Me quedé mirando la pantalla durante un largo rato, incapaz de moverme. El video ya había terminado, pero la última imagen seguía grabada en mi mente con una claridad inquietante: Jungkook, mucho más joven, sonriendo frente a la cámara como si hubiera formado parte de mi vida desde siempre.
No entendía nada.
Y cuanto más intentaba encontrar una explicación lógica, más cansada me sentía.
No era solo sueño; era ese agotamiento profundo que llega cuando tu mente ha pensado demasiado y tu corazón ya no sabe qué creer. Cerré la laptop y la dejé sobre el escritorio. La habitación parecía más silenciosa que nunca, y por primera vez desde que llegué a Santa Esperanza, sentí la necesidad de esconderme.
No de alguien.
De todo.
Desde niña tenía una costumbre extraña: cuando me sentía abrumada, convertía el interior del armario en un pequeño refugio. Era un hábito que había conservado incluso en la adolescencia. Allí, rodeada de ropa y del olor familiar de las telas, el mundo parecía menos amenazante.
Ese día decidí hacerlo otra vez.
Extendí tres cobijas en el suelo del armario, acomodándolas con cuidado hasta formar una especie de colchón improvisado. Coloqué una almohada pequeña, otra manta para cubrirme y dejé la puerta entreabierta, lo suficiente para que entrara un poco de luz.
Cuando terminé, observé mi pequeño escondite y sentí un alivio inesperado.
Era sencillo.
Pero se sentía seguro.
Me acosté de lado, abrazando una de las almohadas contra mi pecho. Desde abajo llegaba el ruido amortiguado de la panadería: el tintinear de las charolas, el murmullo de los clientes, la voz de mi tía Amelia atendiendo con la calidez de siempre.
Saber que ella estaba allí me tranquilizó.
Cerré los ojos.
Y, casi de inmediato, me quedé dormida.
No sé cuánto tiempo pasó.
Solo recuerdo haber sentido una presencia suave, un movimiento delicado a mi alrededor, como si alguien acomodara la manta sobre mis hombros con un cuidado casi reverente.
No me desperté del todo.
Permanecí en ese punto borroso entre el sueño y la conciencia, donde los sonidos parecen lejanos y las emociones se sienten más que se comprenden.
Sentí una mano apartando con ternura un mechón de cabello de mi rostro.
Después, una voz muy baja.
—Todavía te escondes aquí.
Mi respiración se volvió más profunda, no por miedo, sino por una extraña sensación de calma. Aquella frase no sonó como una sorpresa, sino como un recuerdo compartido.
Como si alguien ya me hubiera visto dormir así mucho tiempo atrás.
Quise abrir los ojos.
Pero el sueño era demasiado pesado.
Entonces sentí algo más.
Una yema de dedos rozando con suavidad mi frente, apenas un segundo, como si aquel gesto fuera una despedida.
—Descansa, T/N —susurró la voz—. Esta vez no dejaré que te pierdas.
La calidez permaneció unos instantes más y luego se desvaneció lentamente, como el eco de una melodía conocida.
Cuando desperté, el interior del armario estaba casi a oscuras.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba. Luego, al sentir la manta perfectamente acomodada hasta mi cuello, me incorporé con el corazón acelerado.
Yo no me había cubierto así.
Salí del armario y miré la habitación.
Todo estaba en silencio.
Bajé las escaleras con cautela hasta asomarme a la panadería.
Mi tía Amelia seguía atendiendo a los clientes, colocando pan en bolsas de estraza y sonriendo como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
—¿Ya despertaste, cariño? —preguntó al verme.
La observé unos segundos.
—¿Subiste a mi cuarto?
Ella negó con naturalidad.
—No, he estado aquí toda la tarde.
Sentí un escalofrío recorrerme.
Porque entonces solo había otra persona que podía haber estado en mi habitación.
Otra persona que conocía aquel escondite.
Otra persona que recordaba una costumbre que ni siquiera mis amigas de Los Ángeles conocían.
Subí de nuevo con el corazón latiendo con fuerza.
Y al entrar en mi cuarto, vi algo sobre la almohada dentro del armario.
Era una pequeña figura hecha con un calcetín azul, cosida a mano con botones negros por ojos.
El mismo viajero del espectáculo.
Entre sus diminutas manos de tela sostenía un trozo de papel cuidadosamente doblado.
Lo abrí.
Y en la misma letra elegante que ya conocía, encontré solo una frase.
Nunca olvidé dónde te sentías segura.
Sostuve la nota con manos temblorosas, mientras una mezcla de miedo, nostalgia y ternura me oprimía el pecho.
Porque cada día que pasaba, la verdad se hacía más clara.
Jungkook no solo me conocía.
Conocía partes de mí que yo misma había olvidado.
Holis chicos, ya les traje el capitulo 8, en unos minutos o mañana les subo el capitulo 9, ok, espero que hayan disfrutado el capitulo bueno, byeeeeeee :3