, no dejaba de ser la hija de mi jefe, una niña, y como frutilla del postre: demasiado curiosa. 

¿Cómo dejas entrar a un ser tan puro y noble en un mundo lleno de caos y sufrimiento? Esa chica de cabello dorado tenía todo para ser feliz cada día de su vida y hasta siempre. La típica niña nacida en cuna de oro. Meterme en su vida sería únicamente para arruinarla.

Suspiré frustrado y acabé el contenido de la taza. La mañana estaba fresca, podía sentirlo en mi torso desnudo y en los pies descalzos sobre aquel escalón de madera. Quizás el único momento del día donde las temperaturas no son abrumadoras. Por eso amaba ese rato de la mañana también. Pero no era nada disfrutable si solo me lo pasaba reprimiendo mis pensamientos constantemente.

-    ¿Qué haces aquí a estas horas?

No había sentido el sonido de la puerta de tan metido en mis mierdas que estaba. 

Su voz me puso la piel de gallina y ni siquiera me giré para verle. 

No contesté por unos segundos. Pero finalmente elegí ser cordial y no provocar su malhumor tan temprano.

-    Cada mañana vengo aquí a primera hora. 

-    ¿Y qué encuentras de divertido en esto?

-    No lo entenderías. – Respondí cortante. No quería entrar en diálogo con él.

-    Hijo, yo…yo quería que supieras que ayer mientras trabajabas salí por el centro a dejar mis datos para cualquier empleo disponible. – Por primera vez le miré.

Estaba de pie a mi lado, mirando en la misma dirección que lo hacía yo antes. Busqué algo de verdad en sus palabras. Llevaba tiempo sin decir que estaba en busca de trabajo. Quizás ahora era la definitiva.

-    Te felicito por la iniciativa. Hay trabajo de sobra, verás como te contactan de algún sitio en estos días. – Quise dejar mis juicios para con él. Necesitaba probar creerle y así corresponder a su cercanía. Al final, fue él quien me buscó.

-    Espero que así sea. Necesitamos mejorar la casa, un ingreso extra sería de gran ayuda para todos...

-    No pienses en eso. - Le corté.- Tú solo sigue paso a paso. Tómalo como una distracción. – Mis respuestas eran escuetas pero sinceras. Tampoco podía fingir. Pero si quería progresar, no iba a darle la espalda.

-    Lo sé, gracias. Sé que a veces digo cosas que lastiman. Sé que me cuesta querer a tu hermano. Pero hago lo mejor que puedo.

Que dijera aquello en voz alta, admitiéndolo con tanta soltura me volvió loco. No respondí. Apreté mi puño con fuerza y canalicé allí mi frustración para no retrucarle. No iba a cagarlo todo. No si de verdad estaba queriendo cambiar.

Me puse de pie sin mirarlo y caminé para entrar a la casa. 

-    Debo prepararme para el trabajo. Te veo en la tarde. 

Y dicho aquello me perdí en mi habitación buscando matar el tiempo que restaba para ir a cumplir con mis obligaciones .

***

El día en el trabajo fue duro. Lo suponía debido a que faltaban unas cuantas horas para el gran evento. 

Era el primero de los hijos Fernández en casarse y eso traía además de muchos nervios, infinitos preparativos y tareas extras en las que colaborar. 




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