El olor a pan recién horneado miente.
Dice que todo está bien, que la mañana va a ser tranquila, que el día se va a portar. Pero yo ya llevo tres horas de pie detrás del mostrador de la cafetería y te puedo asegurar que miente.
Chicago en abril tiene viento hasta adentro. La gente entra con frío en las manos y prisa en la cara. Piden café, pagan, se van. Yo sonrío, cobro, limpio harina que no se fue del todo de mis dedos.
Rutina.
Hasta que él entró.
No pidió en voz alta. Solo señaló el menú y me miró como si estuviera leyendo algo más que los precios. Traía una carpeta llena de planos bajo el brazo y ojeras de alguien que no durmió bien. Arquitecto, supuse. Todos los de traje con planos son arquitectos o mienten muy bien.
"Un americano, por favor", dijo al fin. Voz baja. Cansada.
Le serví el café equivocado.
Dos veces.
La primera porque estaba distraída contando cambio. La segunda porque él no se fue. Se quedó ahí, en la barra, viendo cómo corregía mi error sin decir nada. Solo con una media sonrisa que no sabía si era por el café o por mí.
"Tranquila", dijo. "Hoy parece que los dos necesitamos un momento tranquilo".
Y por un segundo, la cafetería dejó de ser ruidosa.
No sé su nombre todavía. No sé si vuelve mañana.
Solo sé que cuando se fue, la puerta sonó diferente.
Como si algo hubiera empezado sin avisar.