Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 2 — Solo nuestro secreto

“Cuando las sombras se alargaron y la luz empezó a caer, algo cambió en el aire.”

Se quedaron solos. Las demás hadas se habían alejado. Nadie más permanecía en la frontera. Solo él y ella, bajo un cielo que empezaba a teñirse de tonos dorados y violetas, justo como los colores del cabello de Yuki.

Ella seguía abrazada a su cuello, apretándose contra él con todas sus fuerzas, como si temiera que también a él se lo llevaran lejos. Sus alas descansaban suaves a ambos lados, cálidas y frescas a la vez, sin perder brillo ni debilitarse bajo el aire helado.

Lord Milori la sostuvo en silencio un largo instante. Sus manos, acostumbradas al frío eterno del invierno, temblaban al tocarla. Acarició despacio aquel cabello donde se mezclaban la luz del sol y el brillo de la escarcha.

—Papá… —susurró ella, aún con voz quebrada por el llanto—. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué separan a quienes se quieren?

Milori respiró hondo. El aire helado le dolió en el pecho. Bajó la mirada hacia ella y en sus ojos había un dolor tan profundo que casi no podía sostenerse.

—Porque hay mundos que nacieron distintos, hija mía —le dijo muy despacio, solo para ella—. Las hadas de invierno no pueden soportar el calor. Las de las tierras cálidas no pueden soportar el frío. Esa frontera no se colocó para castigar. Se colocó para proteger la vida. A veces, lo que más queremos… no puede ser. Y duele más que cualquier herida.

Yuki alzó el rostro empapado en lágrimas. Sus ojos, idénticos a los suyos, lo miraron con una pregunta que llevaba en el corazón desde siempre.

—¿Y yo? —preguntó casi sin voz—. ¿Por qué yo sí puedo estar aquí? ¿Por qué el frío no me hiere ni el calor me quema?

Milori la miró largo rato, como si estuviera a punto de decir algo que jamás había pronunciado ante nadie.

—Porque tú eres distinta, Yuki. Eres lo que no debía existir. Eres hija de dos mundos que creían imposible unirse. Ninguna estación te hace daño mientras respetes tu tiempo. Aquí, en mi bosque, puedes estar libre cuanto quieras. Allá, en las tierras cálidas, puedes permanecer hasta dos meses con prudencia. Pero si te quedas más tiempo del debido… sea donde sea… el dolor vendrá. No vendrá del calor. No vendrá del frío. Vendrá de haberte alejado del equilibrio que eres tú misma.

Guardó silencio un instante y luego le acarició la mejilla con infinita ternura.

—Eres mi hija mayor. La primera en llegar. La que siempre ha caminado a mi lado como mi sombra. La que más se parece a mí: en la mirada, en el porte, en todo aquello que no hace falta decir con palabras. Y precisamente por eso… eres también mi mayor secreto. Nadie debe saber quién eres. Nadie puede descubrir que existes. Si lo supieran… todo se rompería. Tu madre y yo te guardamos en secreto para protegerte. Para que nadie intentara apartarnos.

—¿Protegerme de qué? —preguntó ella, apretándose más contra su pecho.

—De la misma separación que hoy has visto —respondió él con voz suave y quebrada—. Del dolor de no poder vernos. Porque tú eres mi vida, Yuki. La luz que creí haber perdido para siempre. Y aunque deba ocultarte al mundo… jamás dejaré de amarte.

Yuki lo abrazó con todas sus fuerzas y en aquel silencio entre los dos lo entendió todo. Entendió por qué vivía siempre entre un lugar y otro. Entendió por qué debía permanecer callada. Entendió que aquel amor tan grande entre su madre y él había nacido imposible… y de aquello imposible, ella había nacido.

—Nadie lo sabrá —susurró ella contra su pecho—. Seré solo tuya. Nuestro secreto. Siempre.

Milori la apretó contra sí y no dijo nada más. Allí, bajo la luz que se apagaba y sin nadie alrededor, padre e hija permanecieron juntos. Y comprendieron que el amor más grande a veces debe vivir callado, porque es demasiado precioso para dejárselo ver al mundo.

“Y en aquel instante, el silencio guardó algo que aún no tenía nombre."




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