“Días después, algo nuevo empezó a moverse en el corazón de Yuki.”
Yuki caminó entre las sombras de los árboles hasta llegar al claro donde vivían las hadas de las estaciones cálidas. El sol ya se había ocultado y la luz suave de las estrellas bañaba las flores que se cerraban para dormir. Todo estaba en calma. Nadie había notado su ausencia. Nadie la esperaba. Nadie sabía quién era en verdad.
Entró despacio en la pequeña casita que compartía. Se sentó junto a la ventana, con la mirada perdida hacia el horizonte donde el bosque invernal se dibujaba oscuro y lejano. Llevaba la mano al pecho, sintiendo aún el calor del abrazo de su padre. Su corazón seguía allí, en la nieve, junto a él.
Escuchó pasos suaves y alzó la vista. Era la Reina Clarion. Entró con porte sereno y elegante, pero en su mirada había una ternura infinita. Se acercó a ella y le acarició el cabello con dulzura.
—Has estado fuera mucho tiempo, hija mía —le dijo suavemente—. ¿A dónde has ido?
Yuki alzó el rostro hacia ella. Sus ojos eran distintos a los de su padre. En ellos brillaba la luz del sol, la calidez de la primavera. Pero también había en ellos esa misma profundidad, ese mismo silencio que lo hacía parecerse tanto a él.
—Fui a caminar, madre —respondió ella con voz suave—. Solo quería ver el atardecer.
Clarion la miró un instante, como si buscara algo en su mirada. Yuki sostuvo la mirada de su madre, amándola con toda su alma, pero sabiendo que debía guardar silencio. Había un secreto entre su padre y ella. Y ese secreto era también para protegerla a ella.
—Te veo distinta —dijo Clarion, sentándose a su lado—. Como si hubieras visto algo que te ha cambiado el corazón.
—He visto lo que siempre veo —respondió Yuki—. Que hay cosas que se aman tanto, que deben guardarse en silencio para no perderlas.
Clarion enmudeció. Suspiró hondo y abrazó a su hija con fuerza. Yuki sintió el calor de su madre, un calor suave y amable que nunca la lastimaba. Entendió entonces que su madre también cargaba con el mismo peso. Que ella también amaba en silencio. Que aquel secreto era de los tres.
—Lo entiendes, ¿verdad? —susurró Clarion contra su cabello—. Por qué debe ser así.
—Lo entiendo, madre —respondió Yuki—. El amor más grande a veces debe vivir callado.
Clarion la besó en la frente, con lágrimas que apenas se le escapaban de los ojos.
—Eres sabia, hija mía. Más sabia de lo que tu edad permitiría. Y eres fuerte. Prométeme que tendrás cuidado. Que no cruzarás la línea más tiempo del debido. Que cuidarás de ti misma, porque tú eres lo más precioso que tenemos.
—Lo prometo —dijo Yuki—. Cuidaré de mí. Y cuidaré también de lo nuestro.
Y aquella noche, bajo el techo cálido de su hogar, Yuki comprendió que su corazón vivía dividido en dos: parte en la luz de su madre, parte en el silencio de su padre. Y que amarlos a ambos significaba cargar siempre con aquel secreto, en cada latido, en cada paso, en cada palabra que callaba.
“Aquel día comprendió que su alma no pertenecía a un solo lugar.