Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 1 — El frío que no debía doler

“Todo parecía tranquilo aquella mañana, justo en la línea que separaba los dos mundos.”

Se hallaban todos reunidos justo en la línea que separaba el prado de las estaciones cálidas de los Bosques de Invierno. A un lado, el pasto crecía verde y suave, las flores lucían vivos colores y la luz del sol se filtraba tierna entre las hojas de los árboles. Al otro, la nieve brillaba blanca y reluciente bajo la escarcha que cubría cada rama de los pinos, y el aire soplaba cristalino, limpio y cortante.

Tinker Bell permanecía de pie en el lado cálido, con la mirada fija en la frontera, moviendo las alas de un lado a otro sin descanso y dando pequeños pasos inquietos que delataban lo impaciente que se sentía.

Poco después aparecieron Clank y Bobble, empujando con gran esfuerzo una máquina metálica de tamaño considerable. Tenía ruedas de madera, una tolva ancha en la parte superior, un depósito en el centro y una manivela que sobresalía por un costado. La arrastraban sobre la hierba, jadeando bajo su peso.

—¡Ya la tenemos, Tink! ¡La hemos dejado perfecta! —exclamó Bobble dando pequeños saltos mientras empujaba, mientras sus gafas se le resbalaban una y otra vez por la nariz.

—¡Sí! ¡Funciona de maravilla! —añadió Clank, apoyando todo su peso contra el aparato—. Solo hay que poner hielo ahí arriba, girar la manivela y… ¡nieve fresca por todas partes!

Tinker Bell sonrió con entusiasmo y sus ojos se iluminaron de inmediato.

—¡Estupendo! ¡Así podremos estar juntas sin que le afecte el calor!

En ese instante, del lado del invierno, aparecieron caminando sobre la nieve Periwinkle, Gliss, Spike y Sled. Entre todos arrastraban, ayudándose con gruesas cuerdas, un bloque inmenso de hielo transparente que brillaba bajo la luz. Junto a ellos caminaba Slush, moviendo la cola con alegría. Al ver a Tinker Bell, el rostro de Periwinkle se iluminó por completo. Se apresuró hasta la línea fronteriza y depositaron el hielo con sumo cuidado justo en el límite.

—¡Lo hemos traído! Es el mejor hielo que encontramos en todo el bosque, ¡más puro y más frío! —dijo Periwinkle con voz entrecortada por la emoción, mientras sus alas brillaban suave—. ¿Y dices que esto funcionará de verdad?

—¡Claro que sí! —respondió Tinker Bell asintiendo con energía—. Pon el hielo ahí arriba, por favor. La máquina lo tritura y lo convierte en nieve fresca. Así mantendrá el aire frío a tu alrededor y podremos estar juntas sin que te afecte el calor. ¡Vamos!

Periwinkle, ayudada por Sled y Spike, empujó entonces el gran bloque y lo introdujo en la tolva superior. Bobble se colocó junto a la manivela, se ajustó bien las gafas, aferró el pomo con ambas manos y comenzó a girarlo con fuerza.

La máquina empezó a zumbar suavemente. Se escuchó un sonido rítmico de trituración y, poco después, empezaron a caer desde su parte inferior copos blancos y ligeros, acompañados de una brisa fresca que se extendía de inmediato por toda la zona.

—¡Mirad! ¡Funciona! ¡De verdad que funciona! —exclamó Clank con los ojos muy abiertos, señalando la máquina con el dedo.

Periwinkle cerró los ojos un instante, respiró hondo y dejó que el aire fresco rozara su rostro. Extendió una mano y dejó que los copos cayeran sobre su palma. Sonrió con una felicidad inmensa.

—Se siente maravilloso. No siento calor en absoluto. Es como si estuviera allá, en mi bosque.

Entonces dio un paso adelante y cruzó por primera vez la línea divisoria hacia el lado cálido. Luego dio otro, más decidido. Sus alas se iluminaron con un brillo intenso, idéntico al de las alas de Tinker Bell. Miró a su alrededor con asombro, recorriendo cada detalle con la mirada: el pasto verde y suave, las flores de colores vivos, las mariposas que revoloteaban entre ellas y la luz dorada que se filtraba entre las hojas.

—Es… es precioso —susurró casi sin voz—. Nunca había visto nada igual. Todo es tan… colorido y cálido. Es increíble.

En aquel momento llegaron volando Rosetta, Iridessa, Silvermist, Fawn y Vidia. Se detuvieron en seco y miraron a Periwinkle con sorpresa. Las alas de las dos hermanas brillaban al unísono.

Tinker Bell señaló a Periwinkle con inmenso orgullo.

—Chicas… ella es Periwinkle. ¡Mi hermana!

Rosetta se acercó despacio y sonrió con dulzura, mirándola de arriba abajo.

—¡Qué alegría tan grande conocerte al fin! —dijo inclinando la cabeza—. ¡Sois idénticas! Bueno… casi…

—¡Mirad sus alas! —exclamó Iridessa con emoción—. ¡Brillan exactamente igual que las de Tink! ¡Es algo verdaderamente mágico!

Fawn se acercó un poco más y la miró con amabilidad y atención.

—¿Te encuentras bien? ¿No sientes calor en ningún sitio? ¿Estás cómoda?

—¡Estupendamente! —respondió Periwinkle asintiendo con entusiasmo—. ¡Gracias a la máquina de Tinker Bell siento el aire fresco todo el tiempo! ¡Estoy perfecta!

Rosetta se alejó un instante, cortó con delicadeza una flor de pétalos rosados y se la entregó en las manos.

—Toma. Es una flor de primavera. Espero que te guste.

Periwinkle la miró con curiosidad y la sostuvo entre sus dedos. Al acariciarla suavemente con la punta de los dedos, la flor se cubrió al instante con una capa de escarcha brillante, tan fina y reluciente que parecía tallada en cristal.

Todas las hadas abrieron los labios asombradas y dieron un paso atrás.

—¡Mira eso! —dijeron al unísono—. ¡Qué maravilla!

Periwinkle sonrió con modestia mientras observaba la flor helada.

—Soy un hada de la escarcha. Eso es lo que hago allá en invierno. Cubrimos todo con escarcha y nieve para protegerlo.

Vidia la miró con genuina sorpresa y entrecerró levemente los ojos.

—Vaya… eso sí que es un don extraordinario.

Transcurrieron unos minutos. Entonces la máquina empezó a hacer ruidos extraños, cada vez más lentos e irregulares. El sonido de trituración se volvió entrecortado y los copos empezaron a salir cada vez más pequeños y débiles, hasta que dejaron de caer por completo. La brisa fresca se disipó y el aire volvió a calentarse.




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