Dejé escapar un bostezo mientras me incorporaba con pesadez. Mis ojos, todavía hinchados tras una mala noche, apenas lograban acostumbrarse a la claridad del alba.
A tientas, busqué el reloj sobre la mesita de noche y apagué la impertinente alarma antes de que
terminara de desgarrar el último instante de calma que aún sobrevivía en mi habitación.
El silencio regresó.
Y, con él, mis pensamientos.
Aquello se había convertido en una costumbre. Mi mente volvía a ese rincón donde convivían los
recuerdos que me negaba a olvidar y las preguntas para las que aún no tenía respuesta.
Permanecía suspendida en esa frontera incierta donde la infancia empezaba a desdibujarse y la
madurez aguardaba, paciente, reclamando su lugar.
Frente a mí seguía la ventana.
Aquel horizonte limitado por los edificios de siempre, que había sido testigo de mis días más felices y de mis noches más difíciles.
Había contemplado mis alegrías, mis miedos, mis vergüenzas y mis silencios con una fidelidad que pocas personas podrían igualar.
-Dios... -la voz apenas me salió -- .Otra vez...
Hundí el rostro en la almohada y permanecí inmóvil unos segundos.
Respiré hondo.
Al final terminé soltando un suspiro.
Había mañanas en las que abrir los ojos costaba más de lo normal.
Aquella no fue la excepción.
Permanecí unos segundos mirando el techo, reuniendo las pocas ganas que me quedaban para empezar el día.
-¡Hanaa! ¡Ya estás despierta, hija! ¡Se te hace tarde!
La voz de mi madre atravesó la casa
Por primera vez en muchos días.
Levanté la vista con pesadez
El uniforme colgaba frente a mí, impecablemente planchado.
Una sonrisa cansada apareció en mis labios.
Sacudí la cabeza como si con ese gesto pudiera despejar los restos del sueño.
Tomé el bolso que había preparado la noche anterior y seguí el aroma que se extendía por toda la casa.
Olía a pan recién hecho.
A café.
Desayuno.
Olía a hogar.
Y, aun así, aquel olor seguía resultándome extrañamente ajeno.
Entré al comedor. El desayuno ya estaba servido.
-Buenos días, madre.
Mi saludo sonó más cauteloso de lo que habría querido. Permanecí de pie, aguardando en
silencio. Mi cuerpo esperó el permiso antes de que mi mente siquiera pensara en buscar una silla.
-Hana.......
Mi madre pronunció mi nombre con una dulzura que me resultó casi ajena.
Alcé apenas la vista.
Su mirada encontró la mía. En sus ojos descansaba aquella expresión que había aprendido a reconocer hacía tiempo: una tristeza silenciosa, la de quien contempla algo que siente escaparse entre las manos sin encontrar la forma de retenerlo.
-No te quedes ahí, cariño. Siéntate. Preparé tu desayuno favorito.
Sonreía.
O, al menos, hacía el intento.
Bajé la mirada antes de que nuestros ojos volvieran a encontrarse. Me senté despacio y, casi en un murmullo, dejé escapar un:
-Gracias
El silencio volvió a instalarse entre nosotras.
Tomé los cubiertos y removí distraídamente el arroz antes de llevarme el primer bocado a la boca.
-¿Dormiste bien? -preguntó mientras revolvía el café con la cuchara-. Tienes cara de cansancio.
Negué con un leve movimiento de cabeza.
-Más o menos.
-No te desveles tanto. Este año va a ser pesado.
-Lo sé... no te preocupes. Voy a estar bien.
Asentí con una pequeña sonrisa que no terminó de formarse. Mi propia voz sonó más distante de lo que pretendía.
El silencio volvió a instalarse entre las dos.
Bajé la mirada y continué desayunando despacio.
No esperaba que dijera nada más.
De algún modo, sabía que la conversación terminaría allí.
Un instante después, el sonido de un teléfono rompiendo la quietud del comedor hizo que ambas levantáramos apenas la vista.
Mi madre dirigió los ojos hacia la pantalla. No alcancé a leer el nombre de quien llamaba, pero fue suficiente para que una sombra cruzara fugazmente su expresión.
-Disculpa un momento, cariño.
Asentí en silencio.
El roce de la silla contra el piso rompió la quietud del comedor.
Se levantó, tomó el teléfono y se dirigió a su habitación mientras respondía la llamada en voz baja.
Bajé la vista hacia el desayuno.
Lo había preparado con el mismo esmero de siempre.
Terminé el último bocado, di gracias a Dios en silencio y recogí los platos.
Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta.
Antes de salir, mis ojos se desviaron por un instante hacia el pasillo.
La luz que escapaba de la habitación de mi madre dibujaba una franja tenue sobre el suelo.
Me detuve apenas un segundo.
Después respiré hondo y salí de casa.
........
Apenas doblé la esquina, el autobús ya esperaba junto a la vereda.
Sonreí para mis adentros.
Como casi todas las mañanas, el señor Eulalio ya estaba allí.
-Buenos días, señor Eulalio.
-Buenos días, Annie... -respondió con una sonrisa-. ¿Qué pasó? no te veo muy emocionada.
Esbocé una pequeña sonrisa.
-Sí lo estoy. Solo... todavía me estoy acostumbrando a volver.
Él asintió despacio, como si comprendiera más de lo que yo había dicho.
-Por cierto, vi el auto de tu madre estacionado afuera de la casa. Ya regresó, ¿verdad?
Mi sonrisa permaneció en mi rostro, aunque esta vez se sintió un poco más pesada.
-Sí... llegó hace un par de días.
-Me alegra escuchar eso.
Asentí en silencio.
Entonces sonrió con ese aire travieso que siempre lo caracterizaba.
-Bueno... eso significa que ahora tendré el gusto de verte todas las mañanas, Annie.
Fruncí el ceño.
-Annie... señor, ¿qué le dije sobre llamarme así? Sabe perfectamente que no me gusta.
El señor Eulalio soltó una risa de esas que parecían contagiar buen humor
-Ya, ya... suba de una vez, Annie.
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Editado: 27.07.2026