Si Te Olvido Mañana

Capítulo 1: El Café Equivocado

Chicago no te avisa cuando va a ponerse cruel.

Una mañana de abril y el viento se mete por debajo del abrigo como si tuviera cuentas pendientes conmigo. Llevo la carpeta de planos pegada al pecho, no por profesionalismo. Por calor.

27 años y ya tengo una ciudad entera que —me dedico a cuidar—, según el jefe. Suena bonito en el papel. En la realidad son edificios viejos que se caen a pedazos, presupuestos que no alcanzan, y noches sin dormir revisando vigas que nadie va a ver.

Hoy no quiero pensar en vigas.

Hoy solo quiero café. Negro. Fuerte. Que me despierte aunque sea por una hora.

La cafetería está en la esquina de la calle antigua que me toca restaurar este mes. Huele a pan recién horneado desde la otra cuadra. Miente, igual que la ciudad. Dice que todo está bien.

Empujo la puerta y el calor me golpea la cara. El ruido también. Tazas chocando, conversaciones, la máquina de espresso escupiendo. Rutina.

Me paro en la barra. No hay fila. Solo yo y el olor a pan.

Y ella.

Harina en los dedos. Pelo recogido con un lápiz. Camisa blanca, delantal beige. Está limpiando el mostrador cuando levanta la vista.

Sus ojos se cruzan con los míos medio segundo. Sonríe. No es sonrisa de trabajo. Es real. Se le arrugan.

Se acerca. Se seca las manos en el delantal.

— ¿Qué le sirvo? — dice. Voz baja. Cansada pero amable.

Abro la boca. Traigo el americano ensayado en la cabeza.

— Un americano, por favor — digo. Voz baja también. Llevo horas sin dormir.

Asiente. Se da la vuelta. Sirve.

Vuelve con una taza. La deja frente a mí. Tiene dibujito de hoja en la espuma.

La miro. Miro la taza. La miro a ella.

— Creo que pedí un americano — digo. Sin molestarme. No me sale.

Se le va el color de la cara.

— Dios. Perdón — dice rápido. Agarra la taza y la tira. — Estaba distraída contando cambio.

Empieza otra. Esta vez sí. Negro. Sin nada.

La pone enfrente. No se va. Se queda ahí, a medio metro, viendo si la corrijo otra vez.

— Tranquila — le digo. No sé por qué lo digo. — Hoy parece que los dos necesitamos un momento tranquilo.

Ella se ríe bajito. Alivio. Y por un segundo la cafetería deja de ser ruidosa.

— Gracias — dice. — De verdad, perdón por lo de antes.

— No pasa nada.

Agarro la taza. Quema. Perfecto.

Ella asiente y se va a atender a otro cliente.

Yo me quedo ahí, con el café amargo y la frase dando vueltas: un momento tranquilo.

Veinte minutos después salgo. La puerta suena diferente cuando se cierra detrás de mí.

Como si algo hubiera empezado sin avisar.

---

El viento sigue igual de cruel afuera.

Camino dos cuadras sin rumbo. Bueno, sí con rumbo. A la obra. Pero mis pies van más lento de lo normal.

Chicago en abril es gris. Los ladrillos viejos, el cielo nublado, la gente con cara de lunes aunque sea martes.

Pero en mi cabeza hay una cafetería con olor a pan y una chica con harina en las manos que se sonroja cuando se equivoca.

Ridículo. Tengo 27. Tengo trabajo. Tengo problemas de cimientos y tuberías viejas.

No tengo tiempo para fijarme en baristas.

Y sin embargo...

Paso por la vidriera de la cafetería antes de llegar a la obra. Solo para ver si sigue ahí.

Sigue. Está atendiendo. Seca una taza y mira hacia la puerta.

No me ve.

Mejor.

Sigo caminando. Pero el paso ya no es tan pesado.

En la obra me gritan. El capataz, los albañiles, el maldito plano que no cuadra. 8 horas de ruido, polvo, y cálculos.

A las 6pm salgo muerto.

Y adivina qué es lo primero que pienso.

¿Seguirá abierta la cafetería?

No. Cierra a las 7. No me da tiempo.

Pero mañana sí.

Mañana paso otra vez.

No por el café. El de hoy me cayó mal.

Paso porque... porque necesito un momento tranquilo. Eso dije, ¿no?

Qué cursi. Ni yo me creo.

Llego a mi apartamento. Solo. Silencioso. Platos en el lavaplatos de hace dos días.

Caliento comida congelada. Reviso correos. Nada importante.

Me acuesto a las 11.

Y antes de dormir, me sorprendo haciendo algo que no hacía desde la universidad.

Pienso en una desconocida.

En su risa bajita. En lo roja que se puso. En —Hoy parece que los dos necesitamos un momento tranquilo—.

No sé cómo se llama.

No sé si tiene novio.

No sé si vuelve mañana.

Pero Chicago ya no se siente tan gris.

Se siente... como el principio de algo.

Y odio admitirlo, pero tengo ganas de que sea mañana ya.




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