“Desde el otro lado, él lo había visto todo sin que nadie lo notara.”
El búho nival esperaba en silencio, inmóvil como una estatua de nieve. Sus grandes ojos dorados los miraban con calma, sin juzgar, sin revelar nada. Solo él conocía aquel secreto, junto a ellos.
Milori tomó la mano de su hija entre las suyas. Sus manos eran grandes, cálidas a pesar del frío, y temblaban levemente al tocarla.
—Es hora, Yuki —le dijo suavemente—. Si te quedas más tiempo del que debes en las tierras cálidas, empezarás a sentir el dolor. Y si yo me retraso aquí… alguien podría sospechar. Debes volver antes de que te echen de menos. Nadie puede saber que nos encontramos.
Yuki asintió despacio, aunque no quería soltarlo.
—¿Cuándo te volveré a ver? —preguntó con voz pequeña, como si temiera la respuesta.
Milori acarició su frente con ternura, apartándole el cabello de los ojos.
—Cuando la luna esté llena y el bosque duerma —le respondió—. Vendré al límite del bosque, al lugar donde los pinos se inclinan hacia el prado. Vendré solo. Y tú vendrás sin que nadie te vea. Allí nos veremos. Es nuestro lugar. Nuestro momento.
—¿Prometido? —insistió ella, aferrándose a su mano.
—Prometido —confirmó él, y le besó la frente con tanta dulzura que Yuki sintió que el corazón se le llenaba de paz, aunque doliera separarse.
Milori montó sobre el lomo del búho. El ave desplegó sus alas inmensas. Antes de alzar el vuelo, él miró a su hija una última vez. Yuki permanecía de pie sobre la nieve, pequeña y valiente, mirándolo con esos ojos que eran el reflejo de los suyos.
El búho se elevó suavemente hacia el cielo. Yuki se quedó inmóvil, siguiéndolo con la mirada hasta que su figura se perdió entre las nubes blancas. Solo entonces, cuando ya no pudo verlo, sintió que el pecho se le vaciaba. Sus alas se posaron suaves a su espalda. Respiró hondo, se giró despacio y comenzó a caminar de regreso hacia el lado cálido.
Caminaba despacio, sin prisa, con el corazón apretado. Pensaba en todo lo que había escuchado. Pensaba en las dos hermanas separadas por una línea. Pensaba en su padre, que cargaba con un peso tan grande sobre el alma. Pensaba en su madre, a quien amaba tanto y que sin embargo vivía lejos, en otro mundo. Y pensaba en sí misma: ella era la prueba de que dos mundos podían amarse. Pero también la prueba de que aquel amor debía ocultarse.
Al cruzar la línea invisible que separaba el frío del calor, sintió el cambio en la piel. No le dolió. No se marchitaron sus alas. Pero supo, en lo profundo del corazón, que aunque su cuerpo podía estar en ambos lugares, su alma permanecía siempre dividida. Parte en el sol, parte en la nieve. Parte con su madre, parte con él.
Y llegó al prado cuando el sol ya se ocultaba por completo. Las demás hadas se habían ido. Nadie la esperaba. Nadie sabía a dónde había ido. Nadie sabía quién era. Yuki miró una vez más hacia el bosque oscuro y nevado.
—Volveré —susurró al viento—. Siempre volveré a ti, papá.
Y entonces, con paso suave y silencioso, se alejó entre las flores, llevando en el pecho el secreto más hermoso y más pesado que jamás hubiera existido.
“Y supo, sin saber por qué, que volvería a buscarla."