El resto del día transcurrió con una normalidad tan forzada que por momentos me hizo dudar de lo que había ocurrido bajo el mostrador de la panadería. Mi tía Amelia atendió a los clientes como siempre, acomodó charolas de pan sobre los estantes y me habló de cosas simples, como si conversar sobre el clima o sobre cuántos bolillos debían hornearse fuera suficiente para cubrir el enorme vacío de preguntas que se había abierto dentro de mí.
Yo intenté seguirle el ritmo, pero cada vez que mi mente volvía a Jungkook, cerraba los ojos con fuerza y repetía en silencio lo mismo de siempre.
No es real.
No es real.
Todo es mi imaginación.
Sin embargo, cuando abría los ojos, la sensación seguía ahí, instalada en mi pecho como una certeza que se negaba a desaparecer.
Al caer la tarde, mientras el cielo comenzaba a teñirse de tonos violetas y anaranjados, decidí que no podía quedarme en casa. Si quería entender qué estaba pasando, tendría que verlo de nuevo, aunque eso significara enfrentar el miedo que llevaba arrastrando desde que llegué a Santa Esperanza.
Me arreglé con más cuidado del que me hubiera gustado admitir. Me lavé el rostro, me acomodé el cabello varias veces y elegí una ropa cómoda pero bonita, como si de algún modo eso pudiera darme seguridad. Cuando me observé en el espejo, respiré hondo y traté de convencerme de que solo iba a ver un espectáculo de títeres en un parque, como cualquier otra chica en cualquier otro pueblo.
Pero en el fondo sabía que no sería tan simple.
La plaza estaba llena de familias. Los niños corrían de un lado a otro con risas contagiosas, algunos sostenían globos, otros llevaban palomitas o pequeños juguetes de madera. El ambiente parecía inocente, cálido, casi mágico, y por un instante me avergoncé de haber sentido tanto miedo.
Antes de acercarme al teatrino, compré un algodón de azúcar azul en uno de los puestos de la plaza. El color me recordó al cielo de Los Ángeles al atardecer, y me aferré a esa idea como si pudiera devolverme un poco de calma. Arranqué un pequeño trozo y lo dejé deshacerse en mi boca mientras buscaba un lugar.
No quise sentarme al frente.
Preferí quedarme detrás del grupo de niños que ya estaban acomodados en el suelo, con los ojos brillantes de emoción. Me senté en una banca baja, lo bastante cerca para ver el escenario con claridad y lo bastante lejos para sentir que todavía tenía una vía de escape.
Tomé otra nube de algodón de azúcar y respiré lentamente.
Entonces las luces alrededor del teatrino se encendieron.
No eran grandes reflectores, sino pequeñas bombillas amarillas que delineaban el marco de madera y hacían que todo pareciera salido de otro tiempo. El murmullo de la plaza se fue apagando poco a poco, hasta que solo quedaron las voces expectantes de los niños.
Y luego apareció él.
Jungkook salió detrás del pequeño escenario con una sonrisa tranquila, vestido de manera sencilla, como si no tuviera nada de sobrenatural. Saludó a los niños con una pequeña reverencia y ellos respondieron con aplausos y risitas emocionadas.
—Bienvenidos —dijo con esa voz suave que ahora reconocería en cualquier parte—. Esta noche les contaré una historia sobre un viajero que olvidó el camino a casa.
Su mirada recorrió al público por un instante, y cuando sus ojos encontraron los míos, sentí un estremecimiento recorrerme de pies a cabeza.
No apartó la vista de inmediato.
Solo me dedicó una sonrisa leve, casi imperceptible, como si supiera que yo había acudido por razones muy distintas a las del resto.
Luego comenzó el espectáculo.
Los títeres no eran de madera ni de porcelana, sino simples calcetines convertidos en personajes con botones por ojos, pequeñas hebras de lana por cabello y diminutas prendas cosidas a mano. Había algo encantador en su sencillez, algo tan tierno que resultaba difícil asociarlo con el miedo que aquel lugar me había provocado.
Un calcetín azul representaba al viajero; otro, gris y con una pequeña bufanda, hacía el papel de un amigo que intentaba ayudarlo. Los niños reían cada vez que los personajes discutían o se tropezaban, y Jungkook modulaba las voces con una naturalidad sorprendente, logrando que cada uno pareciera tener vida propia.
Poco a poco, yo también dejé de apretar con tanta fuerza el palo de cartón del algodón de azúcar.
La historia hablaba de un joven que había cruzado demasiado lejos y que, al hacerlo, perdió el camino de regreso. Vagó por lugares extraños hasta encontrar a alguien capaz de verlo, alguien que podía ayudarlo a recordar quién era y por qué seguía esperando.
Las risas de los niños continuaban, pero yo ya no escuchaba nada más que las palabras de Jungkook.
Porque, aunque el espectáculo parecía inocente, supe con absoluta certeza que no estaba contando un cuento cualquiera.
Estaba contándome su historia.
Holis chicos, aqui Lucy, ya les subí el capitulo, en unos minutos o no se subo el siguiene capitulo, bueno byeeee y disfruten :3