Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 6 — El cristal en el pecho

“Aquella tarde, sin esperarlo, sus caminos se cruzaron por segunda vez.”

Yuki regresó al prado cuando la luna ya iba alta en el cielo. Entró en su habitación sin hacer ruido, cerró suavemente la puerta y se sentó junto a la ventana. Abrió la mano despacio y allí estaba: el cristal que su padre le había dado. Brillaba con una luz suave y azulada, frío al tacto, pero sin quemar. No se derretía. No cambiaba. Era igual que ella.

Lo apretó contra su pecho, justo sobre el corazón. Y sintió que su latido se acompasaba al brillo del cristal.

—Siempre estarás aquí —susurró—. Aunque no te vea. Aunque nadie sepa que existes.

Desde aquel día, Yuki llevaba el cristal siempre consigo. Lo guardaba cerca del corazón, oculto bajo su ropa. Nadie lo había visto. Nadie preguntaba por qué a veces se llevaba la mano al pecho, como si acariciara algo invisible. Nadie sabía que llevaba consigo una parte del invierno, en medio del calor eterno donde vivía.

Pero a medida que pasaban las semanas, algo empezó a notar. Cuando sostenía el cristal en días de calor intenso, sentía que su propia respiración se aliviaba. Cuando el sol era demasiado fuerte y las demás hadas disfrutaban del calor, ella sentía en cambio un frescor suave que nacía de su pecho y recorría todo su cuerpo. Y cuando llegaban los días más frescos, antes de la lluvia, el cristal brillaba con más fuerza, como si llamara a su otro hogar.

Un día, mientras caminaba por el jardín, Rosetta se acercó y la miró con curiosidad.

—¿Te sientes bien, Yuki? —le preguntó—. Te veo… diferente. Como si llevaras siempre contigo un aire distinto. No pareces cansada, ni enferma… es como si te protegiera algo.

Yuki escondió la mano más cerca del pecho y sonrió con calma.

—Estoy bien. Solo… me gusta sentir el aire. Nada más.

Rosetta la miró un instante más, sin entender del todo, pero asintió y se alejó. Yuki suspiró despacio. Aquello era justo lo que su padre le había advertido: no debía parecer distinta. No debía llamar la atención. Debía ser igual a todas, aunque por dentro llevara dos mundos latiendo a la vez.

Esa noche, antes de dormir, sacó el cristal y lo miró bajo la luz de la luna.

—Papá —susurró en voz baja—, cada día me cuesta más ocultarme. Cada día siento que lo que llevo dentro quiere salir. ¿Sabrá siempre protegerme este cristal? ¿O un día descubrirán quién soy?

El cristal brilló suavemente, como si le respondiera en silencio. Yuki lo guardó de nuevo junto a su corazón, cerró los ojos y prometió ser cuidadosa. Prometió proteger aquel secreto con su vida. Porque era lo único que le quedaba de él, mientras esperaba la luna llena para volver a verlo.

“Y en ese abrazo, supo que jamás podría alejarse de él.




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