Si Te Olvido Mañana

Capítulo 3: ¿Quieres un café?

El parque no me cura. Nada me cura.

Troto. Ese es el verbo. Trotó desde hace tres semanas, todas las mañanas a las 6:40, antes de que Chicago decida si va a estar gris o simplemente va a doler. El aire de abril me corta los pulmones y me gusta. Me gusta porque duele en un lugar que no es aquí adentro.

Llevo la carpeta de planos pegada al pecho, como siempre, aunque hoy solo la traje para no dejarla tirada en el apartamento. Me pesa como culpa. Ayer se la mostré sin querer a la barista que me sirvió mal el café dos veces. Solo le dije "Tranquila. Hoy parece que los dos necesitamos un momento tranquilo". No sé por qué lo dije. Las palabras se me salieron solas. Ella se puso roja y se rió bajito, como si nadie le hubiera hablado así en mucho tiempo.

No volví a pensar en eso. Miento. Pensé en eso toda la noche mientras revisaba planos que ya no tienen sentido.

Hoy el parque está vacío. Solo hay palomas peleando por migajas y un señor con dos perros que tiran más de él que él de ellos. Acelero. El sudor me baja por la nuca. Quiero llegar a las 8 vueltas. Quiero cansarme tanto que cuando llegue a la oficina no tenga energía para recordar por qué estoy construyendo edificios que nadie va a habitar conmigo.

Doy la vuelta en el sendero de los robles y ahí está ella.

No. No puede ser.

Viene caminando en dirección contraria, con una sudadera gris dos tallas más grande y el pelo recogido en un moño chueco. Lleva una tote bag con libros asomándose. No trae el delantal. No está detrás de una barra. Está aquí, en mi parque, a las 7:03 de la mañana, y por un segundo el mundo se detiene porque mi cerebro no sabe procesar a las personas fuera del lugar donde las viste por primera vez.

Ella me ve. Sus ojos se abren. Los míos también, supongo. Nos quedamos quietos los dos, como si chocáramos contra un cristal invisible.

Y entonces ella habla primero.

—¿Quieres un café?

Se le escapa. Lo veo en su cara. Se le escapa porque está acostumbrada a decirlo. Porque su cuerpo está entrenado para servir. Lo dice con esa voz bajita y amable de la cafetería, y medio segundo después se lleva la mano a la boca. Se sonroja. De las mejillas al cuello.

—Perdón —susurra—. Perdón, es que... trabajo ahí y... perdón.

El Chicago gris de abril de repente se ve menos gris.

Niego con la cabeza y me río. No es una risa fuerte. Es una risa rota, de esas que se te olvidó cómo hacer.

—Claro —digo.

Ella parpadea.

—¿Claro?

—Claro que quiero un café —repito. Me enderezo. Me duelen las piernas pero ya no importa—. Si me lo ofrece la persona que me lo sirve mejor que nadie en esta ciudad.

Ahora es ella la que no sabe qué hacer con las manos. Se rasca la nuca. Mira al piso. Mira a los árboles. No me mira a mí.

—Yo... no estoy trabajando —dice.

—Ya lo noté —respondo—. Yo tampoco. Estoy huyendo de mis planos.

Suelta una risa nerviosa. Le queda bien. Le queda mejor que el silencio de ayer detrás de la barra.

Caminamos. No lo planeamos. Simplemente los dos giramos hacia la salida del parque al mismo tiempo, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza. Vamos a paso lento. Yo todavía con la respiración agitada. Ella con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera.

—Soy Elena —dice de repente, sin mirarme.

—Ethan —respondo.

—Ya sé —dice, y se arrepiente en el acto—. Digo, no sé. O sea, no sabía tu nombre.

Sonríe de lado. Es la primera vez que la veo sonreír sin estar atendiendo a alguien. Se le marcan dos hoyuelos que ayer no vi.

—Tienes buena memoria —digo.

—Tengo mala memoria para todo —contesta—. Menos para las caras que se ven cansadas.

Eso me desarma. Otra vez.

Llegamos a la cafetería. Está cerrada. Obvio. Son las 7:15. Ella se detiene frente a la puerta, saca la llave y entra un segundo.

Salió con dos termos en la mano. Se veía apenada.

—Perdón, entré por la prisa —dijo—. Iba a dejarle el té a Sophie arriba y agarré los dos sin pensar.

—Traje esto —dice, sacando los termos y encogiéndose de hombros—. Ya afuera otra vez—, pero traje esto. Uno es té, para Sophie, mi hermana, se lo doy siempre antes de que se vaya a la escuela. El otro es café. Es mío. Pero si quieres, lo compartimos.

Me ofrece el suyo. El de café.

Hay una banca de madera a dos locales de distancia. Está húmeda por el rocío. Nos sentamos igual. Ella primero. Yo después, dejando un espacio prudente entre los dos. El suficiente para no invadir, el suficiente para sentir su calor.

Tomamos del mismo termo, pasándolo de mano en mano. El café está más dulce de lo que yo lo tomaría normalmente, pero no digo nada. El parque a esta hora tiene un sonido distinto. No hay tráfico. Solo pájaros y nuestras respiraciones acomodándose.

—Ayer —empieza ella—. Ayer dijiste algo raro.

—¿Qué cosa?

—Lo de "un momento tranquilo". Nadie me dice eso. La gente pide, grita, se va. Tú te quedaste.

Yo miro el termo. Veo mi reflejo deforme en el metal de la tapa.

—Es que te veías igual que yo —digo, y no sé por qué lo digo—. Cansada de sostener todo.

Elena aprieta el termo contra su pecho. Como yo con la carpeta ayer.

—Mi papá renta la cafetería desde hace ocho años —dice de golpe—. Vivimos arriba. Mi hermana Sophie, mi mamá, yo. Es todo lo que tenemos. Y a veces siento que si paro un segundo, todo se cae.

No le pregunto más. No quiero romper el momento con preguntas de más. Solo asiento.

—Yo diseño edificios —digo—. Casas grandes. Departamentos caros. Y paso las noches revisando si las vigas aguantan, pero no reviso si yo aguanto.

Ella se ríe bajito.

—Bienvenido al club de los que sostienen cosas.

Nos quedamos callados otra vez. Pero este silencio no pesa. Este silencio se siente como una manta.

—¿Vuelves mañana? —pregunto, y me odio por lo necesitado que sonó.

Ella me mira de reojo.

—¿Al parque o a la cafetería?




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