“Con el paso de las semanas, Yuki empezó a sentir algo extraño en su cuerpo.”
Pasaron los días y el corazón de Yuki contaba las noches como quien cuenta latidos. Cada tarde miraba hacia el norte, esperando ver brillar la luna llena entre las copas de los pinos. Era su señal. Su momento. Su secreto.
Cuando por fin el cielo se vistió de plata y la luna se alzó redonda y clara sobre el bosque, Yuki salió sin hacer ruido. Caminó entre las sombras, con las alas recogidas, sin que nadie la viera. Llegó al lugar acordado: donde los árboles se inclinaban hacia la frontera, cubiertos de escarcha al otro lado. Él ya la esperaba.
Lord Milori estaba de pie junto al límite, inmóvil como siempre, con el bastón apoyado en la nieve. Al verla llegar, su semblante serio se suavizó por completo. Sus ojos brillaron con la misma luz que la luna.
—Has venido —dijo él, y su voz era tan tierna que el aire helado pareció calentarse.
—Prometí que vendría —respondió Yuki acercándose hasta quedar justo frente a él—. No faltaría.
Milori le acarició el rostro con ambas manos, como si quisiera grabarse cada rasgo para los días en que no pudiera verla.
—Cada vez que te veo, pareces haber crecido un poco más —le dijo suavemente—. Y no me refiero solo al cuerpo. Tu corazón se hace más grande, más fuerte, más sabio. Me asombra, hija mía. Me asombra y me aterra.
—¿Por qué te aterra? —preguntó ella posando sus manos sobre las de él.
—Porque cuanto más creces, más te descubres al mundo —respondió él con un suspiro—. Y cuanto más te descubres, mayor es el riesgo de que sepan quién eres. De que descubran lo que hay en ti. Tienes algo que ninguna otra hada posee. Dos mundos latiendo en un solo pecho. Y eso… puede volverse en tu contra.
Yuki lo miró con firmeza.
—No me importa el riesgo. Mientras pueda venir a verte, mientras sepa que estás aquí… puedo soportarlo todo.
Milori la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, apretándola contra su pecho como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos.
—No dejes que nadie te sepa distinta —le susurró al oído—. Oculta lo que eres. No dejes que tus alas brillen más de lo debido. No dejes que nadie adivine de dónde vienes. Porque si lo hicieran… nos separarían. Y yo no sobreviviría a perderte.
—Nadie lo sabrá —prometió Yuki apoyando la cabeza en su hombro—. Seré como las demás. Pero yo sabré la verdad. Sabré quién soy. Y sabré que tú estás aquí, al otro lado, esperándome.
Permanecen juntos en silencio largo rato, bajo la luz de la luna que bañaba a un lado de plata y al otro de oro. Y en aquella línea invisible, padre e hija sellaron su promesa: volverían a encontrarse cada luna llena. Sin falta. Sin que nadie lo supiera. Porque era lo único que tenían. Y era suficiente.
Antes de separarse, Milori tomó su mano y colocó en ella algo pequeño y frío: un cristal de hielo que brillaba con luz propia, que no se derretía ni bajo el calor de la primavera.
—Para que nunca olvides —le dijo— que llevas el invierno en el alma, igual que llevas el sol en el corazón. Eres ambas cosas, Yuki. Y eso es lo más hermoso que existe.
Yuki cerró la mano sobre el cristal.
—Nunca olvidaré.
Se separaron despacio. Él regresó al bosque nevado. Ella volvió al prado cálido. Y cada uno llevó consigo la mitad del corazón del otro, guardado en secreto.
“Y comprendió que debía cuidarse, porque su vida era distinta a las demás.”