Si Te Olvido Mañana

Capítulo 4: La Misma Banca

No dormí.

Bueno sí, como tres horas. Pero me desperté a las 5:40 con el pecho haciendo ruido raro, como si tuviera una alarma adentro que nadie programó.

Ayer dije "al parque a las 7". Lo dije sin pensar. Se me salió, igual que el "¿quieres un café?" del otro día. Ahora estoy aquí, parada frente al espejo del baño que compartimos arriba de la cafetería, con la misma sudadera gris dos tallas más grande y el pelo hecho un moño chueco a propósito.

Si me arreglo mucho va a pensar que es una cita.

Si vengo toda desarreglada va a pensar que no me importa.

Así que moño chueco. Punto medio.

Bajo las escaleras con cuidado. Mi mamá ronca en el cuarto. Sophie todavía duerme. Ella solo ayuda en las tardes después de la escuela, así que hoy no hay apuro. Solo yo, la masa que dejé leudando, y el reloj de la cocina marcando las 6:45.

Agarro un termo. Solo uno. El de café.

Ayer la cagué. Por los nervios agarré dos. Uno para Sophie y uno para mí. Y terminé ofreciéndole a Ethan el mío mientras el otro se enfriaba adentro. Qué vergüenza. Hoy no. Hoy vengo liviana.

Salgo a las 6:55. Chicago sigue gris. Pero el gris de hoy no me cala los huesos igual.

Llego al parque a las 6:58.

No está.

Me siento en la banca de madera. La misma de ayer. Todavía tiene rocío. Se me humedece el pantalón de una, pero no me muevo. Miro el sendero de los robles. Lo miro tanto que me duelen los ojos.

Las 6:59.

Las 7:00.

Y ahí viene.

Trota. Sin carpeta. Sin nada en las manos. Solo él, el pantalón de deporte negro y una playera gris pegada por el sudor. Frenó en seco cuando me vio. Como si no esperara que estuviera. Como si yo fuera algo que lo sorprende todos los días.

Se le escapa la sonrisa. Esa chiquita, rota, la que usó ayer cuando le dije "claro".

—Llegaste —dice. Jadea un poco.

No dice "buenos días". Dice "llegaste". Como si me hubiera estado buscando entre todos los árboles.

Se me sube el calor a la cara. De las mejillas al cuello. Otra vez.

—Prometí café fuerte —digo, y le paso el termo. Me tiemblan las manos. Lo disimulo metiéndolas rápido en los bolsillos de la sudadera.

Él se sienta. Cerca. Más cerca que ayer. No deja el espacio prudente. Deja su rodilla pegada a la mía por accidente y ninguno de los dos la quita.

Tomamos. Del mismo termo. Pasa de su mano a la mía. Sus dedos están fríos por el trote. Los míos calientes por los nervios. Cuando me lo regresa, roza mi dedo índice medio segundo de más.

No decimos nada.

Y está bien.

El parque a las 7 de la mañana tiene otro sonido. No hay tráfico todavía. Solo un señor con dos perros que pasan corriendo, palomas peleando, y nuestras respiraciones acomodándose.

—Pensé que no ibas a venir —suelta él, mirando al frente.

—Yo pensé lo mismo —respondo. Es verdad. Me la pasé toda la noche dándole vueltas. ¿Y si solo fue amable? ¿Y si hoy viene con alguien?

Se ríe. Bajito.

—Trabajo empieza a las 8 —dice.

—El mío a las 7:30 —respondo—. Tengo que batir la masa para los muffins.

Se gira a mirarme. De verdad mirarme. No como cliente.

—¿Repostera? —pregunta.

—Desde los 15 —digo, y me encojo de hombros—. Mi papá renta la cafetería desde hace ocho años. Vivimos arriba. Mi mamá atiende en caja, yo en cocina y barra. Sophie solo en las tardes, cuando sale de la escuela. Es todo lo que tenemos.

Las palabras se me salen solas otra vez. Igual que ayer.

Él asiente. No pregunta más. No me llena de lástima. Solo asiente, como si entendiera lo que es sostener algo con las dos manos para que no se caiga.

—Yo soy arquitecto restaurador, pero no siempre hay trabajo en esa área así que diseño edificios —dice—. Casas grandes. Departamentos que cuestan más de lo que mi familia ganaba en un año. Y paso las noches revisando si las columnas aguantan.

—Pero no revisas si tú aguantas —termino la frase por él.

Sus ojos se abren un poco. Sorprendido.

—¿Cómo supiste?

—Porque tienes cara de los del club —digo, y me sale una sonrisa—. El club de los que sostienen cosas.

Él suelta una risa. De verdad. No la rota de ayer. Una risa completa. Y se me queda grabada en el pecho.

Nos quedamos callados otra vez. Pero este silencio no pesa. Este silencio abriga.

Me dan ganas de decirle mil cosas estúpidas. Que me gusta cómo pronuncia mi nombre. Que ayer me quedé despierta pensando en el "claro" que dijo. Que en ocho años nadie me había preguntado si yo quería café.

En lugar de eso digo:

—¿Quieres venir mañana?

Se me escapa. Igual que el café.

Él parpadea.

—¿A las 7?

—A las 7 —confirmo—. Aquí. En esta banca fea y húmeda. Si no tienes nada mejor que hacer.

—Elena —dice mi nombre. La primera vez que lo dice él. Y me sabe a canela—. No tengo nada mejor que hacer a las 7.

El corazón me hace un brinco estúpido.

—Entonces trato —digo, y estiro la mano. No para estrecharla. Solo la pongo en la banca, entre los dos.

Él mira mi mano. Duda medio segundo. Y después apoya la suya al lado. Sin tocar. Casi tocando. El calor de su piel me llega aunque haya dos centímetros de aire entre nosotros.

No lo tocamos. Todavía no. Pero estamos ahí. Los dos. Con las manos cerca.

Hasta que mi celular vibra en el bolsillo.

Marce: _La masa ya está lista. ¿Dónde estás?_

Suspiro.

—Tengo que irme —digo, y odio sonar tan apurada.

—Ya sé —responde Ethan. Se levanta también, despacio.

Caminamos juntos a la salida. Él va para el otro lado del parque, a seguir trotando supongo. Yo a la cafetería, a encender el horno.

En la reja nos detenemos.

—Mañana —dice.

—Mañana —repito.

No nos despedimos con beso. No nos abrazamos. Sería raro. Apenas nos conocemos.

Pero él levanta la mano y me roza el meñique con el suyo. Un segundo. Nada más.




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