𝐶𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑡𝑒 𝑣𝑖, 𝑡𝑢𝑣𝑒 𝑢𝑛 𝑏𝑢𝑒𝑛 𝑝𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜
𝐷𝑒 𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑔𝑎𝑛 𝑢𝑛𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎
𝑄𝑢𝑖𝑒𝑟𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑒𝑟𝑡𝑒 𝑎𝑢𝑛𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒𝑎 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑢𝑛 𝑚𝑜𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜
𝑌 𝑠𝑖 𝑚𝑒 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑠, 𝑡𝑎𝑙 𝑣𝑒𝑧 𝑡𝑜𝑑𝑜𝑠 𝑙𝑜𝑠 𝑑í𝑎𝑠
𝑁𝑜 𝑠é 𝑛𝑎𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝒉𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎
𝑁𝑖 𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝑓𝑖𝑙𝑜𝑠𝑜𝑓í𝑎
𝐻𝑜𝑦 𝑡𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑟𝑖𝑏𝑜 𝑠𝑖𝑛 𝑝𝑒𝑛𝑠𝑎𝑟
𝑌 𝑠𝑖𝑛 𝑜𝑟𝑡𝑜𝑔𝑟𝑎𝑓í𝑎."
𝑀𝑜𝑟𝑎𝑡
Isaías me había besado. Primer punto para asumir. Honestamente no me esperaba su reacción para nada. ¿Que la quería? Sí. Pero para nada se me había montado en la cabeza aquella escena que estaba sucediendo.
Su aroma a menta era tan intenso que me nublaba los sentidos a tal punto que se me hacía difícil articular palabra alguna.
Minutos antes me dejaba llevar por uno de mis tantos impulsos y corrí a buscarlo para despedirme de él. Pero como no había sido suficiente semejante desesperación, tuve que soltarle que me gustaba como si le estuviese diciendo que me llamaba Pilar y que tenía 17 años. Siempre tan sincera yo.
Pero nada, aquella actitud al menos había tenido una buena consecuencia. No quería ni imaginar qué hubiese pasado si Isaías me rechazaba y seguía su camino. Me había mostrado segura y superada ante él, pero por dentro…JODER, me carcomían los nervios.
Que sí, pensaba todo lo que le había dicho sobre las oportunidades y el riesgo, pero de ahí a no sentir temor o nervios por lo que suceda, es algo muy distinto.
Mi hermana Isabel siempre me repetía lo mismo: “Pilar, a los hombres siempre demostrarles que no les necesitas. Si ellos tan solo creen que te tienen comiendo de la palma de su mano, estarás frita”. Vale, no tenía ni puta idea sobre el amor y los hombres, pero no era muy fan de demostrar algo que no era. Sin embargo esta vez había funcionado. Nomás ver que me iba sin montarle drama alguno, había corrido como loco para impedirlo. Punto para mí.
Me concentré nuevamente en lo que estaba pasando. Aquel beso había sido de película, que digo de película, ¡de libro! No solo me había hecho sentir en las nubes, también me dejó ganas de seguirle besando sin parar. ¿Cómo podía ser que un contacto tan simple, se sintiera tan íntimo y profundo? No tenía respuestas para eso, pero estaba en condiciones de afirmar que podría vivir a base de besos de aquel chico de ojos verdes y hoyuelos tentadores.
- Podrías seguir besándome que no me molestaría. – Le pedí susurrando, temiendo que no hubiese llegado a escucharme.
- Créeme que ahora mismo no pienso en otra cosa que seguir haciéndolo. Pero no podemos, no aquí. Puede venir alguien y seguro a ti te están esperando.
- Mmmh… - me quejé sacando el labio en forma de puchero y levanté la mirada hacia la suya- no quiero irme.
- Te estás volviendo experta en ponérmelo difícil, rubia. – Acomodó un mechón de cabello detrás de mi oreja y fui testigo del roce voluntario y sumamente lento que dejó a continuación por el costado de mi cuello.
Tomé aire y me quedé en silencio pensando qué decir. Lo siguiente que salió de mi boca fue una petición sincera y por la que esperaba una respuesta afirmativa.
- Entonces, ¿puedes una vez no darle tantas vueltas a todo?
- Voy a necesitar de ti. No estoy acostumbrado a no hacerlo.
- Entonces ven conmigo y no pienses en nada más.
- ¿A dónde?
- Tú ven conmigo.
Y dicho aquello para darle más confianza, tomé su mano y caminamos juntos campo adentro, del lado contrario a donde la fiesta se estaba realizando. Lejos del ruido, de la gente, de todos.
Durante el trayecto solo nos dedicamos a mirarnos de reojo, sonreír, mirarnos de nuevo, y volver a sonreír. Parecíamos dos tontos. Yo me sentía una tonta. Pero tenía que admitir que era la sensación más placentera del mundo. Caminar de su mano, sin cuestionamientos, dudas o miedos. Solo dejarlo ser mientras iba sucediendo.
Cuando quisimos acordar, el río estaba frente a nuestros ojos. Aquel famoso río donde nos habíamos encontrado por primera vez. A pesar de habernos visto en alguna que otra oportunidad, haber tenido un saludo cordial de mano, jamás le había sentido el timbre de su voz. En cambio el fin de semana anterior, sucedió. Sin buscarlo, sin planearlo y más aún, sin esperarlo.
- ¿No irás a querer nadar, verdad?
- Mi locura tiene límites. ¿Tengo pinta de poder nadar con este vestido?
Dudó unos segundos en responder pero finalmente lo hizo, con una sonrisa que marcaba profundamente aquel par de pozos increíbles en sus mejillas. – Si debo responder a esa pregunta, te diría que se me ocurren muchas ideas para deshacernos de ese vestido.
Su respuesta dejó en evidencia mi escasa experiencia con el tema. Yo misma noté como las mejillas se me encendían. Odiaba eso. Por más segura y serena que quisiera mostrarme, aquella reacción no podía evitarla. Siempre que algo me tomaba por sorpresa o me hacía sentir nerviosa, no tardaba en quedar de aquel tono tan discreto (nótese la ironía).
- Solo estoy bromeando, Pilar. Aquí está la prueba de que no me conoces.
- No te conozco pero puedo hacerlo. Me gustaría…
- ¿Qué dirían tus padres? – Una vez más hacía aparición el señor que se lo cuestionaba todo.
- ¿Qué dirían? Te diré que me dirían – me ubiqué de manera que pudiera verme de frente y al completo- Enhorabuena, hija. Qué gusto saber que eres feliz. Sabes que siempre te apoyaremos en todo. El amor salva vidas, Pilar. Esa última es típica frase de mamá – Respondí segura dándole aquella lista de posibles respuestas de mis padres.
- No los imagino así.
- Pues te equivocas si crees que serían de esos padres preocupados por verme con alguien que sea así o asá.
No dijo nada. Lo vi morder su labio mirando hacia donde el sol se ponía, metido completamente en sus pensamientos.
- Isaías…
- Pilar…
- Solo vivamos el hoy. Tenemos esto, -señalé a mi alrededor, era todo campo, verde, colores de una tarde de verano que iba dando paso a la noche, y nosotros- hoy no necesitamos más. Mañana será otro día.