Si te hubiera dicho que sí

Capítulo 42

El abrazo de Yoongi era cálido, me daba esa sensación de calma en medio de ese huracán de emociones y pensamientos que se desbordaban en mi mente. Sus brazos, firmes, pero delicados, me sostenían como si temiera que pudiera romperme si aplicaba más presión. Cerré los ojos por un instante, permitiéndome olvidar el peso de mis inseguridades, de las palabras no dichas, de las miradas y los murmullos que parecían seguirnos a todos lados, de mi propio juicio y temor.

—No tienes que ser fuerte todo el tiempo, Lizzy —susurró Yoongi, su voz tan suave que apenas fue un murmullo contra mi cabello—. A veces, está bien dejar que alguien más lleve una parte de esa carga.

Quise responderle, decirle que estaba agradecida por su apoyo, pero el nudo en mi garganta me lo impidió. En lugar de eso, asentí levemente contra su pecho, dejando que el momento hablara por mí.

Permanecimos así unos minutos, ajenos al bullicio del campus. Sentí que él también necesitaba ese instante de calma, como si estuviera luchando con sus propias dudas. Pero sabía que ese momento no podía durar para siempre.

Finalmente, Yoongi dio un paso atrás, aunque sus manos permanecieron sobre mis hombros. Me miró directamente, como si buscara algo en mis ojos.

—Todo va a estar bien. Estaré aquí cuando estés lista, Lizzy. Siempre. —Su tono era firme, pero había un dejo de tristeza en sus palabras, como si supiera que mi silencio hablaba más que cualquier respuesta.

—Gracias —logré murmurar finalmente, con la voz entrecortada.

Me dio una última sonrisa, una que no llegó del todo a sus ojos, y luego se giró para irse. Lo vi alejarse entre los estudiantes, su figura mezclándose con la multitud.

Cuando mi madre llegó por mí, me subí al auto, la saludé como de costumbre y después me perdí en la música de la radio. La cual no le estaba poniendo nada de atención. El trayecto a casa se sintió interminable, aunque mi madre hablaba ocasionalmente, sus palabras apenas lograban colarse entre mis pensamientos. Yo asentía de vez en cuando, pero estaba segura de que ella notaba mi falta de atención. La música de la radio era solo un ruido de fondo, un eco lejano que no lograba llenar el vacío que sentía en mi pecho.

—Iremos a casa de la abuela para la cena.

El anuncio de mi madre apenas logró sacarme de mi ensimismamiento. Giré la cabeza para mirarla, tratando de procesar sus palabras.

—¿Hoy? —pregunté, con un tono más apagado de lo que pretendía.

—Sí, cariño. Ya te lo había mencionado el otro día, pero supongo que estabas distraída —respondió, lanzándome una mirada de reojo antes de volver la vista al camino.

Asentí lentamente, intentando recordar esa conversación que aparentemente había borrado de mi mente. La idea de una reunión familiar no me emocionaba en absoluto, pero sabía que no tenía opción.

—¿Quieres que pasemos por algo antes de ir? —preguntó mi madre, tratando de aliviar el ambiente.

—No, está bien —respondí, apoyando la cabeza contra la ventanilla. El vidrio frío era un contraste agradable con la calidez del auto.

El resto del trayecto transcurrió en silencio, con mi madre tarareando suavemente la canción que sonaba en la radio. Hasta que el sonido de una notificación de mensaje me sacó brevemente de mi concentración. Lo tomé esperando que fuera alguien más, pero solo era otro mensaje de Jimin.

Jimin: “Nos vemos el sábado entonces, espero que el tiempo se pase pronto.”

Cuando llegamos a casa, solo tuve tiempo de ponerme algo cómodo y arreglarme un poco antes de salir nuevamente hacia la casa de mi abuela. El ambiente cálido y familiar que solía reconfortarme ahora se sentía abrumador, como si el ruido y las conversaciones se mezclaran con el caos que llevaba dentro.

Mi abuela, con su sonrisa amable y su abrazo reconfortante, fue la primera en saludarme al entrar.

—Hola, mi niña. ¿Cómo estás? Te ves un poco cansada —dijo, observándome con ese toque de preocupación que siempre tenía para todos.

—Solo ha sido un día largo, abuela, estamos en las últimas semanas del semestre, es todo —respondí, forzando una sonrisa que sabía que ella notaría, pero decidió no comentar más.

Me senté en una de las sillas del comedor, observando a mis primos correr por la sala mientras los adultos charlaban animadamente. Todo parecía tan normal, tan cotidiano, pero yo me sentía completamente fuera de lugar, esperando que Ha-Na y Yang Mi aparecieran por ahí.

Mientras mi familia seguía con sus conversaciones, tomé mi teléfono y lo desbloqueé por pura inercia. Un mensaje de Jimin seguía ahí, sin abrir. También revisé si había algo de Yoongi, pero no había nada. Dejé el teléfono a un lado, sintiéndome más aislada que nunca, y suspiré.

—¿Todo bien, Rosie? —preguntó mi madre al pasar junto a mí con un plato en las manos.

—Sí, mamá —respondí automáticamente, aunque ambas sabíamos que no era cierto.

Esa tarde, la comida, las risas y las historias familiares transcurrieron como siempre, pero yo apenas podía escuchar. Mi mente estaba lejos, enredada en lo que había pasado y en lo que vendría después.

—Sienna, prima de seguro ya lo escuchaste mil veces, pero sabes que te escucharemos si pasa algo, ¿verdad? —habló Yang Mi en voz baja y suave, mientras caminábamos por el patio de la casa de la abuela hacia el fogatero.




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