La campana de la entrada tintineó por última vez, dejando un silencio repentino que se mezcló con el siseo constante de la máquina de café y el aroma a canela que impregnaba las paredes. Me quedé inmóvil, con el paño de cocina apretado entre los dedos, mirando ese hueco en el aire por donde acababa de desaparecer.
—¿Te vas a quedar ahí embobada toda la tarde o me vas a ayudar con estas cajas? —la voz de Marce, mi mejor amiga y compañera desde el primer día, me devolvió a la realidad. Estaba apoyada en el otro extremo de la barra, con esa sonrisa traviesa que siempre usa para sacarme de mis casillas.
—Ya voy —respondí, pero mis pies no se movieron. Mis ojos seguían clavados en la puerta.
El Chicago de abril es gris y frío, pero él parecía llevar el invierno pegado a la piel. Las ojeras, la forma en que sostenía esa carpeta de planos contra el pecho como si fuera un escudo contra el resto del mundo; todo en él gritaba agotamiento.
Había pedido un café negro. Yo se lo serví. Dos veces, porque la primera me distraje y en la segunda, aunque ya no hubo error, el ambiente se cargó de una electricidad que no supe manejar.
“Tranquila. Hoy parece que los dos necesitamos un momento tranquilo”.
Esa frase se repetía en mi cabeza como una melodía estúpida. Nadie habla así a una extraña. Nadie se detiene a decirte algo amable cuando le acabas de arruinar el pedido un par de veces. Fue tan sincero, tan ajeno a la prisa de esta ciudad, que me dejó desarmada.
—Oye —dijo Dani, asomándose desde el área de servicio, con esa chispa en los ojos—. Ese cliente te miró raro.
—¿Raro cómo? —pregunté, fingiendo un interés absoluto en limpiar una mancha de harina que apenas existía en la madera de la barra.
—Raro como si hubiera visto algo que no esperaba encontrar aquí —respondió Marce, lanzándome una servilleta que esquivé por los pelos—. Te pusiste roja como un tomate, Elena. Hace tiempo que no te veía así.
Me reí para ocultar los nervios. Esta cafetería es mi vida. Es el negocio que mi padre renta desde hace ocho años, el lugar donde vivimos. Mi habitación, al fin un espacio solo para mí, está en el segundo piso, separada de la de mi hermana pequeña, Sophie. Arriba, el hogar huele a ropa limpia y a familia; abajo, el mundo corre demasiado rápido. Aquí dentro, las tres formamos un equipo cerrado, pero nunca, en todos estos años, me había sentido tan expuesta por un simple cliente.
A las tres, cuando bajó el flujo de gente, cerramos la barra. Subí a casa. El olor a ajo y mantequilla que mamá preparaba para la cena me recibió en el pasillo, pero no pude concentrarme en la comida. Me encerré en mi cuarto, dejándome caer sobre la cama. Miré la grieta del techo, esa que tiene forma de rayo. Hoy no me pareció una molestia; hoy me pareció un recordatorio de que algo acababa de romperse en mi rutina.
Recordé el momento exacto, minutos antes de cerrar. Yo estaba detrás de la barra, secando una taza, cuando levanté la vista. Él estaba ahí, afuera, al otro lado del cristal. Caminaba despacio, con esa carpeta pesada bajo el brazo, ignorando el caos de los peatones. Se detuvo. Miró hacia adentro.
Fue un instante. Él creyó que no lo veía, que estaba demasiado ocupada con el trabajo, pero nuestras miradas se cruzaron en un reflejo casi invisible sobre el vidrio. Sentí que me observaba, que buscaba algo, y aunque bajé la vista rápidamente para disimular, el corazón me golpeó las costillas con una fuerza nueva.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se detuvo a mirar?
Más tarde, mientras las tres doblábamos servilletas en el ritual de cada noche.
—¿Creen que vuelva? —solté, sin poder contener la pregunta.
Dani y Marce se miraron, sonriendo.
—Si tiene dos dedos de frente, sí —dijo Marce—. Nadie mira a través de un cristal con esa cara si no quiere volver a ver lo que hay detrás.
Me fui a dormir con la duda punzando en el pecho. No sé cómo se llama. No sé si tiene novia. No sé siquiera si recuerda mi cara. Pero mientras cerraba los ojos, el rayo en el techo se convirtió en un recordatorio de que mañana, si él vuelve, no voy a bajar la cabeza.
Voy a estar lista. Voy a tener el café bien negro y bien fuerte, y esta vez, cuando lo vea, voy a sostenerle la mirada. Aunque me tiemblen las manos. Aunque el mundo de afuera siga siendo un caos. Porque hoy, él me regaló un momento tranquilo, y por primera vez en mi vida, no quiero que el mañana llegue tarde.