Descendí de la movilidad con una ligera prisa, impulsada por una inquietud que no lograba explicar... o, quizás, por la idea de que ella ya estaba en casa esperándome.
Y así era.
Mientras corría por la vereda, imaginaba la expresión que pondría al verme. La había extrañado tanto que la sola idea de volver a abrazarla bastaba para llenar de luz cada rincón de mi pecho.
Empujé la puerta de casa con cuidado, procurando no hacer el menor ruido. Dejé los zapatos junto a la entrada, abandoné la mochila en la sala y avancé de puntillas por el pasillo.
La puerta de su habitación permanecía entreabierta.
El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que apenas podía contener la emoción.
Tomé impulso.
-¡Mami!
Mi voz rompió el silencio de la casa.
Y entonces...
Todo cambió.
Mi sonrisa comenzó a marchitarse lentamente.
Sentí que el aire se volvía pesado.
Algo no estaba bien.
No entendía qué ocurría.
Solo recuerdo el silencio.
Las miradas.
Y esa extraña sensación de que había llegado a un lugar donde no debía estar.
Mi mente intentó comprender aquello una y otra vez, pero era demasiado pequeña para darle un nombre.
Aun así, algo dentro de mí lo entendió antes que mi propia razón.
Con los años olvidé el sonido de su risa.
La forma exacta de su sonrisa.
Incluso el color de algunos recuerdos comenzó a desvanecerse.
Pero jamás olvidé aquella tarde.
Hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Solo los obliga a dormir.
Hasta que una noche deciden regresar.
Ese fue el primero.
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Editado: 20.07.2026